“Desde siempre Gabriel ha padecido jaquecas. Insoportables dolores de cabeza que martillean sus sienes con furia, como si quisieran quebrarlo desde dentro, del mismo modo que Atenea rompió la cabeza de Zeus para nacer a la vida. A veces Gabriel piensa que también hay algo dentro de él, golpeando para intentar salir. Sólo que en lugar de una diosa él pariría un monstruo: armado con uñas afiladas y poderosos dientes capaces de transformar la vida de un niño en una tortura sin tregua…
Odia el dolor. Por supuesto se ha acostumbrado a él porque desde que la oscuridad lo acogió y lo mordió con violencia siendo un niño se rompe por dentro cada mes, bajo el poder de la luna llena y el estigma de una maldición que clama venganza. Cuando se transforma, sus huesos crujen como hojas secas y la piel se quiebra para dejar paso al terrible ser que oculta. Y es por eso que piensa que los dolores de cabeza se deben a ese mismo monstruo, que trata de salir a la luz incluso cuando la luna no le llama: otro castigo más por un pecado que nunca cometió.”
- ¿Gabriel?
La voz llega de tan lejos que cree haberla imaginado. Ahora mismo sólo puede ver oscuridad y brotes de color que intentan nacer de ella, como semillas que germinan demasiado deprisa y mueren aún más rápido. Las luces intermitentes le marean y le provocan náuseas, pero abrir los ojos es peor. Aún así hace un esfuerzo cuando la voz vuelve a insistir.
- ¿Gabriel?
- Vete- su voz suena demasiado ronca, crujiendo en le fondo de su garganta. No quiere que se acerque. No quiere hacerle daño porque ella ha sido demasiado amable, demasiado atenta y comprensiva como para exponerla al peligro de que la bestia quiera salir antes de tiempo a jugar. Pero su olor corporal esta demasiado cerca y de pronto es consciente de lo que esta pasando.
Lento
Pausado.
Y tan sigiloso que casi duda que realmente esté ahí, detrás de él. Pero lo sabe.
Porque vuelve a sentir que todo su cuerpo se tensa, como las últimas veces que han estado solos en la misma habitación. Y la última duda que pueda tener queda disuelta al oír el ruido sordo de las zapatillas al caer al suelo y el susurro de unos pies descalzos acercándose hasta que el calor de otro cuerpo le inunda por completo bajo las sabanas cuando un brazo rodea su espalda.
-No es justo –ella mira al techo, pero su vista resbala hasta detenerse en él y Gabriel nota un escalofrío al ver sus ojos tan cerca, tan verdes en la oscuridad. Y se estremece un poco cuando la oye susurrar-. No es justo. Ya tienes bastante con la luna llena, ¿por qué tienes que sufrir esto también?
Le acaricia la cara y Gabriel sonríe. No está acostumbrado a que le compadezcan, pero con ella es distinto. Ella no es como los demás, que dicen “pobre chico” y se olvidan de él. Ella protesta, se queja y acaba irrumpiendo en la biblioteca a media noche para buscar un remedio a esa maldición que le quiebra por dentro. Con ella, absurdamente, se siente a salvo.
- No quiero hacerte daño- Gabriel mide sus palabras como si al decirlas ella fuese a quebrarse como un cristal entre sus garras- Soy un monstruo
- No- su voz sonó tajante. No lo eres…Y yo jamás tendría miedo de ti.
Gabriel se ríe, pero lo hace en silencio, a escondidas, porque si no el dolor se multiplicaría y le mataría un poco más.Y tiene que morderse los labios hasta sentir la punzada de dolor y el habitual sabor metálico de la sangre para evitar que toda su dolor escape contra la persona que menos lo merece y sobre todo, para evitar que ella le vea llorar. Porque lo último que quiere en esos momentos es verla sufrir aún más por él.
- Te habrás quitado los zapatos.- comenta él en broma.
-Y los calcetines. Me quitaría también los pantalones y la camisa, pero sería demasiado para ti, incluso estando enfermo.
-Idiota.
-Capullo.
Se conceden una tregua que dura exactamente diez latidos de dos corazones.
- ¿Cuánto tardarás en ponerte bien?
Él se encoge de hombros y suelta un suspiro cansado. No sabe cómo ha acabado su mano sobre la cadera de ella, pero ahora no se le ocurre una excusa para retirarla.
-No lo sé. Una hora…, cinco…
-Espero que estés bien para la cena, porque tengo hambre.
Con una sonrisa Gabriel consigue lo que menos espera: quedarse dormido. Poco a poco el dolor remite y se adentra de puntillas en un sueño en el que dos lobos caminan juntos por un bosque oscuro. La noche es relajante y todo es calma y tranquilidad en el sueño. Y no hay luna en el cielo, sólo estrellas.

0 respuestas hasta el momento ↓
Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.