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Provocando mi cabeza

Marzo 31, 2009 · Deja un comentario

Autora: Analu (www.myspace.com/analu)

 

 

Qué tan lejos llevaría las cosas?

Bastaría con besarte o haría más?

Cómo sabría hasta donde quiero llegar con algo que voy a probar, acaso pararé cuando me canse de besarte, acariciarte y me canse de tener tu cuerpo?

O no me gustaría ir más allá de un beso sencillo, que simplemente me de la bienvenida a un mundo desconocido, pero tentador… No lo sé, en mi cabeza deambulan mil posibilidades, cada una me enfría los pies, me hace temblar el cuerpo y provoca un vacío en mi estómago! Sonrío al pensarlo!…

 

 

Harías vos el primer movimiento o lo haría yo? De ser lo primero, temblaría, tal vez del susto, y no sabría como tomar control de la situación, supongo que te dejaría manejarme a tu antojo; si lo hiciera yo, me acercaría a vos, cerrarías tus ojos o te los cerraría, estoy segura que te los cerraría, luego acercaría mi boca a tus labios y los besaría lentamente, tan suave como nunca te han besado, porque estoy segura que te estaría besando una niña inocente que por dentro pide ser despertada, en vez de la mujer que se acostumbró a besar por hacerlo!, despacio movería mis labios, entrelazándolos con los tuyos, tomando tu aliento, sintiendo como tu lengua busca la mía, hasta que al fin sucede… te habré besado… que sentirá mi cuerpo, que sentirá mi corazón, pero aún más importante, que sentirás vos!

 

 

Tocaría tu cuerpo palpitante como nadie te lo habrá tocado, soñaría con vos y te haría soñar conmigo, luego, al instante haría tus sueños realidad… recorrería tu cuerpo, tocaría cada centímetro de tu piel, te rozaría con mis labios, dibujaría mi deseo en vos, me robaría el perfume de tu piel y sentirías junto conmigo la delicadeza que me provoca…acariciaría tu cara, miraría fijamente tus ojos, intentando descifrar su lenguaje enmarcado en todos los colores que hay en ellos, supongo que sonreiría al mirarte y se que te halagaría por tu hermosura, por esa ternura que compartes conmigo y eleva mi mundo hasta el cielo. 

 

 

No se si las palabras servirían de algo, tampoco se que te diría para no arruinar un momento tan anhelado, maldita sea, quisiera decirte lo mucho que he pensado en unir tus labios y los míos, y quisiera escuchar que me dirías en ese momento…esos ojos…esa boca…esa cara tan hermosa…ese cuerpo…

 

 

Uaj! Quisiera más bien dejar de soñar…

 

 

 

 

 

Originalmente publicado en:

http://blogs.myspace.com/index.cfm?fuseaction=blog.view&friendId=115272654&blogId=286105075

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La tormenta Cap.12: Dos cucharitas de problemas y una taza de chocolate.

Enero 4, 2009 · 22 comentarios

NOTA: Porque os lo prometí, porque sigo viva y porque os lo mereceis. Espero que podais disfrutar de estas poquitas paginas hasta que pueda subir lo que continua.Muchas gracias a tod@s por el apoyo^^

Del camino de vuelta a casa, a penas recuerdo nada…De hecho, en estos instantes sólo soy capaz de recordar una imagen: los profundos ojos de Raquel.

En medio sólo hay un barullo de imágenes y sonidos. La ciudad pasando a toda velocidad, los labios de Raquel susurrando sus miedos más profundos, su mirada diciendo que me quiere…

Apenas soy consciente de su beso de despedida algo casto y sutil en mi mejilla su promesa de que al día siguiente nos veríamos de nuevo, cuando ya estoy en el salón de casa y la mirada de mi madre rompe por completo este cuento de hadas.

  • ¡Beatriz!

Tiene las manos en las caderas y el hecho de que diga mi nombre completo y el tono que ha utilizado no presagia nada bueno…¿Qué ha pasado?

  • ¿Me puedes explicar que has hecho?

  • ¿Qué?

  • Me han llamado del instituto.

Balbuceo un par de palabras antes de caerme de golpe de mi nube. De pronto me vienen a la mente todo lo que ha paso estos tres últimos días…Y me doy cuenta de que estaba teniendo demasiada suerte esquivando a mi madre.

Un escalofrío me recorre la espalda al imaginar todos los posibles motivos de esa llamada: los padres de Vanesa están enfadados porque su hija tiene la cara hecha un puzzle…¡O peor aún! Están aún más cabreados porque una bollera le ha dejado la cara hecha un puzzle.

Mi primera reacción es reírme, pero de pronto caigo en la cuenta…¿Cuanto sabe mi madre de todo esto?

  • ¿Y bien jovencita?- su pie se mueve dando golpecitos nerviosos contra el suelo.

  • Yo…No se- balbuceo y un nuevo escalofrío me recorre la espalda. Pero esta vez, se debe a que estoy completamente empapada. Mi madre también parece darse cuenta porque cambia su expresión dura por otra más preocupada.

  • Bea… ¿Ha pasado algo?

Antes de que responda corre al cuarto de baño por unas toallas y me obliga a secarme el pelo y a cambiarme de ropa.

Intento pensar en una excusa, pero mi mente está en completa ebullición en esos instantes y para cuando vuelvo al salón, hay una taza de chocolate caliente esperándome en la mesa y mi madre girando uno de sus anillos entre los dedos.

Me mira seria.

  • Prefiero que me lo cuentes tú antes de que me entere por cualquiera de tus profesores.

Miro el chocolate humeante…Vamos Bea, es ahora o nunca.

  • Tuve…Tuve un problema con una compañera de clase.

  • ¿Qué ocurrió?

  • Ella…Ella me insultó y yo…le pegué- mi madre permaneció con el semblante serio- Se que quizás no debí reaccionar así…pero…pero

  • ¿Por qué no me lo has contado antes?- parecía dolida

  • Lo siento mamá pero es que últimamente he estado algo…descolocada.

Quizás no era la palabra más adecuada, pero tenía que medir mis palabras. Porque si no, mi madre tiraría de la cuerda para llegar al fondo del asunto y sacaría a relucir muchas cosas para las que no estaba preparada y de las que aún no estaba muy segura.

  • Sabes que puedes contarme cualquier cosa ¿No?

  • Si por supuesto- Y a pesar de que le sonreí me sentía como una rastrera mentirosa. Pero mi madre no se dio por vencida.

  • ¿Y dices que te insultó?¿Por qué?

Y sin saberlo, había dado en el clavo.

Improvisa Bea…Improvisa.

  • Es Vanesa. Me la tiene jurada desde que entramos en el instituto.

  • ¿Vanesa?¡Pero si en el cole os llevabais genial!¿Qué ha pasado?

  • No lo se- Y realmente no lo sabía- Pero siempre está buscándome las cosquillas, sacándome de quicio. Y supongo…supongo que el otro día no pude aguantar más.

  • ¿Qué te dijo para hacerte enfadar tanto?

Por un momento me sentí como un delincuente en una sala de interrogatorio, con el foco de luz en plena cara y a punto de confesar.

  • No lo se…- dije con esfuerzo- Supongo que ya estaba harta y cualquier comentario amargo de los suyos me hizo explotar.

¡Mentirosa!¡Mentirosa! Gritaba mi mente. Y a pesar de la mirada poco convencida de mi madre, mi cobardía pudo más.

  • Bea, cariño ¿Estás segura de que no pasa nada más?

Se que en esos momentos, mi madre hubiese preferido que le contase que pertenecía a una banda callejera y que vendía droga en la puerta del instituto a que me quedara callada. Pero como una gallina solo fui capaz de negar con la cabeza en completo silencio

  • De acuerdo- dijo dándose por vencida, aunque desde luego no estaba convencida- Tengo que irme a trabajar…¿Tendrás problemas con Cristina? Raquel no vuelve hasta mañana.

La sola mención de su nombre me aceleró el pulso.

  • Vete tranquila.

Sin decir una palabra más, recogió sus cosas me dio un beso en el pelo y salió por la puerta con su paraguas rojo. Nada más oír el cierre de la puerta hundí la cabeza entre mis manos.

¿Es que esto no acabaría nunca?

Lo que yo no sabía es que no era la única que estaba mintiendo.

Lo que no sabía es que mi madre no iba a trabajar y que aquella llamada la había preocupado más de lo que dejaba entrever.

Lo que no esperaba es que diez minutos más tarde mi madre estaría llamando aún nerviosa, a la puerta del despacho de mi tutor, con el que había concertado una cita.

Lo que no imaginaba es que aquella conversación sería trascendental en la vida de ambas.

  • Adelante- la voz de Manu sonó amortiguada a través de la puerta.

Una cabeza pelirroja asomó tras el hueco de la puerta.

  • Hola ¿Es usted Manuel Rodriguez? ¿El tutor de 1º?

  • Si soy yo- Manu intentaba poner en orden unas cajas esparcidas por el despacho, completamente lleno de papeles- Pero llámeme Manu…Manuel Rodriguez hace que me sienta como mi padre- rió mientras dejaba una pesada caja en el suelo a lo que ella se acercó a ayudarle- ¡No, no se preocupe!- comentó levantando la vista y encontrándose de lleno con unos ojos verdes – Disculpe el desorden…¿Es usted la madre de Beatriz verdad?

Ella asintió ligeramente con la cabeza.

  • Si. Me llamo Rosa.

  • Desde luego…el parecido es…increíble- murmuró a medida que se colocaba las gafas que habían resbalado por el puente de su nariz. Beatriz y su madre eran muy parecidas…a excepción de los ojos. No recordaba de que color los tenia Bea, pero no los recordaba tan claros como los de su madre- Encantado- dijo tendiéndole la mano.

Lo primero que Rosa pensó es que hacía mucho que no le estrechaba la mano a nadie y aunque apenas duró unos instantes, le reconfortó la firmeza de aquel gesto y de aquellas manos en concreto.

  • Siéntese por favor.

Mientras Manu bordeaba su mesa para sentarse, esquivando cajas y ficheros en el proceso, Rosa aún estaba sumergida en sus pensamientos. Le había pillado tan de sorpresa todo este asunto y al mismo tiempo era algo que llevaba temiendo desde hace un tiempo y no sabía que esperar.

  • Bien- Manu tomo una gran bocanada de aire y la miró fijamente. -Ya le comenté el motivo de esta reunión.

  • La verdad es que estoy… sorprendida- Fue lo único que atinó a decir.

  • Si le digo la verdad, yo también.

La confidencialidad del tono la hizo mirarle sorprendido.

  • Verá, su hija no es de las que se mete en líos. Beatriz siempre ha sido muy buena estudiante. Se lleva bien con los compañeros, se la ve interesada en lo que estudia. Algunos alumnos sólo vienen a pasear los libros…¿No se si me entiende? Ella es muy imaginativa- sonrió al recordar lo del calendario- En resumidas. No es una chica problemática.

Casi sin darse cuenta, Rosa soltó todo el aire que había estado reteniendo desde que Manu había empezado a hablar. No es que pensara que su hija era una delincuente ni nada parecido, pero muy en el fondo temía que Bea le hubiese ocultado demasiadas cosas.

  • Cuando me llamó…me dijo que hubo una pelea…- su tono de voz se fue apagando.

  • No quise asustarla, de veras. No fue exactamente una pelea de lucha libre…¿Beatriz le ha contado algo?

  • Si- una vez más hizo girar el anillo entre sus dedos como hacía cada vez que estaba preocupada- Me dijo que se había peleado con una compañera. Vanesa- aclaró- Se conocen desde el colegio.

  • ¿Le dijo por qué?

  • Si…Bueno, no. No exactamente. Me dijo que la insultó…Pero mi hija no va por ahí poniendo ojos morados por unas palabras, no….No se que pensar. Ni siquiera sabía que ahora se llevaban mal- sus ojos se volvieron algo acuosos- Parece que las cosas han cambiado mucho y yo no me he enterado…¿Qué más no se de mi propia hija?- una lágrima rebelde escapó por su mejilla- Disculpe.

Con manos nerviosas, intentó buscar un pañuelo en el bolso, pero su pulso no la ayudaba demasiado. No podía creer que realmente se estuviese derrumbando delante de un extraño. De pronto una voz suave se coló en sus neblinos pensamientos.

  • No se disculpe- con la mirada nerviosa, Manu le tendía una caja de pañuelos- Debería verme en el cine cuando mi hermana me obligó a ver una de esas horribles películas ñoñas…Al final acabé llorando como una fuente…Es bueno llorar un poco para desahogarse. No se corte- dijo tendiéndole una vez más la caja de pañuelos.

Rosa sonrió.

  • Aunque eso está mejor- Manu sonrió haciendo sus ojo empequeñecer tras el cristal de sus gafas- Yo no tengo hijos, pero entiendo que debe ser complicado verlos crecer. Se hacen mayores, se creen más independientes…Es duro…Créame, yo tengo 40 fierecillas a mi cargo y sólo los veo dos horas al día¡¡ y ya es muy duro!!

Rosa no pudo evitarlo y estalló en una sonora carcajada liberando parte de la tensión acumulada. Manu sonrió satisfecho. Desde luego que madre e hija se parecían, pero no pudo evitar pensar que había algo juvenil escondido en aquella risa.

Rosa le miró con los ojos aún brillantes, mezcla de la carcajada y las lágrimas.

  • Gracias.

Una mirada que duró más de lo profesionalmente permitido, le recordó a Manu que debía volver a su silla.

  • Verá. No he recibido aún ninguna queja de los padres de la otra alumna, pero me gustaría hablar también con ellos.

  • Entiendo.

  • Se que su hija no empezó la pelea o al menos eso he oído. No creo que sea justo que Beatriz se lleve todas las culpas en este asunto.

  • ¿Van a castigarla…o algo?- preguntó muy seria.

  • No lo veo necesario. Ya están en el instituto y aunque no siempre se comporten como tal, los alumnos y los padres nos exigen que los tratemos como adultos. Confío bastante en ella como para resolver este asunto de una forma “adulta”. No creo que tengamos que hacer un mundo de esta historia ¿no le parece?

  • Supongo que si. Creo que Bea lo entenderá así también.

  • Bien.

Manu desvió la mirada al montón de papeles sobre su mesa y se planteó si debía seguir con esta conversación.

  • Hay…hay algo que me gustaría preguntarle- dijo ella mirando fijamente el anillo.

  • ¿Qué?

  • ¿Usted sabe por qué le pegó?

El montón de papeles debía esperar. Esta era la señal que estaba esperando.

  • No hago más que pensar que tuvo que ser algo muy grave para que Bea reaccionara así- continuó ella- Y Bea no parece querer decírmelo.

Manu se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Se acercaba una conversación delicada y no sabía como plantearle el asunto.

  • Verá…Rosa ¿Puedo llamarla así?- ella asintió- Los institutos son como los patios de vecinos. Todos los rumores corren, pero al igual que en un patio de vecinos, nunca debes creerte todo lo que se dice. Porque hay gente con maldad o simplemente las historias se distorsionan…Lo que quiero decir es que deberían hablar con ella.

  • ¿Deberían?- preguntó sorprendida.

  • Si…usted y su marido- Manu la miraba sin entender.

  • No…- ella negó ligeramente con la cabeza y con una sonrisa triste- el padre de Bea murió hace una año aproximadamente.

  • Lo siento mucho- dijo casi avergonzado.

  • No es culpa suya. No lo sabía….- Un pequeño silencio se instaló entre ambos- ¿Qué me quería decir?

  • Lo que intentaba decirle es que…debería hablar con su hija. Porque ella es la que sabe realmente lo que paso. No se deje engañar por otras historias.

  • ¿Y si no quiere contármelo?

  • No pierde nada por intentarlo…Quizás necesite un tiempo para poner las cosas en orden. Como ya le dije, Beatriz es una chica muy madura. Déle tiempo, verá como al final no es tan grave y ella misma se lo explica.

Rosa suspiró resignada. No le quedaba otra y la verdad, se moría de ganas de que su hija confiara en ella para contárselo. Por muy tonto que fuera.

  • Bueno, si no hay ningún problema más, debo volver al trabajo- dijo ella- Muchas gracias por todo.

  • No gracias a usted por venir- dijo sonriéndole- No todos los padres se preocupan por las vidas de sus hijos fuera de casa.

La acompañó hasta la puerta.

  • Ya sabe que si quiere comentar alguna cosa más, sólo tiene que llamarme.

  • Gracias, en serio. Por los pañuelos- dijo en broma- Y por la charla…Es difícil hacerlo sola.

No estaba hablando de la charla, ni de Bea, ni de nada en concreto. O quizás era todo a la vez.

  • No se preocupe. Lo está haciendo muy bien.

Cuando Manu cerró la puerta una sensación muy agradable quedó en la mente de ambos.

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Miércoles por la mañana.

Día siguiente a lo que, probablemente, fuese el acontecimiento mas importante del año, de mi adolescencia y de mi vida.

Nada de lo que pudiese ocurrir conseguiría bajarme de la maravillosa nube en la que estaba flotando…Bueno, excepto lo que paso el día siguiente cuando el mundo decidió que era momento de empezar a girar en dirección contraria.

Para empezar, las fotos ya habían llegado a las manos de Manu. Al parecer, Raquel había hecho una selección de las mejores de cada grupo. Toda la clase estaba revolucionada buscándose en las fotos y sorprendiéndose de lo bien que habían salido.

  • ¡Wow!- escuche a mis espaldas- Yo quiero esto en la pared de mi cuarto.

Al girarme me encontré con Luis sosteniendo la foto en la que salíamos Helena y yo en camisa, mientras movía las cejas sugerentemente.

Prácticamente, se la arranqué de las manos, más sorprendida que avergonzada…Porque, francamente, habíamos salido muy bien. O Raquel era muy buena haciendo fotos o la chica que yo llevaba viendo 17 años en el espejo era mi gemela malvada… ( Eso sin añadir que Helena estaba perfecta, como siempre)

Todo el mundo parecía muy satisfecho con sus fotos ¡Incluso Vanesa! (La cual no se digno ni siquiera a mirarme en toda la mañana). Después de 20 minutos de griteríos y discusión, las cosas quedaron así:

Enero: Un grupito de chicas de la clase habían posado con unos gorros de lana, guantes de lana y unas largas bufandas de lana….¡¡Y nada más!! Claro que la foto era de cintura para arriba y las bufandas estaban colocadas estratégicamente. En mi mente pedí un aplauso para las abuelas que habían hecho posible esa foto tejiendo esas largas bufandas con intenciones mucho más “practicas”.

Febrero: Cuatro chicas y tres chicos posando con máscaras del carnaval veneciano, regalo de no-se-quien en su visita a-no.se-donde. Da igual, estaban geniales.

Marzo: Al final nos pusieron a Helena y a mi en ese mes. Según ellos, estabamos muy “primaverales”

Abril: Tres chicas en bañador colgando unos trajes de flamenca en una cuerda de tender.¡¡que folkloricos somos cuando queremos!

Mayo: Dos chicos (no hacia falta ser hetero para ver lo increíblemente buenos que estaban) echándose una botella de agua por encima (muy a lo Brian de queer as Folk) El efecto de las gotas de agua y la ropa mojada I-N-C-R-E-I-B-L-E.

Junio: Aquí venía el grupo de Luis, donde los chicos iban de colegiales ( con la camisa abierta o sólo con la corbata) y las chicas en plan colegiala sexy.

Julio: En esta foto, Raquel había echo algo muy curioso. Los dos chicos y las dos chicas de la foto llevaban vaqueros rajados y pañuelos al cuello. Raquel había dejado toda la foto en blanco y solo había resaltado en rojo algunos detalles de la foto, como los pañuelos o los labios de las chicas.

Agosto: El más explicito de todos….Dos chicas lamiendo un polo de fresa. Quien quiera pensar inocentemente…adelante.

Septiembre: Este estaba muy gracioso. Haciendo una alegoría a los exámenes de septiembre una chica y un chico, ambos en bañador, hacían como que estudiaban entre montañas de libros.

Octubre: Como no…Halloween. Una chica de bruja sexy, un demonio y una vampira que despertaría a un muerto de lo buena que estaba.

Noviembre: Aquí acabó la famosa foto de Vanesa (¡Nos mata si no la ponemos!). Vanesa-Caperucita rodeada de lobos. A pesar de todo tenía que reconocer que había quedado muy bien.

Diciembre: Un grupo de chicos de chaqueta y chicas con traje de noche dignos de una pasarela con copas de champán despidiendo el año.

Quizás no eran las fotos más originales del mundo, pero eran nuestras fotos y nos sentíamos increíblemente orgullosos de ellas. De hecho, no se habló de otra cosa en el instituto en toda la mañana. Fuimos la comidilla de todo el bachillerato.

Tan absorbida estaba, que apenas noté que había llegado a casa y que el tan ansiado momento casi había llegado. Vería de nuevo a Raquel…

….Y en ese momento, me inunda el pánico. Porque el sonido del timbre resuena en mi cabeza como una alarma y siento que la cabeza me va a estallar de un momento a otro.

La puerta se abre y por un momento creo que el latido de mi corazón retumba en las paredes de la casa tan fuerte como lo hace contra mis venas.

Ahí está Raquel, casco en mano, mirada vidriosa e infinitamente tormentosa.

Y por un instante dudo.

No se si correr y arrojarme en sus brazos es una buena idea. Si pareceré muy desesperada. O si sería más prudente esperar a que mi madre salga de casa para hacer la primera locura que se me pase por la cabeza. Raquel me mira con la misma intensidad que una tormenta a punto de desatarse.

  • ¿Puedo hablar contigo un instante?- mi madre rompe la magia del momento acercándose a Raquel y agarrándola ligeramente de la chaqueta.

Su mirada se desvía de mí con nerviosismo y asiente. Las oigo murmurar a través de la puerta de la cocina, algo que me parece de muy mala educación. Pero el enfado desaparece de un plumazo cuando a la despedida de mi madre en la puerta le sigue el inconfundible sonido al cerrarse.

Pero justo cuando voy a hacer o decir algo digno de mención, Raquel se me adelanta:

  • Voy a ver a tu hermana. Ahora bajo.

Y lo que ocurre en las próximas cinco horas carece completamente de sentido para mi.

A las tres en punto me siento a comer. Treinta minutos sintiéndola respirar al otro lado de la mesa. Parece que vaya a decir algo pero en el último minuto se arrepiente.

A las cuatro y veinte la ignoro en la cocina, mientras Raquel anuncia que ya no queda leche. Y esa es la frase más larga que escucho esa tarde.

A las cinco, suena el teléfono, y nos cruzamos en el pasillo, Raquel con las manos en los bolsillos y yo con la cabeza baja.

A las siete menos diez creo oírla hablar con mi hermana o quizás es con ella misma. Una canción, dos palabrotas y un suspiro que se cuela por la puerta de mi cuarto.

A las ocho y media siento que el sofá se hunde bajo su peso, huelo su aroma y veo que coge el mando de la tele y cambia de canal sin inmutarse.

A las nueve menos cuarto, la puerta suena de nuevo. Mi madre nos saluda, nuestras miradas se encuentran y el tiempo se enrosca, estalla y no puedo más- Buenas noches, me voy a dormir.

A partir de ese momento, todo carece de sentido. Y casi sin darme cuenta, decido esperar a que ella de el primer paso.

Fingir que no ha pasado nada es un acto casi natural. Y mucho más fácil de lo que pensaba. He aprendido a controlar el rubor, respira hondo si me tiemblan las manos. Bajar los ojos cuando tropezamos…

A veces nos encontramos camino al baño, con sonrisas vergonzosas y otras veces, como ahora, coincidimos en la cocina y comenzamos una conversación. Cosas triviales a veces. Conversaciones largas sobre grupos de música, a mi gusto horrorosos, que Raquel suele escuchar o a veces, conversaciones cortas de a penas 10 minutos en las que le cuento brevemente mi día en el instituto…Y sin darnos cuenta, llevamos tres días jugando al mismo juego. Algo que se acerca peligrosamente al escondite pero con las normas algo cambiadas.

En este juego está permitido que hagamos de todo. Podríamos hablar de filosofía, del último ganador del festival de Cannes, podría contarle a Raquel mis pesadillas más profundas y hablar mal del hombre del tiempo. Correr por la casa haciendo una pelea de cojines o tomar chocolate caliente mientras vemos una película en la tele….Pero hay tres reglas en este juego que las dos tenemos prohibidas: hablar del padre de Raquel, hablar de lo que pasó el otro día y quedarnos calladas.

Y es que sin ni siquiera hablar de ello, ambas parecemos haber llegado a un acuerdo en el que nos obligamos a hablar, hablar y hablar, manteniendo nuestra mente ocupada y evitando los vacíos silenciosos entre nosotras…Porque en el momento que eso ocurra, muchas preguntas saldrán a relucir.

Porque me pregunto porqué no hemos hablado más de lo que pasó aquella tarde, porqué no hay besos robados cuando Raquel coge el casco de la moto y sale por la puerta de mi casa con un ligero “hasta mañana” y porqué no tenemos en esta misma cocina, un choque furtivo de bocas que se vapulean contra el fregadero llenos de platos…

Y no se si me da más miedo las preguntas o la posible respuesta.

Pero de pronto Raquel se ríe de mi último comentario y deja la taza de chocolate encima de la mesa de la cocina y al instante se gira hacia mí con los ojos aún llorosos por la risa y de pronto me percato del cambio.

Nuestro juego se ha transformado de golpe y porrazo.

Se puede contar hasta cien, hasta un millón o hasta el infinito, y la que se quede quieta será eliminada de inmediato.

Y Raquel ha infringido una de las reglas de nuestro juego. Por un breve espacio de tiempo se ha permitido no hacer nada y mirarme.

Y esa es nuestra penalización.

Mirarnos.

Y ahora solo queda una solución: correr.

Y aunque puedo hacerlo en dos direcciones, borro de mi mente de un plumazo la casilla de salida y corro de lleno hacia la línea de meta. Y Raquel debe haber visto esa determinación en mi mirada porque por unos instantes, parece sorprendida y finalmente asustada cuando le digo:

  • Tenemos que hablar.

Raquel mira de soslayo su taza, como si intentase buscar una excusa. Pero el cerebro se le ha fundido como el chocolate caliente y solo es capaz de murmurar un sutil:

  • De acuerdo.

El momento ha llegado y no se muy bien que voy a decir. Como el sonido de una campana a lo lejos, recuerdo el ensayo de algo frente al espejo. Un discurso elaborado que llevo practicando toda la semana, donde pido explicaciones y me comporto como la adula que se supone que soy. Pero todo desaparece en el momento que Raquel me mira con sus ojos eléctricos y exploto como una granada.

  • Raquel no se que está pasando…¡que nos está pasando!….¡¡Me estoy volviendo loca!! Empiezo a pensar que todo lo que ocurrió el otro día, tu padre, tus palabras, ¡hasta la lluvia! Eran mentira…que todo fue un sueño.

Había explotado.

Había dicho en voz alta las tres prohibiciones. Me había saltado las reglas y mi penalización iba a ser terrible.

La mirada de Raquel se volvió dura y oscura y su mirada parecía un navajazo bajo el flequillo.

Pero era nuestro maldito juego y nos inventamos las normas sobre la marcha y las normas pueden irse al infierno, cuando con la mirada le digo que me hable, que me explique. Que haga una única cosa.

Que explote conmigo.

Y lo hace.

Raquel calcula la distancia que nos separa y un par de pasos le bastan para borrar de un plumazo nuestros espacios personales y convertirlo en uno solo. Descarga su peso sobre mi y me besa sobre el frigorífico. Y lo que hace tres días fue lento y suave, hoy es rápido y furioso, una tetera hirviendo y explotando, un juego que no se porqué he empezado pero que me siento en la obligación de dirigir. Me siento como un pequeño torbellino ansioso, besos como disparos y demasiada prisa, como si quisiera recuperar un tiempo perdido. La beso porque tengo frió en mitad de ese mes de octubre y porque acabo de descubrir que eso que me abrasa la piel no es otra cosa que la mano de Raquel que de alguna manera se ha colado bajo tres capas de ropa, camiseta, camisa y chaqueta de lana. La otra mano me abarca el cuello y la mandíbula y a veces desaparece entre mis rizos largos y revueltos para volver después a la nuca en un ritmo frenético. Me abre los labios con la lengua, succiona y lame, hunde los dedos una vez más en mis mechones y se aprieta contra mí hasta que la siento gruñir y olvido mi nombre, que estoy en mitad de mi maldita cocina y que mi madre llegará de un momento a otro. Ahora sólo hay labios y lengua. Y más calor del que he sentido nunca.

Podría detenerla. Cortar el beso y escurrirme entre sus brazos con un solo movimiento, como llevamos haciendo estos tres días, desde que empezó todo. O podría dejarla. Seguir sin más y limitarme a sentir la textura rugosa de las lenguas que se devoran y se enroscan, se empujan y se hunden mientras los dedos serpentean y hierven sobre el cierre del sujetador.

Y es entonces cuando la realidad vuelve de golpe.

El sonido de una puerta al abrirse, probablemente la de la calle. Reconozco los pasos de mi madre por el salón. En la cocina huele a frustración y Raquel a chocolate y sudor, un animal salvaje que recupera el aliento con la frente apoyada sobre la mía. Tiene los ojos líquidos y me besa una vez más antes de salir con la camisa a medio abrochar, camino del salón.

Yo tardo un poco más en reaccionar. Cinco minutos o una eternidad, no estoy muy segura.

  • Raquel ¿Te quedas a cenar?- mi madre parece sorprendida al verla salir de la cocina, pero yo lo estoy más aún. Raquel debe ser la única persona capaz de salir de una cocina, con el pelo revuelto y dos botones de la blusa sueltos y seguir pareciendo perfectamente inocente.

Y de pronto ocurre y cuando quiero darme cuenta, el mundo ha seguido su curso sin ni siquiera pedirme permiso.

El tic- tac del reloj del salón, deja gotear el tiempo en segundos, que parecen durara más de la cuenta. Esta debe ser sin duda, la cena más larga de la historia de mi vida y sin embargo, todo parece claro y lleno de sentido, devastadoramente real.

Tengo frío y no tengo muy claro el por qué. Apenas llevo treinta minutos en la mesa oyendo a mi madre y a Raquel hablar de cosas que carecen de sentido para mi, como si las palabras fueran inconexas, como si mi mente estuviese a millones de años luz de ese preciso instante y mi mente me remitiera una y otra vez a la misma escena.

El chocolate. La cocina.

Hace exactamente veintisiete minutos que Raquel me besó, lento y sin aviso, tibio y profundo como el maldito chocolate que aún sigue en la taza. En la cocina.

Intento volver a la realidad, juro que lo intento, pero afuera sigue lloviendo despacio y aún no he abierto la boca en toda la cena. Raquel va a volverme loca. ¿Está jugando conmigo?

Soplo sobre la sopa humeante y siento los ojos desorbitados e incrédulos, como si de repente recibiese más información de la que mi cerebro es capaz de procesar. Y no se exactamente lo que ha cambiado, si todo sigue siendo igual que siempre.

El invierno. Raquel. El chocolate. El zumbido incesante en mi cabeza.

De pronto esa noche parece más real y más brillante cuando oigo a Raquel hacer un ruido con la silla al levantarse y despedirse porque realmente se le ha hecho tarde.

De pronto me despierto y me doy cuenta que hace unos diez minutos que mi madre trajo el postre y de que no me había dado ni cuenta. De lo que si me doy cuenta, por fin; es que todo es real.

El chocolate. La mesa a medio recoger. La lluvia.

Raquel.

Lo siento pero no te vas a escapar.

Y como un pequeño torbellino ansioso, las palabras escapan de mi boca antes de que pueda pensarlas:

  • ¡No te vayas!

Raquel me mira sorprendida, pero mi madre quizá aún más. Vale, no quería gritar, pero no he podido evitarlo. Busco una excusa rápida, pero mi cerebro parece de mermelada y las palabras se escapan como mantequilla fundida:

  • Eso que…dijiste que…teníamos que …lo que hablamos en la cocina antes…¿Te acuerdas?

La miro entre asustada y esperanzada, pero ni siquiera se como describir la expresión de Raquel. Me mira durante unos segundos, después a mi madre y después vuelve hacia mí. Es gracias a mi madre que le silencio se rompe:

  • ¡Claro! Haced lo que tengáis que hacer….Voy a…Recoger lo que queda en la mesa- Nos dedica media sonrisa y desaparece por la puerta de la cocina.

Sin pensarlo demasiado, agarro a Raquel de la mano y la arrastro escalera arriba. En mitad de la noche, ha llegado el momento de atravesar el pasillo a toda velocidad, abrir la puerta del cuarto, empujar a Raquel dentro sin ninguna explicación y enfrentarme a la realidad.

Llevo toda la maldita cena dándole vueltas, buscando argumentos y reuniendo fuerzas. Y voy a decírselo. ¡Vaya que si voy a decírselo! Con el pelo revuelto y el viento ululando tras la ventana intento darle forma a las palabras en mi mente.

¿Somos amigas?¿Estabas confusa?Intento entenderlo…¡me vas a volver loca!

Raquel me mira sentada desde mi cama y su mirada sigue siendo plomiza, como remolinos de nieve que parecen huracanarse en mis venas. Me mira de forma soñolienta, bajo mechones de pelo rebelde y la camisa aún por fuera del pantalón.

  • ¿Somos amigas?- pregunto no muy convencida

  • Te quiero

Su respuesta tira por tierra todos mis esquemas de un plumazo.

Una rama choca contra la ventana y mi corazón salta como un trapecista sin red. Siento que la cabeza me va a estallar de un momento a otro.

  • Quiero decir- aclara- Lo siento….Creo que no he puesto en orden las ideas y ha salido algo antes de tiempo- Sonríe de medio lado y se apoya en los codos sobre la cama.

Me derrumbo a su lado, en la cama, completamente agotada.

  • Me estas volviendo loca- digo muy bajito pero muy claro para que pueda entenderlo.

  • Lo siento, de verdad- me acaricia el hombro en un gesto que ya empezaba a echar de menos- Las cosas se torcieron de golpe. Quería contártelo, pero no sabía como.

  • ¿El qué?- digo enfadada

  • Tu madre.

Dos palabras como un jarro de agua fría.

  • ¿Mi madre?

  • ¿Recuerdas hace tres días, cuando me pidió que habláramos a solas?

Intento hacer memoria y me doy cuenta de que había enterrado ese momento en mi mente. Apenas soy capaz de afirmar levemente.

  • ¿Qué tiene que ver eso?

  • ¿Adivinas de qué quería hablarme?- mi mente permanece en blanco unos instantes.

  • No

  • Bea…¿Tu madre sabe algo de…bueno, digamos, de tus inclinaciones?

  • ¿Qué?

  • Que si tu madre sabe que eres lesbiana.

Dicho así, de boca de Raquel, con la ese resbalando entre sus dientes, me sonó incluso extraño. No estaba muy acostumbrada a las etiquetas sociales. Hundí la cara en mis manos.

  • Bea….

  • No. ¿Vale? – dije enfadada- No lo sabe ¿Y que tiene que ver todo eso?

  • Creo que sospecha algo- dijo como si nada, pero una enorme alarma roja saltó en mi cabeza y la miré asustada.

  • ¡¿Qué?!

  • Tranquila bollito- dijo sonriendo-He dicho que sospecha algo, pero no el qué.

Solté todo el aire de golpe. Raquel se irguió poniéndose a mi altura.

  • Mira, tu madre quería hablar sobre ti…Está muy preocupada. Se ha enterado de tu pelea con Vanesa y cree que le estas ocultando algo. Bea- me miro seria- está muy triste. Preocupada y triste. Creo que piensa que no confías en ella…..Solo quería saber si yo sabía algo.

  • ¿Y que le dijiste?

  • Evidentemente, que no. Pero que no te quitaría ojo de encima…Ahora mismo debe de pensar que estas “confesandote”- dijo riendo.

  • Pero no entiendo…¿Por qué has estado tan…rara?

  • Lo siento por eso.

  • Ya lo has dicho treinta veces- dije enfadada y Raquel hizo un mohín al ver mi cara.

  • Verás, después de hablar con tu madre me di cuenta de que no tenía ni idea de nada…Y mucho menos de nosotras.

Una llamita de esperanza nació en mi al escuchar esa frase.

  • Tu madre estaba confiando en mi para ayudarte y me sentí fatal por tener que mentirle yo también. Tu madre se ha portado muy bien conmigo ¿Sabes? Y contigo más que con nadie…¿No crees que se merece la verdad?

Raquel me miró esperanzada y me di cuenta de que tenía razón. Ella no era la única que estaba harta de mentiras.

  • Además, lo sabe todo el instituto, los profesores, el panadero, el tio del kiosco- fue enumerando Raquel en broma, a lo que se ganó un manotazo- No creo que a tu madre le haga gracia ser el último mono.

  • Tienes razón- dije sería- Voy a contárselo.

Raquel sonrió de oreja a oreja.

  • Pero dame tiempo- le dije- Aún no se por donde voy a empezar. Raquel puso los ojos en blanco y se desplomó en mi cama mientras decía “Ay, Dios mío…dame paciencia” mientras yo me reía.

Pero de pronto me puse sería.

  • ¿Eso significa…qué vas a estar evitándome hasta que se lo cuente? –Pregunté con miedo. Raquel se incorporó y me miró más seria que nunca.

  • Eso ni de coña. Nadie va a evitar que esté con mi novia.

Esa frase me hizo enrojecer de manera fulminante y el cambio en mi mirada fue casi violento. Como si me hubiera derretido y me hubieran vuelto a solidificar en un solo segundo.

  • ¿He dicho algo que no debiera?- Preguntó Raquel

  • No, es solo que…- joder- suena demasiado bien.

La sonrisa de Raquel se volvió picara mientras en mi cabeza la palabra sonaba como un mantra.

Novia, novia, novia, novia, novia

Y de golpe y porrazo me percato de la realidad.

  • Raquel, yo nunca…vamos que no…- Digo con esfuerzo- …Que no he tenido novia nunca. Ni he salido con nadie…Ni un rollo…ni siquiera….- No soy capaz de terminar la frase.

  • Contéstame una cosa…¿Habías besado a alguien antes que a mi?

Me niego a mirarla y me siento ridícula durante treinta segundos esperando a que ella se ría de mí.

Pero no lo hace.

  • Creo que no hace falta que conteste ¿Verdad?- le digo- Joder…me siento ridícula.

Vuelvo a ocultarme entre mis manos evitando la vergüenza. ¿Se puede ser más patética?

  • No deberías….Yo no he tenido una relación seria en mi vida.

Raquel sonó realmente triste al decir eso.

  • No es que sea muy mayor, ni nada de eso, pero para la cantidad de rollos y polvos de una noche que he tenido…Nunca ha habido más que eso.

De pronto sentí una pequeña punzada en el estomago ¿Rollos?¿Polvos de una noche? No es que esperase que Raquel fuera virgen, ni una monja, ni nada de eso…Es solo que me sentí en completa desventaja. ¿Qué podía aportarle yo a parte de un par de besos fugaces? Raquel debió ver mi expresión porque añadió:

  • Nunca hubo nadie importante por quien seguir adelante. No podía ni quería permitirme dejar entrar a nadie…Hasta ahora.

Me levantó la barbilla con sus largos dedos en un gesto demasiado casual.

  • No tienes nada de que avergonzarte- me sonrió- Si te sirve de consuelo nunca he tenido novia…Ni novio. Así que, realmente, estamos empatadas. Las dos somos igual de novatas en esto.

No pude evitar abrazarla con intensidad y enterrar mi cara en su pelo. Y sentirla realmente por primera vez después de estos días caóticos.

Y de pronto, en mitad de la felicidad momentánea…Una duda me asalta.

  • Eso…Eso quiere decir- susurro contra su pelo, intentando que amortigüe la vergüenza de mis palabras- ¿Qué nunca te has acostado con una chica?¿O si?

No me hace falta mirarla para saber que se está riendo y finalmente, estalla en carcajadas.

  • ¡Es simple curiosidad!- intento aclararle entre sus risotadas, mientras rueda por encima de mi cama- en serio…¡De verdad!

Al final me mira, con los ojos vidriosos por la risa y una sonrisa de oreja a oreja.

  • ¿Y esa curiosidad?…¿Has estado pensando cosas malas?- pregunta con una voz que suena a secretos en una cama desecha mientras arquea una ceja.

  • ¡No!- dijo enrojeciendo de golpe- Que no de verd…

Pero no me da tiempo a darle más explicaciones, porque ahora soy yo la que está rodando sobre la cama, entre risotadas, escapando de sus cosquillas.

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Spice Badminton

Diciembre 10, 2008 · 1 comentario

Autora:

Era la cuarta clase de Educación Física que dedicaban al badminton debido a la ausencia de la profesora. Ciertamente, poco más puede hacer un profesor de inglés que repartir raquetas y pelotas cuando no tiene más remedio que dar una clase en la que no tienes que aprender a usar el sanitivo sajón.

Irene comenzaba a estar un poco aburrida de practicar el mismo deporte y quiso proponerle a Penélope algo mejor: añadirle algo de especias a la partida que estaba perdiendo.

- No te veo nada motivada Irene, normalmente me tienes empapada en sudor.

- ¿Qué te parece si te propongo algo mejor? ¿Te atreverías?

Penélope se temía lo peor, pero bajo ningún concepto se iba a acobardar con esa pequeña de melena rojiza que era Irene. De modo que detuvo el juego, y mientras tenía la pelota de plumas en su mano izquierda, la miró por encima de las gafas con gesto de amenaza: “sea lo que sea, esta vez no me vas a ganar”.

- Por cada punto que consigamos, la otra se tiene que desabrochar un botón del polito.

Quizás el aire se llevó las palabras por todos los rincones del instituto y el eco hacía repetirlas a través de los pasillos, porque cuando eran cuatro los botones desabrochados del polo de Penélope y éste sólo quedaba sujeto por el de en medio, no cabía ni un alfiler en la pista.

- Enhorabuena Irene, me has ganado. De nuevo.

- ¿Cómo? ¿ya? ¡¡No puede ser!! ¡¡¡Estoy a un botón!!!!

“¡La revancha!” gritaban los chicos de la clase. “Penélope, ¡¡pide la revancha!!”

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40 Grados

Diciembre 10, 2008 · 2 comentarios

Autora: Mistika

- ¡Lo siento!

Era la tercera vez que Sara se agachaba a recoger el bolígrafo del suelo y la siguiente vista que mostraba la minúscula falda del uniforme del instituto cada vez que se inclinaba hacía que la temperatura de la habitación sufriera un par de grados…

Y Pé no era de piedra.

No ayudaba el hecho de que se hubieran quedado solas en su casa para acabar el trabajo de biología, al igual que tampoco ayudaba el hecho de que Sara hubiese desabrochado los tres primeros botones de su camisa y aflojado la corbata que bailaba graciosamente sobre su escote… No ayudaba que fuera el día más caluroso del año y el maldito aire acondicionado no funcionara.

Y, definitivamente, no ayudaba que Sara hubiese perdido el boli bajo la mesa por cuarta vez aquella tarde… para Pé era suficiente para una sola tarde.

En cuanto Sara se giró para disculparse de nuevo, apenas le dio tiempo a decir nada antes de que se viera envuelta en un profundo beso, caricias furtivas y camisas a medio desabrochar que hicieron que el termómetro de la habitación resgistrase la temperatura más alta aquella tarde…

Unos minutos más tarde Pé le preguntó a Sara por qué sonreía, a lo que ella sólo dijo:

- Empezaba a pensar cuántas veces tendría que tirar el boli para que te decidieras…

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Cumpleaños de 40º (o como mezclar yuri y alcohol a parte siguales)

Marzo 8, 2008 · 3 comentarios

No sabe donde está. Tiene la cabeza llena de plomo que pesa y se hunde en la almohada.

Cree que si abre los ojos va a quedarse ciega y que un alfiler cayendo en la otra punta de la casa le reventará los tímpanos. Su cerebro parece estar lleno de mermelada y se siente incapaz de recordar nada.

La luz que se cuela por las cortinas ilumina su cuerpo aplastado sobre el colchón. Un lío de sábanas entre las piernas, la almohada en el suelo y su pelo revuelto como una marea. Cuando se pone de pie la cabeza le late al ritmo de la resaca y siente nauseas.

Vale, empieza a recordar algo.

La ducha se prolonga algo más de veinte minutos y cuando baja a desayunar son casi las diez de la mañana. Se concentra tanto en mitigar las ganas de vomitar que apenas consigue enfadarse consigo misma.

El café es negro, muy cargado y le revuelve aún más el estómago pero también le despeja poco a poco la mente y…

Oh,Oh!!…Gaia bendita. Por eso nunca bebe.

Acaba de acordarse.

Se convence de que no pasa nada. Todos estaban borrachos con la excusa de celebrar el cumpleaños de Pé. Seguro que no recuerdan nada…Ella ya no se acuerda ¿De que tiene que acordarse? No lo sabe ¿Qué será? Nada ¿Ves? Fantástico. Ya está. No pasa nada.

Eso no se lo cree ni ella. La palabra “Patética” sale reflejada en su mente.

Riachuelos de cafeína la van despertando. La cabeza ya no le duele tanto y si se pone unas buenas gafas de sol y evita los ruidos, es posible que salga viva de esta…

Y puede que no llege tarde a la facultad.

Apenas ha soportado dos clases y ya está huyendo como una cobarde, pero el martilleo incesante en su cabeza no parece querer tomarse un descanso y su cama la está llamando a gritos desde Sevilla Este.

Resaca-1 / Fisiologia Vegetal- 0

Es optimista cuando sale del edificio de ambientales. Se pone la chaqueta y el aire fresco le limpia los restos de resaca.

Claro, que sus planes no contaban con quedarse clavada como una estatua de sal en la puerta del edificio 24, la maleta a punto de descolgarse de su hombro y su vista clavada un par de metros por delante.

Sus planes, si es totalmente sincera, incluían evitarla a toda costa.

Y se desmoronan como un castillo de arena cuando Pé aparece en mitad del camino, miles de rizos morenos que se agitan con el aire y una voz aún adormilada.

- Hola.

No es difícil. Se trata de poner un pie, luego otro, uno y otro, uno y otro, paso a paso como lleva haciéndolo toda la vida, hasta llegar a su altura y darle los buenos días como si no pasara nada.

Porque de hecho, no ha pasado nada. Nada de nada. Hay que tomárselo con naturalidad, hablarle como siempre…

Quizás preguntarle que hace aquí porque ella ya termino las clases. Y la carrera. Y es raro. Y que pasearse por la Olavide un lunes por la mañana por gusto no es algo muy normal. Pero vamos, que eso es lo único que pasa.

Bueno, eso y que Pé se está acercando y ella sigue allí parada, agarrando el pomo de la puerta del edificio 24 como un salvavidas.

Un pie, luego otro, un poco por delante del anterior. Es el principio que da sentido al caminar. No es nada complicado sinceramente. Pero su cuerpo sigue allí clavado y es Pé la que se acerca y por un momento desea fundirse con es maldita puerta y desaparecer para dejarla pasar de largo.

Irene va a abrir la boca. Va a decir “buenos días”. Pero la intención muere justo en el borde de su boca porque Pé se le adelanta.

- ¿Te llevo?

No sabe si ha contestado o no, pero de lo próximo que es consciente es que esta sentada en un nissan de segunda mano y que Pé arranca sin inmutarse.

Bueno, si dice algo siempre puede argumentar que estaba borracha. Que la asimilación del alcohol no funciona muy bien en ella y que el vodka debía ser colonia Nenuco por lo mal que le sentó.

Sí podría decirle eso. Pero el silencio es demasiado espeso.

Y en ese momento, Pé tamborilea los dedos sobre el volante y de repente Irene tiene una imagen muy vívida de algo que no debería estar pensando.

- Pé…

Y suena como si fuera a decir algo más. Algo digno de “¿En serio?”, algo con más claridad mental. O menos…quien sabe.

- Pé, creo que…¿No deberíamos hablar? Ya sabes. De lo que ha pasado. De….

Se le quiebra la voz por unos instantes…¿Así que al final admite que ha pasado algo no? Pé continua tamborileando los dedos sobre el volante, mirando al frente, e Irene piensa que es el silencio más largo de toda su vida. Y probablemente debería sentirse orgullosa porque ha conseguido que Pé no tenga nada que decir. Todo un logro. ¿No?

El universo tiene una cosa que la gente normal llama justicia, mientras que a ella le gusta denominarlo “jodido sentido del humor”, porque siempre es al revés. Porque debería ser ella la que estuviese callada y Pé intentando sacarle las palabras y, por una vez, la tierra podría girar en el sentido normal.

Aunque puede que por una vez, el universo no conspire en su contra, porque Pé por fin, habla.

- No pasa nada.

Y se ríe.

Como si fuera la cosa más jodidamente graciosa del mundo. La echa una mirada digna de Jack el Destripador. ¿De qué se ríe?

- Ya te he dicho que no pasa nada. Esas cosas…Ocurren, ya acepté hace mucho tiempo que era irresistible.

Ante el comentario Irene pasa por quince tonos diferentes de escarlata y se pregunta si será lo suficientemente delgada para escapar por la ventanilla del coche.

- No tienes por qué avergonzarte, sabía que tus hormonas debían aparecer tarde o temprano- y vuelve a reirse.

- Si….¡O sea no! Quiero decir, no es que, lo…ehm – Irene se para y Pé la mira de reojo con la media sonrisa bailándole en la cara- No me arrepiento… De lo de ayer. Quiero decir, las dos somos mayorcitas, y no creo que haya. No tiene por qué ser raro. Quiero decir, entiendo que tú no… Porque. Pero no tiene por qué ser raro.

Y Pé la mira de nuevo, de una forma que podría describirse a medio camino entre la sorpresa y la incredulidad.

- Quiero decir. Estadísticamente, es casi normal. Un estudio demostró que el cincuenta y nueve por ciento de las personas terminan manteniendo algún tipo de relación con un amigo .Amiga. No estoy insinuando que… Estadísticamente tiene sentido, quiero decir. No es tan… No tiene por qué ser…

- Irene

- ¿Si?

- Cállate

- Vale

Pé respira hondo antes de seguir.

- Sabes…No se lo que piensas de…Pero no quiero que sea raro. No quiero que estemos- se humedece los labios en mitad de la frase- así- lo que Irene traduce como incomodas- Lo olvidamos y punto.

- ¡No!

Y lo dice tan rápido que se sorprende a si misma.

- ¿No?

- Quiero decir. No hay que…ponerse melodramáticas- o realistas, o estupidas- No es que sea malo. Sólo… inesperado. No creo que tenga que marcar una diferencia ¿verdad?

Pé se aclara la garganta y la mira. A lo mejor porque llevan desde que se encontraron sin mirarse a los ojos, hace que sea más extraño aún.

- Además- añade- …No besas tan mal.

Y Pé se dobla de la risa sobre el volante.

Y por fin se da cuenta de que tenía más miedo de la reacción de Pé, que del hecho en sí. Pero ella le sonríe y añade:

- ¿Sabes que sería genial?

- ¿Qué?

- Que hiciéramos un yuri de esto- y comienza a reírse de nuevo.

Lo que Irene interpreta como un “estamos bien” y comienza a reírse también.

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Susurros de buenos días

Octubre 12, 2007 · Deja un comentario

No era el recuerdo de una noche en la playa. No era la sensación que me inunda al presentir su aroma. No era una de mis enloquecedores sueños de un polvo rápido contra la fría pared de la cocina. Ni siquiera era el vistazo, prohibido y excitante, de la piel que no se exhibe y que está debajo de la ropa. No…

Era algo más. Algo asfixiante e inquietante. Algo que juega a dejarte sin aire…. Algo que te oprime el pecho cuando sientes su presencia en algún lugar. Algo que te hace daño. Que te enloquece. Que provoca dolor de cabeza. Te marea, te excita …

Es desquiciante. Te hace suspirar. Respirar hondo, profundo… No te deja dormir. No te deja vivir. No te deja pensar… No.

Pero nada importa, no, cuando se desliza a tu lado, justo antes de amanecer, entre tus sábanas. Con esos movimientos elegantes. Se desliza así. Con movimientos elegantes, deliciosamente enloquecedores.

Con el pelo revuelto y la mirada soñolienta. Su piel acaricia la tuya y está cálida, enloquecedoramente cálida. Y el corazón se te acelera mientras enreda sus piernas, largas, bien torneadas, con las tuyas y te dice con voz profunda y susurrante, como salida de uno de tus mejores sueños: “Buenos días”

Y, joder, qué deliciosamente bien ha sonado. Ha susurrado… Para ti. “Buenos días”. Y, joder, deseas tener esa noche en la playa. Deseas echarle un polvo rápido en aquella cocina, contra la fría pared. Deseas besar su piel prohibida y excitante. Y, joder, deseas tener un día el valor de acabar en tu cama, entre besos, y hacer el amor aderezado con jadeos y promesas de amor entre tus sábanas.
Sin embargo…esta es la triste realidad y solo atinas a pronuncia un suave:

“Buenos días “

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Solsticio de verano

Octubre 12, 2007 · 2 comentarios

Mucha gente lo celebra sin saberlo cuando acude a las hogueras en la noche de San Juan, convirtiéndolo en la noche con más poder de todo el año.
Aquella tarde, todos se reunieron en la azotea de nuestro antiguo edificio entre risas, bailes y reencuentros a la espera de la caída del sol. Recuerdo que iba de la mano de mi madre todo el rato, mirando a todas partes si entender demasiado bien, el motivo de tanta celebración. Algunas caras me sonaban familiares, vecinos de escalera, la señora de la panadería…Algunos no tanto y eran completos desconocidos, que me miraba sonriendo y me saludaban con ese tono infantil que los adultos usan cuando los niños parecen asustados y quieren que se relajen…Pero aquello seguía siendo un mar de caras y yo me aferraba aún más a la mano de mi madre.
En aquella azotea había personas, perros que corrían, gatos adormilados sobre los tejados, palomas sobre los cordeles de los tendederos y canarios en jaulas y cajas de cristal, invitados que nadie más podía ver…y fuego.
Hogueras esculpidas sobre improvisadas barbacoas de piedra que comenzaban a alzarse triunfales sobre el cielo del atardecer.
Por un momento me asusté, porque no entendía nada de lo que estaba pasando, aunque sabía que no era nada malo, porque mi madre seguía sonriendo.
Y de pronto, la vi, a ella…
Estaba sentada en uno de los bordes de la azotea, con los pies colgando por fuera y mirando absorta la nada…Aquella vez, también llevaba margaritas en el pelo.
- Hola.

Eva se volvió con tanto impulso que pensé que se caería del tejado. Comprobé que tenía una rama en la mano.
- Venga, sube- me dijo sonriendo y tendiéndome una mano.

No era la primera vez que nos escapábamos para subirnos al tejado o escondernos en el patio de su abuela, así que no tuvo mayor importancia que dos niñas tan pequeñas estuviesen sentadas en aquel tejado repleto de velas.
- ¿Qué es eso?- señale la rama de su mano
- Acebo
- Ah…

Aquello no era exactamente lo que quería preguntarle, pero estar cerca de Eva siempre provocaba lo mismo: la respuesta a mis incógnitas llegaría sin pregunta alguna.
Y la explicación de todo lo que representaba aquella fiesta, de lo que miles de personas han experimentado en cada celebración, lo que simbolizan año tras año, fue perfectamente explicado por una niña de 5 años:
- Cuando él vuelva- dijo señalando la puesta de sol a punto de caer por el borde del mundo- todo renacerá.

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Renuncio

Octubre 12, 2007 · Deja un comentario

Renuncio…
Extraños sentimiento son los que ahora poseo, nunca antes los había identificado como un fatal ataque de celos…

¿Celos de qué? Me pregunto una y mil veces
De nada, me respondo de inmediato, completamente convencida.
Jamás me unió nada a ti, jamás me tendría que haber proyectado contigo, pero mi infantil mente y mi inmaduro corazón hicieron que creara castillos de naipes y falsas ilusiones.

Dejaste que siguiera construyendo cimientos en esponjosas nubes, dejaste a mi corazón latir como nunca antes lo había hecho.

Pero creo que ya es tarde… abriste una brecha que nadie jamás había tocado, me dañaste como nadie antes hizo, e irónicamente lo hiciste ignorándome, pasándome por alto después de elaboradas e improvisadas palabras.No dejaste que te contestara, sembrase la duda en mi ser y ahora me hundes como si no fuera nada.

Porque yo lo admito, a pesar de todo, tú no tienes la culpa… puede que la tenga tu aroma o la profundidad de tu mirada, pero la que tuvo la culpa fui yo, por dejarte dar un paso en falso dentro de mi guarida, por dar aquel maldito paso que jamás a nadie había permitido…

La espera no es eterna y en este momento renuncio a ti.

Renuncio a soñar contigo.

Renuncio a quererte sin realmente hacerlo

Renuncio a tejer sueños de espuma.
Renuncio como cualquier persona en su sano juicio haría, renuncio porque ni siquiera yo me entiendo. ¿En dónde quedó mi racionalidad de la que en años me he enorgullecido?

Renunció a ti por volverme débil ante tus ojos sin siquiera verme realmente.

Renunció a ti por estar escribiendo esto.

Renuncio a ti por quererte demasiado sin tener justificación aparente.

Renuncio a ti porque necesito de mi.

Y lo más importante…

Renuncio a ti porque sé que en realidad no te interesa que lo haga, porque ya tienes a alguien, y esa persona es la que no quieres que renuncie a ti.

Y hace ya mucho de esto…

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Transformación (Gabriel-Neo) Moonshadow

Octubre 12, 2007 · Deja un comentario

“Desde siempre Gabriel ha padecido jaquecas. Insoportables dolores de cabeza que martillean sus sienes con furia, como si quisieran quebrarlo desde dentro, del mismo modo que Atenea rompió la cabeza de Zeus para nacer a la vida. A veces Gabriel piensa que también hay algo dentro de él, golpeando para intentar salir. Sólo que en lugar de una diosa él pariría un monstruo: armado con uñas afiladas y poderosos dientes capaces de transformar la vida de un niño en una tortura sin tregua…

Odia el dolor. Por supuesto se ha acostumbrado a él porque desde que la oscuridad lo acogió y lo mordió con violencia siendo un niño se rompe por dentro cada mes, bajo el poder de la luna llena y el estigma de una maldición que clama venganza. Cuando se transforma, sus huesos crujen como hojas secas y la piel se quiebra para dejar paso al terrible ser que oculta. Y es por eso que piensa que los dolores de cabeza se deben a ese mismo monstruo, que trata de salir a la luz incluso cuando la luna no le llama: otro castigo más por un pecado que nunca cometió.”

- ¿Gabriel?
La voz llega de tan lejos que cree haberla imaginado. Ahora mismo sólo puede ver oscuridad y brotes de color que intentan nacer de ella, como semillas que germinan demasiado deprisa y mueren aún más rápido. Las luces intermitentes le marean y le provocan náuseas, pero abrir los ojos es peor. Aún así hace un esfuerzo cuando la voz vuelve a insistir.
- ¿Gabriel?
- Vete- su voz suena demasiado ronca, crujiendo en le fondo de su garganta. No quiere que se acerque. No quiere hacerle daño porque ella ha sido demasiado amable, demasiado atenta y comprensiva como para exponerla al peligro de que la bestia quiera salir antes de tiempo a jugar. Pero su olor corporal esta demasiado cerca y de pronto es consciente de lo que esta pasando.
Lento
Pausado.
Y tan sigiloso que casi duda que realmente esté ahí, detrás de él. Pero lo sabe.
Porque vuelve a sentir que todo su cuerpo se tensa, como las últimas veces que han estado solos en la misma habitación. Y la última duda que pueda tener queda disuelta al oír el ruido sordo de las zapatillas al caer al suelo y el susurro de unos pies descalzos acercándose hasta que el calor de otro cuerpo le inunda por completo bajo las sabanas cuando un brazo rodea su espalda.
-No es justo –ella mira al techo, pero su vista resbala hasta detenerse en él y Gabriel nota un escalofrío al ver sus ojos tan cerca, tan verdes en la oscuridad. Y se estremece un poco cuando la oye susurrar-. No es justo. Ya tienes bastante con la luna llena, ¿por qué tienes que sufrir esto también?

Le acaricia la cara y Gabriel sonríe. No está acostumbrado a que le compadezcan, pero con ella es distinto. Ella no es como los demás, que dicen “pobre chico” y se olvidan de él. Ella protesta, se queja y acaba irrumpiendo en la biblioteca a media noche para buscar un remedio a esa maldición que le quiebra por dentro. Con ella, absurdamente, se siente a salvo.
- No quiero hacerte daño- Gabriel mide sus palabras como si al decirlas ella fuese a quebrarse como un cristal entre sus garras- Soy un monstruo
- No- su voz sonó tajante. No lo eres…Y yo jamás tendría miedo de ti.
Gabriel se ríe, pero lo hace en silencio, a escondidas, porque si no el dolor se multiplicaría y le mataría un poco más.Y tiene que morderse los labios hasta sentir la punzada de dolor y el habitual sabor metálico de la sangre para evitar que toda su dolor escape contra la persona que menos lo merece y sobre todo, para evitar que ella le vea llorar. Porque lo último que quiere en esos momentos es verla sufrir aún más por él.
- Te habrás quitado los zapatos.- comenta él en broma.

-Y los calcetines. Me quitaría también los pantalones y la camisa, pero sería demasiado para ti, incluso estando enfermo.

-Idiota.

-Capullo.

Se conceden una tregua que dura exactamente diez latidos de dos corazones.
- ¿Cuánto tardarás en ponerte bien?

Él se encoge de hombros y suelta un suspiro cansado. No sabe cómo ha acabado su mano sobre la cadera de ella, pero ahora no se le ocurre una excusa para retirarla.

-No lo sé. Una hora…, cinco…

-Espero que estés bien para la cena, porque tengo hambre.

Con una sonrisa Gabriel consigue lo que menos espera: quedarse dormido. Poco a poco el dolor remite y se adentra de puntillas en un sueño en el que dos lobos caminan juntos por un bosque oscuro. La noche es relajante y todo es calma y tranquilidad en el sueño. Y no hay luna en el cielo, sólo estrellas.

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Ivan y Jeremy (Yaoi)

Octubre 12, 2007 · 1 comentario

Para Jeremy, las noches de luna llena siempre eran complicadas…Pero aún se complicaban más con la presencia del rubito.El descubrir que Iván era más que una cara bonita, actitud enervante y una fortuna andante resultó ser un fuerte golpe para Jeremy…pero eso era secundario, la misión era lo importante.
Y sabe que intentó poner sus 6 sentidos en ella pero tenía la certeza que uno de ellos, el más importante para un lobo,le había abandonado.
El olfato.
Y no es que le hubiese abandonado precisamente…más bien estaba ocupado deleitándose con el exquisito aroma que desprendía el cabello de Iván…Un aroma que inundaba sus ropas,su piel y se expandía por el coche con cada ligero movimiento del rubio…Le estaba volviendo loco.

Jeremy gruñó intentando espantar la marea de sensaciones que empezaba a nublar su juicio…El lobo dentro de él pedía a gritos ser liberado y ni si quiera el luprecalium, algo así como un veneno para acallar el espíritu del lobo, era lo suficientemente poderoso para competir con todas las sensaciones que un simple aroma estaba desatando en él.¿Qué le estaba pasando?
Comprobó que concentrarse en la carretera ya no le era suficiente, cuando Iván rozó casualmente su brazo, al consultar el reloj y mirar la hora.Se revolvió inquieto en su asiento. Los impulsos de la bestia crecían con más fuerza.

-Llegaremos tarde- comentó Jeremy, en un gruñido. Necesitaba concentrarse en algo que no fuera el embriagador aroma a menta del champú de Iván, o el profundo aroma metálico que escapaba de la boca del vampiro, probablemente de algún resto de sangre que aún quedaba en sus dientes o en su lengua. Una de sus absurdas peleas le ayudaría a despejarse.
-Elegantemente tarde- le corrigió el rubio- No se puede llegar a ningún evento social a la hora exacta… Hay que hacerse desear.- Le dedicó una de sus miradas altivas.

Así era el maldito rubio…Un pijo nacido entre algodones…El próximo heredero y futuro príncipe del clan Vetrue. Que no tenía que preocuparse en cazar humanos para alimentarse porque poseía su propio “viñedo” de sangre embotellada…Un auténtico capullo.
Aunque Iván también había demostrado que era orgulloso, valiente y luchaba por aquello en lo que creía….Ponía una ferviente pasión en todo lo que hacía, aprendía o paladeaba…De unos impresionantes ojos grises como las nubes tormentosas y una exquisita cultura…Iván era mucho más de lo que la paciencia de Jeremy podía soportar.
Y quiso gritarle y morder su perfecta piel blanquecina, cuando tuvo que aferrarse al tejido de sus vaqueros y morderse la lengua para controlarse en el momento que Iván se inclinó hacía su lado, para mirar por la ventana y comprobar por donde estaban…
….Y su pelo rozó su mejilla
….Y su aroma se coló en cada poro de su piel.
….Y el lobo en su interior, aulló de placer…
-Parece que hace mucho frío fuera…Espero que hayas traído abrigo- Comentó Iván mientras volvía a recolocarse en su asiento, al lado de Jeremy, al que miró repentinamente…Para comprobar sorprendido que el lobo permanecía con los ojos fuertemente cerrados y que, aparentemente, parecía no querer respirar…Iván sonrió de medio lado.Sacar de quicio al lobo, era su pasatiempo favorito. No le costó mucho encontrar el motivo de la frustración de Jeremy.
- ¿Pasa algo?
Dos palabras…dos susurros acompañados del olor metálico de la sangre y el calor de su aliento que hicieron que el corazón de Jeremy explotara como una bomba.
- ¡¡PARA EL COCHE!!

Su grito hizo que Joel pegara un volantazo y frenara prácticamente en seco, en mitad de la desierta carretera.
Jeremy abrió la puerta del coche con fiereza y salió a la calle dando fuertes bocanadas de aire…Necesitaba que el olor a humedad le inundara por completo y borrara las locuras de su mente.Intentó relajarse, pero el frío le hizo temblar imperceptiblemente.
Hasta que una pequeña oleada de calor se instaló en su espalda y en su cuello, y de nuevo el intenso aroma le hizo querer morir de satisfacción…Iván había pegado su pecho a la espalda del lobo y con su propia bufanda, los había envuelto a los dos.Su boca se acercó peligrosamente al oido del lobo, haciendo que todos los sentidos de Jeremy se turbaran entre los susurros:
- Sabes…existe un vínculo anatómico directo entre nuestro olfato y nuestro cerebro…mediante una complicada red de conexiones…- palabras exquisitas sacadas de enciclopedias de su biblioteca susurradas a milímetros…- Todo eso explicaría la enorme cantidad de reacciones que provoca un estimulo oloroso en nuestro cuerpo…- provocaciones envueltas en un manto cientifico -Y como dichos estímulos quedan memorizados a lo largo del tiempo. Jeremy segiró.
-¿Qué quieres decir exactamente?-Estaban tan cerca que el vaho de sus respiraciones se entremezclaba.
-Que te va a costar un infierno olvidarte de mi.

El impacto inicial fue demasiado grande, tanto para Iván, como para Jeremy…¿había dicho realmente aquello?
Uno no podía creer lo que había dicho y el otro lo que había oído…Necesitaban alguna excusa para salir de allí, porque sus pies estaban pegados al suelo.
- ¿Los chuchos también se resfrían no?

Y el efecto de su frase tuvo el efecto deseado por Iván, para que Jeremy le gritara que él no era ningún chucho, sino un licántropo guerrero del clan Geovedian, se quitara la bufanda a trompicones y avanzara refunfuñando hasta el coche con la cara enrojecida, según dejo muy claro a todo el mundo, por el frío de la noche.

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