El enigma del gran juego humano: capitulo 4

Sarah pensó que jamás había mantenido una sonrisa tan falsa durante tanto tiempo.

No es que no le gustase que admirasen su trabajo, o que la felicitaran e invitasen a esas lujosas fiestas en las que el champagne y el caviar le terminaban saliendo por las orejas. Es que tenía cosas más importantes en mente, como una petite chipie de ojos verdes y piel morena, que parecía ponerse colorada cada vez que le hacía algún comentario subido de tono. Desde luego que podía llegar a ser adorable.

Sarah volvió a hacer como que prestaba atención a la conversación, por no decir monólogo, que uno de los bailarines estaba teniendo con otros miembros de la orquesta. Sutilmente, consultó su reloj. Debía darse prisa o no llegaría a tiempo a su “cita” con Isabel.

Se despidió con la elegancia que la caracterizaba y se encaminó hacia el coche, cargando con el violín en las manos enguantadas. A medida que se acercaba al Mercedes, comprobó que había alguien apoyado en el coche. Al principio se tensó. ¿Sería alguien de quién tuviese que tener cuidado? Inconscientemente, agarró con más fuerza el mango del maletín del violín, pero a medida que se fue acercando, sus manos se fueron relajando y una sonrisa se formó en su cara.

-          No dejas de sorprenderme.

Allí recostada sobre su coche, con su larga bufanda y sus ojos verdes mas brillantes que nunca, estaba Isabel.

-          Sólo tuve que buscar un Mercedes mal aparcado y volilà! Resultó ser el tuyo.

Sarah se sorprendió con la respuesta, pero no dejó que se le notase demasiado.

-          Deberías mejorar tu acento o acabaré por darte una patada en tu bonito culo- Sarah sonrió al ver el famoso sonrojo apareciendo en las mejillas de Isabel- ¿Se puede saber que haces aquí?

-          He resuelto el enigma- dijo muy orgullosa. Definitivamente, esa chica no paraba de sorprender a Sarah.

-          ¿Qué libro era?

-          El único libro con tantos personajes que nadie ha conseguido aprendérselo de memoria- dijo Isabel, sacando de su mochila un libro muy grueso y que Sarah tardó unos segundos en reconocer.

-          ¿La guía telefónica?- Sarah parpadeó un par de veces, intentando recordar exactamente lo que decía el papel del enigma y descubrió que, sorprendentemente, tenía razón – Hablemos dentro del coche, aquí fuera empieza a hacer frío.

Ya dentro, Sarah encendió la calefacción y puso sus manos enguantadas delante del calor que se desprendía de la rejilla de la calefacción.

-          Soy toda oídos- le dijo a Isabel.

-          Verás, estuve pensando durante mucho rato en el libro y me estaba volviendo loca, porque no le encontraba ningún sentido. Hasta que me acordé de la invitación para la representación en la que actuabas.- Sarah la miró sin comprender- En el reverso hay anotado a bolígrafo la siguiente frase: “Llámame cuando lo sepas”… ¿Y dónde buscas un número de teléfono?

-          En la guía de teléfonos- respondió Sarah como una autómata.

-          Si el libro no podía comprarse o sacar de ninguna biblioteca, para que todo el mundo pudiese tener un ejemplar, era necesario que los regalaran.

-          Bueno, pero de todas formas aún no sabemos que hacer con el libro. Como tú bien has dicho, tiene demasiados personajes.

-          Ahí es donde viene lo bueno, también he resuelto la otra parte del enigma.

-          Pero bueno ¿Qué has almorzado hoy?- Isabel sonrió.

-          Decía que “El padre, Héroe mitológico, se refugió con sus hijas en un nuevo lugar y sólo se puede acceder a ellos a través de un libro popular.” Vamos a ver, las tres hijas se refiere de nuevo a los tres números famosos.

-          9,2,2- dijo Sarah

-          Correcto. ¡Y ahora si acierta la pregunta le regalamos un perrito piloto!- bromeó Isabel- dígame señorita, ¿cómo se puede buscar el número de teléfono de una persona en una guía telefónica?

-          ¿Buscando su nombre?- preguntó Sarah cómo si fuera lo más evidente del mundo- ¡Pero no tenemos el nombre!

-          Incorrecto, tenemos el nombre del padre. Supongo que no lo sabes pero, el nombre completo de la alameda donde está la “casa de las sirenas” es “Alameda de Hércules”

-          ¡Un héroe mitológico!

-          Exacto- dijo Isabel abriendo la guía telefónica por una página ya marcada y señalándole un nombre marcado con rotulador – El único Hércules de la lista cuyo número de teléfono contiene los número 9,2,2  ¿Y sabes qué? Hay una dirección debajo.

Isabel miró a Sarah esperando algún tipo de respuesta.

-          Tiembla Einstein porque Isabel ha llegado- Isabel rió con la broma.

-          ¿Debo suponer qué eso es un cumplido?- le preguntó a Sarah con los ojos brillosos.

-          Te besaría ahora mismo.

Ese comentario pilló por sorpresa incluso a la propia Sarah, haciendo que las risas que habían compartido unos segundos atrás, quedaran congeladas.

Isabel estuvo a punto de decir algo, incluso de retarla, pero Sarah se le adelantó:

-          ¿Sabes dónde está esa dirección?

-          En el centro.

Isabel no volvió a abrir la boca, excepto para guiar a Sarah por las calles, intentando evitar las zonas cortadas por obras. Si Sarah no quería comentar nada del asunto, Isabel también podía hacer como que nada había pasado.

Al final, después de dar mil vueltas convencida de que podían llegar en coche, Sarah tuvo que admitir que era imposible moverse por la ciudad de otra forma que no fuese a pie. Quejándose iba de que deberían poner un metro en la ciudad, mientras Isabel le recordaba que la mitad de las obras eran debido a eso, cuando llegaron a la calle donde se encontraba la dirección.

-          Era el número 12 ¿No?- preguntó Isabel.

Fueron avanzando a lo largo de la calle, en busca del portal. Mientras, Isabel iba dándole vueltas al asunto con Sarah.

Sabía que sólo había sido un comentario, cómo muchos otros que le había hecho anteriormente. Ella sabía que la chica de ojos almendrados disfrutaba haciéndola sentir incómoda y pavoneándose delante de ella. Sin embargo hubiese jurado que aquel comentario casual, lo había hecho realmente sin pensar y que rápidamente se había arrepentido, pero ¿Por qué?…¿Por qué no le gustaba o porque se estaba exponiendo demasiado?…¡¿Pero qué estaba pensando?!

Isabel agitó la cabeza un par de veces para alejar los pensamientos. De nuevo se estaba dejando llevar por unos ojos y una boca bonita…La única relación que ambas tenían era este extraño juego. Ni siquiera eran amigas.

Pero sus cavilaciones se vieron rotas por la protagonista de sus pensamientos. De repente y sin mediar una palabra, Sarah tiró del abrigo de Isabel y la metió de golpe en un portal cercano. La espalda de Isabel quedó pegada a la puerta de la casa y la cara de Sarah a escasos centímetros de la suya.

Lo primero que Isabel pensó, fue que esta situación le sonaba demasiado familiar y cuando sintió el peso de Sarah sobre su cuerpo y su respiración cálida en su cuello, su corazón comenzó a latir desbocadamente. Intentó emitir algún sonido pero de nuevo, el aroma de Sarah la inundó por completo.

-          Disimula- le susurró peligrosamente cerca del oído a Isabel.

-          ¿Qué?- definitivamente, Isabel, no entendía nada.

-          ¿Ves el tío enorme que hay en el portal que está prácticamente enfrente de nosotras? – le dijo Sarah.

Isabel abrió los ojos y descubrió que en la acera de enfrente, no muy lejos de ellas, había un portal un poco más a la derecha. Era un portón oscuro, cuyo color no pudo distinguir porque ya había caído la noche. Lo que si pudo distinguir, era el azulejo con el número 12 pegado a un lado del portón. Frente a él, había un hombre altísimo al cual le habría venido como anillo al dedo el mote de “armario empotrado”. Parecía estar controlando quien pasaba por la puerta.

-          ¿Cómo hacemos para esquivar al portero?

-          No tengo ni idea- el aliento cálido de Sarah chocó en el cuello de Isabel, haciendo que le recorriera un escalofrío. De pronto Isabel vio algo.

-          Alguien se acerca- le susurró.

Una pareja llegó a la puerta y le enseñaron sus colgantes de jugadores al portero que miró con sospecha a ambos lados.

-          Está mirando hacía aquí- susurró como pudo Isabel. Como única respuesta Sarah pegó aún más su cuerpo, haciendo que Isabel quedara completamente aplastada contra la pared y sumergiéndolas a ambas entre las sombras.

-          ¿Quieres no ponerte nerviosa?- dijo Sarah con una risita que a Isabel se le asemejó mucho a la nota vibrante de un chelo- Se te va a salir el corazón del pecho.

-          No es fácil respirar cuando te tengo tan cerca- a Isabel le estaba costando horrores montar una frase coherente, con una de las piernas de Sarah, colada entre las suyas y su nariz sumergida en su cuello.

-          ¿Crees que ya se ha convencido de que nos estamos dando el lote?- comentó Sarah divertida.

Isabel levantó la vista y pudo comprobar como el portero había devuelto su atención a la pareja de la puerta.

-          Quieres respirar más flojo- le riñó Sarah-  no voy a enterarme de lo que dicen.

-          Le han dicho que quieren entrar

-          ¿Y que ha hecho el armario?

-          Les ha dicho un número.

-          ¿Cuál?

-          Shhh..- la cayó Isabel que intentaba oír la conversación a través del pelo de Sarah.

-          18…Les ha dicho el número 18 y ellos han contestado 9.

-          La mitad – apuntó Sarah.

-          ¡Les abre la puerta!

-          Así que la contraseña va de números…¡me encanta!- dijo Sarah paseando de nuevo su nariz por el cuello de Isabel.

-          ¡¿Quieres dejar de hacer eso?¡

-          ¿Te desconcentra?

-          Un poco- susurró nerviosa.

De pronto otra pareja compuesta por un chico y una chica, surgió de un lado de la calle y volvieron a repetir la misma operación que la anterior. Isabel creyó reconocer al chico rubio que acompañaba a Sarah la primera noche que la vio salir del teatro. Una vez que enseñaron sus colgantes el portero volvió a decirles un número:

-          8

-          4- respondieron ellos.

-          ¿Lo has oído?- le preguntó Sarah

-          Si, ha dicho 8 y ellos han respondido 4…Anda vamos- dijo despegando a Sarah un poco de su cuerpo con la intención de acercarse a la puerta.

-          Espera- a Isa le sonó más a una orden que a un ruego- Hay algo que no me cuadra…Es demasiado fácil.

-          No se, a lo mejor se han quedado sin ideas o han dejado de ser tan retorcidos con los jugadores. A demás, ya se nos han colado dos parejas ¿O quieres que nos adelanten?

Sarah se despegó de ella y agarrándola por la solapa del chaquetón, con un gesto que empezaba a ser más que habitual, la arrastró consigo hasta la puerta.

-          Buenas noches- dijo Sarah muy seria al portero, mientras le enseñaba el colgante. Miró después a Isabel que recibió un codazo de Sarah para que reaccionara y también enseñara su colgante. El hombre las miró con sospecha y finalmente dijo:

-          Cero.

Las chicas se miraron sorprendidas en ese instante. Para Isabel, cuya boca a veces hablaba antes de pensar, dijo la única cosa lógica que se le ocurrió en ese momento.

-          Cero.

Y la respuesta no se hizo esperar demasiado, ya que el portero las agarró a ambas con sus manazas y sin problema alguno las cargó como si de unas bolsas de patatas se tratasen. Antes de que pudiesen quejarse, el hombre había entrado por una puerta lateral a la principal y las echó en el suelo de un almacén, cubierto de escombros, muebles viejos y  polvo.

El golpe provocó que un quejido escapase de la boca de Isabel, que sintió el sabor metálico de la sangre en sus dientes. Levantó la cara, algo manchada de polvo y vio como el portero estaba esposando a Sarah de espaldas a una tubería que había a medio metro del suelo, haciendo que esta se pusiera de rodillas.

Isabel, intentó levantarse, pero el portero fue más rápido y la cogió haciéndole una llave con los brazos en la espalda, evitando que se moviese. A trompicones, la acercó a la tubería donde Sarah estaba esposada, mientras que Isabel se removía intentando escapar. La puso de rodillas en el suelo y en ese momento, Sarah le propinó una patada en el costado, haciendo que aquella mole de hombre se doblase de dolor unos segundos, pero se repuso al instante y le propinó un codazo en la cara a Sarah que escupió sangre en el proceso.

-          ¡Estaos quietecitas¡- bramó el hombre haciendo que su voz rebotase en las vacías paredes de aquella habitación.

Isabel estaba tan asustada que apenas se movió cuando el hombre rodeo sus muñecas con las esposas y la dejo atrapada entre el metal y la tubería, con las manos a su espalda.

-          Se la respuesta- gruñó Sarah desde el suelo, aún con un hilillo de sangre en la boca. – Déjame intentarlo de nuevo.

Su voz sonaba acolchada, probablemente, porque el dolor de su boca no la dejaba hablar e Isabel se sintió tremendamente culpable.

-          Lo siento, pero eso tenías que haberlo consultado antes con tu amiguita- Sarah apretó los dientes con furia- Os quiero calladitas no vaya a ser que tenga que volver a tener una charla con vosotras.

El hombre se encaminó hacia la puerta, pero a mitad de camino, se giró de nuevo hacia las chicas y se arrodilló, hasta estar a la altura de la cara de Sarah.

-          Aunque claro, aún no estáis eliminadas. Tomaros esto como que habéis caído en la casilla de la cárcel. Estaré encantado de daros una nueva oportunidad… Siempre que consigáis salir de aquí.

Sarah se aguantó las ganas de escupirle en la cara, para no provocar más problemas. El hombre salió de allí y sus risas fueron amortizadas por el material metalizado de la puerta.

-          ¡Joder!- gritó Sarah. Isabel se sorprendió de oírla por primera vez, decir un taco en español.- ¿Es que tenías que abrir tu enorme bocaza de nuevo?- le gritó a Isabel terriblemente enfadada. Sus ojos lanzaban maldiciones.

-          ¡¿Qué?!- Isabel estaba ofendida- ¿No intentarás echarme la culpa de esto?

-          ¡Diste una respuesta equivocada!

-          ¡¿Cómo que equivocada?¡ Disculpe señorita matemática pero me permito recordarle que la mitad de cero…¡Es cero!- gritó Isabel tirando de sus manos esposadas a su espalda para encararse con Sarah que estaba a su derecha.

-          ¡Pero es que esa no es la respuesta!¡La contraseña no es la mitad del número!- dijo girando bruscamente todo su cuerpo hacia Isabel para encararse lo máximo posible con ella

-          ¡¿Y cómo quieres que lo sepa si no me lo dices?!- A la distancia a la que estaban podía ver como la pupila de Sarah se dilataba unos instantes por la furia.

-          ¡Porque no me diste tiempo!- explotó cerca de la cara de Isabel- ¡Parecías más preocupada en alejarte de mi!

Ambas quedaron en silencio, compartiendo el aire con aroma metalizado que salía de sus bocas. Volvían a estar en una de esas situaciones en las que un pequeño paso les llevaría a cruzar una línea imaginaria que ellas mismas habían trazado.

Pero Sarah volvió a estropear el momento, cerrando los ojos y rompiendo el contacto visual. Giró la cara hacia el lado contrario y respiró pesadamente.

-          La maldita contraseña no es la mitad del número. Me di cuenta segundos después de que la bestia esa, nos dijera nuestro número. Lo siento, no me dio tiempo a detenerte. Tienes razón…No fue culpa tuya.

Isabel la miró contrariada. Desde luego que no entendía los cambios de humor de la francesa.

-          ¿Y cuál es la clave?- le preguntó Isabel. Lo último que quería ahora era que Sarah se quedase callada. Aunque no quisiera admitirlo tenía algo de miedo.

-          Es el número de letras que tiene el número que dice el armario-portero.

Isabel empezó a recordar lo que había oído esa noche.

-          A la primera pareja le dijo 18, que tiene…

-          Nueve letras- Isabel se pateó mentalmente por no haberse dado cuenta antes- Parece que es la mitad, pero sólo es para despistar.

-          Por lo que la respuesta a “cero” es… Cuatro- dijo amargamente Isabel.

Sarah se removió inquieta. Las esposas empezaban a hacerle daño en las muñecas.

-          Bueno, aún tenemos una oportunidad de entrar – dijo Isabel intentando sonar positiva.

-          Si pero en caso de que el bestia ese decida cumplir su palabra, todavía tenemos el problema más gordo: ¿Cómo vamos a salir de aquí? Porque si no, no se siquiera si nos soltarán.

Isabel la miró asustada.

-          ¿No eras tú la que decía que este juego no era peligroso?

Sarah estuvo a punto de contestarle algo, pero al mirar a Isabel, vio que ésta intentaba aguantar las lágrimas inútilmente. En esos momentos, se sintió realmente culpable y olvidándose del dolor de su labio y la frustración, decidió que lo más importante era sacar a Isabel de allí, ya que en el fondo sabía que ella, no tenía la culpa de nada.

Miró el perfil de la cara de Isabel. Algunas lágrimas rebeldes empezaron a correr por su cara y dos de ellas, alcanzaron su barbilla.

Si Sarah no hubiese tenido las manos esposadas a la maldita tubería, habría secado esas lágrimas con su mano y apartado los flequillos manchados de polvo detrás de sus pequeñas orejas para que no le tapasen la cara… De pronto, Sarah miró detenidamente las orejas de Isabel y tuvo una idea.

-          Quítame los pendientes.

-          ¿Qué?- Isabel pareció reaccionar con la pregunta.

-          ¡Que me quites los pendientes, rápido!

-          Pero…- Isabel sorbió por la nariz un poco enrojecida por el llanto, sin comprender muy bien a que venía aquello- ¿Para qué?

-          El doblez que se mete por la oreja es muy largo y si conseguimos estirarlo, puedo usarlo como ganzúa para abrir las esposas. Pero necesito tu ayuda.

-          ¿Y cómo quieres que los coja? Te recuerdo que también estoy esposada- dijo con fastidio dando golpecitos con las esposas en la tubería para remarcar lo evidente.

-          Con la boca.

-          ¡¿Qué?!

-          Que uses la boca, los dientes, la lengua o el enanito que tienes en los campanilla, pero hazlo ¡ya!- le dijo Sarah acercando su oreja izquierda.

Isabel se paralizó unos instantes y Sarah  empezaba a impacientarse en esa posición, pero de pronto, sintió la nariz de Isabel abriéndose camino entre su cabello, para apartarlo de su oreja. Al hacerlo, el sonido de la respiración de Isabel resonó en el oído de Sarah que se estremeció al notar la pequeña nariz perfilando el contorno de su oreja, intentado apartar los cabellos de allí.

Sarah se percató de que lo había conseguido cuando un aliento cálido rodeó el lóbulo de su oreja y acto seguido, unos dientes peleaban con pequeños mordisquitos por sacar el pendiente de su sitio.

Sarah tuvo que convencerse mentalmente de que no debía disfrutar de aquello, que no era más que una serie de movimientos necesarios para sacar el pendiente de su sitio. Sin embargo, tuvo que morderse el labio cuando Isabel decidió usar la lengua para hacer palanca por detrás de su oreja, para no dejar escapar un gemido. Al final soltó una especie de bufido de frustración.

-          ¿Te he hecho daño?- preguntó Isabel preocupada

-          No, date prisa- Sarah tuvo que controlarse mentalmente para no decir “sigue” en vez de lo que había dicho.

Al final, Isabel consiguió estirar parte del alambre que colgaba y encajándolo entre sus dientes, consiguió sacarlo colgando de sus labios.

-          Perfecto- Sara se acercó a ella con la intención de agarrar el otro extremo con la boca y así estirarlo. Pero como no le dijo nada a Isabel, ésta se asustó soltando el pendiente en el proceso.

Las dos miraron asustadas como el pendiente caía y acababa  donde menos hubiese deseado Isabel.

En el escote de Sarah.

Isabel esperó a que Sarah dijese algún taco o le riñese, pero en vez de eso, levanto la mirada y simplemente le preguntó:

-          ¿A qué esperas?

La mirada de Isabel fue más que evidente.

-          No seas tonta…- le dijo Sarah quitándole importancia- Si en verdad sabes que lo estas deseando- añadió en broma.

-          Eres una…

Pero Sarah nunca llegó a saber lo que era, porque Isabel no terminó la fase. Antes de que pudiese arrepentirse, se inclinó hacia el escote de Sarah. Respiró fuerte sobre la piel expuesta de la chica, intentando centrarse en que cuanto antes lo hiciese, antes acabaría toda esta situación tan vergonzosa.

El pendiente se había escurrido en el hueco que se formaba entre las curvas de sus pechos. Isabel trago fuerte. Una cosa era que le gustase mirar los descarados escotes de Sarah y otra muy distinta era meterse en ellos.

Notó que Sarah se removía inquieta, bajo su respiración y decidió que ya estaba bien de tonterías. Se inclinó del todo hasta que sus labios rozaron la piel completamente nacarada.

A Sarah la respiración cálida de Isabel que se colaba por su ropa interior, la estaba trastornando por completo y le rezó a todos los dioses conocidos y algún que otro inventado, para que aquello acabase antes de que perdiera la cordura por completo.

Finalmente, la presión de la barbilla de Isabel al separar los labios y la sensación de la textura de los mismos, le indicó que había cogido el dichoso pendiente y que su dulce tortura estaba a punto de acabar.

Isabel levantó la cara completamente enrojecida, pero se sorprendió al ver a Sarah, con los ojos cerrados, las mejillas sonrosadas y los labios fuertemente apretados.

-          Mhyaf- dijo como pudo con el pendiente en la boca.

Sarah abrió los ojos y la miró con expresión seria. De acuerdo, lo mejor sería acabar cuanto antes con esto.

-          Escúchame atentamente- le dijo a Isabel- Ahora voy a coger un extremo del pendiente…con la boca- añadió no sin dificultad- Agarra tu el otro y ¡por favor! No lo dejes caer otra vez. Vamos a intentar estirarlo.

Isabel asintió con la cabeza y cuando Sarah se acercó a ella, no pudo evitar cerrar los ojos como si fuera a besarla.

Los labios de ambas se rozaron sutilmente en el proceso, dejándose un ligero sabor a sangre entre ambos.

Finalmente, Sarah encajó uno de los extremos del pendiente entra sus dientes y tiró con suavidad hacía atrás, estirándolo lo máximo posible y recorriendo la estructura en toda su longitud con los labios.

Finalmente, se separó del pendiente que la unía imaginariamente con Isabel.

-          Ahora, agáchate hasta mis manos como puedas y ponme el pendiente entre los dedos- le explicó a Isabel

Parecía más fácil de lo que realmente era, porque la posición en las que ambas se encontraban, hacían complicada la torsión del cuerpo. Isabel se retorció como pudo para llegar con su boca hasta las manos de Sarah, que se movían ansiosas, esperando el contacto con el pendiente.

Una vez que tuvo el alambre del pendiente entre sus dedos, el movimiento de muñeca resultó ser más complicado de lo que esperaba. Tuvo que retorcer las manos hacia atrás para alcanzar el cerrojo de las esposas.

-          No se si debo preguntar porque una violinista forrada, sabe abrir esposas con un pendiente.

-          Te sorprendería saber que no siempre fui una violinista forrada.

Isabel no preguntó nada más, mientras Sarah emitía leve gruñidos intentando encontrar el punto clave de la cerradura. Un chasquido metálico y un suspiro de alivio le indicaron a Isabel que las esposas se habían abierto.

-          Parece que después de todo, no he perdido el toque.

Sarah se quitó las esposas y se masajeó las muñecas… Desde luego que tenía unas ganas horribles de partirle la cara a ese mastodonte que había en la puerta como guarda.

Liberó las muñecas de Isabel con un nuevo toque de pendiente y la ayudó a ponerse en pie.

-          Menos mal, las piernas se me estaban quedando dormidas de estar de rodillas- Isabel miró a su alrededor intentando evitar la mirada de Sarah- ¿Y ahora cómo salimos?

Una rápida ojeada bastó para que una sonrisa se colara en la boca de Sarah.

-          Ya se en qué voy a volcar mi frustración.

Desde el exterior del edificio, empezaron a oírse una serie de golpes y de pronto el cristal de la ventana que daba a la calle, empezó a agrietarse y segundos más tarde una silla salía volando a través de la ventana, destrozándola en mil pedazos.

-          Que a gusto me he quedado- dijo Sarah con los brazos en jarra.

Salieron a través de la ventana, quitando los trozos que faltaban con los zapatos. Tuvieron suerte y nadie pasaba por allí en el momento del estropicio, así que salieron corriendo, antes de que algún vecino curioso se acercase a mirar.

Giraron la esquina y estuvieron de nuevo en la calle de la puerta numero 12.

Sarah avanzó de forma decidida hasta la puerta, con Isabel pisándole los talones. Cuando llegaron a la altura del guarda, las miró unos segundos sin percatarse, pero de pronto, abrió los ojos desmesuradamente al reconocerlas.

Miró alternativamente hacia la esquina y hacia ellas, sin atinar a decir nada coherente.

-          Pero…¿Cómo?…¿Cómo habéis…?

Sarah sacó las esposas de uno de sus bolsillos y se las tiró al portero a los pies.

-          Si te lo digo, el truco de magia perdería su encanto y ahora… Nuestra contraseña- dijo utilizando un tono más duro.

Isabel creyó durante unos instantes que el hombre las echaría de nuevo a patadas, al ver como se tensaba. Pero se equivocó.

-          Seis- dijo entre dientes. Isabel procuró no abrir la boca en esta ocasión, a pesar de que conocía la respuesta.

-          Cuatro- contestó Sarah.

El hombre se hizo a un lado y dejando entrever la puerta de madera oscurecida que había tras él.

Con una mano, empujó la puerta y esta se abrió con un ligero chirrido. Cuando estaban a punto de pasar, el hombre las detuvo.

-          Pero dejadme que os diga, que llegáis tarde. Sólo queda una sala y ya está ocupada. En otra situación, os habrían echado directamente…Pero cómo habéis demostrado tener ganas de jugar- dijo señalando las esposas del suelo- se os ha concedido una nueva oportunidad.

-          ¿Qué hay que hacer?

-          Ser más rápidas que el otro equipo. Pasillo de la derecha.

Cuando aquella mole humana se apartó de su campo de visión, las chicas pudieron observar que la entrada se dividía en dos pasillos.

Con algo de recelo, se adentraron en el de la derecha y tras eso, la puerta se cerró a sus espaldas. Quedaron sumergidas en una semipenumbra nada acogedora. La única opción que les quedaba era avanzar, así que a tientas, empezaron a moverse por el pasillo.

-          Sarah- dijo Isabel en un susurro

-          ¿Qué?

-          Cuéntame algo.

-          ¿Para qué?

-          Es que…

-          ¿Te da miedo la oscuridad?- preguntó divertida.

-          ¡No te rías!…¿Cómo quieres que me sienta después de lo que ha pasado?

-          ¿Y que ha pasado?- preguntó Sarah temerosa. Por un momento pensó que podía referirse al numerito con el pendiente.

Como única respuesta, Isabel le dio un suave pellizco en el brazo.

-          ¡¿Qué haces?!

-          Preguntas idiotas obtienen respuestas idiotas.

-          Esta bien, esta bien…Pero deja de estrujarme el brazo, que me vas a cortar la circulación.

-          Pues cuéntame algo…

-          ¿El qué?

-          Por ejemplo…¿Dónde aprendiste a abrir cerraduras con pendientes?

-          Y no sólo con pendientes. También con orquillas, varillas… Soy capaz de montarte una bomba nuclear con un chicle y una caja de zapatos.- bromeó- Puedo mandar a Mc Gyver al paro en un santiamén- dijo chasqueando los dedos.

-          Si bueno, ya…  Pero no creo que eso te lo enseñaran en el conservatorio de música. Más bien parece la clase de cosas que se aprenden en un reformatorio…

-          ¿Pero quién te has creído que soy?- comentó ofendida- ¡Eso me lo enseño mi amigo Takeshi cuando era pequeña!

-          Creí que habías dicho que naciste y te criaste en Francia.

Sarah estuvo a punto de contestarle, pero unas voces cercanas, se escucharon en el pasillo.

-          Debe ser ahí.

Inconscientemente ambas se agarraron de las manos y siguieron avanzando. Instantes después, se encontraron con una puerta entornada y unas voces que discutían en el interior.

-          ¡Te digo que no!- decía una voz femenina- sabes que sólo podemos abrir la puerta una vez.

-          Pero no pasa nada, yo puedo aguantarla mientras tú echas un vistazo.- respondió una voz masculina que también tenía un marcado acento francés.

-          ¿Y si se cierra? ¡Capaz eres de dejarme aquí y marcharte con la caja!

-          Sabes que no haré eso.

-          Sólo porque me necesitas.

Hubo un pequeño silencio y la conversación se retomó de nuevo.

-          Tenemos que darnos prisa- dijo él-  ¿Qué interruptor crees que es?

-          No lo se, pero tenemos que decidirlo pronto.

Isabel notó que la chica estaba nerviosa. Buscó la mirada de Sarah y decidieron que era el momento de entrar.

Al hacerlo, la pareja que discutía dentro, se giró asustada. A Isabel le sonaban los dos. Sabía que la chica la había visto el día del teatro y por otro lado, el chico era el mismo violinista alto y rubio que acompañaba a Sarah el primer día. Además, en la forma en la que miró a Sarah y prácticamente escupió su nombre, le dejó muy claro a Isabel que no se llevaban especialmente bien.

-          Sarah….¡¿Qué haces aquí?! ¡Lárgate! Esta es mi prueba.

Definitivamente, el acento francés del rubio era mucho más marcado y se ahogaba en sus propias erres.

-          Ahora ya no Bernard.

-          Pues vas lista si crees que te voy a dejarte acercarte a la puerta.

A Isabel le llamaron la atención dos cosas: que hablase en singular, con lo cual dedujo que prácticamente ignoraba la presencia de la chica que le acompañaba y que probablemente ésta, tuviera razón y si seguía con ella era porque la necesitaba. Y segundo, el hecho que protegiera con tanto recelo la puerta.¿Qué había tras ella?

Paseó la mirada por la habitación y descubrió en una pared lejana cuatro interruptores en fila. Cada uno de ellos tenía sobre sí, una pequeña caja de madera, como las que ya habían aparecido en el juego anteriormente.

Isabel intentó encontrar la relación que existía entre aquellos interruptores y la puerta.

¿Servirían para abrir la puerta? No, aquello no tenía sentido. Si no ya los habrían probado y abierto la puerta…Además, les había oído comentar que la puerta sólo se podía abrir una vez, con lo que los interruptores, estaban relacionado con lo que había detrás de la puerta…Y entonces, ¿para qué servían?

La respuesta lógica vino a su mente, pero aquello era absurdo…¿O no?

-          Hay una bombilla detrás de la puerta- dijo

-          ¿Cómo lo sabes?- le preguntó la chica.

-          Esos interruptores que están ahí tienen que accionar algo, puesto que no es la puerta, debe ser una bombilla que no se ve al otro lado y por la forma en la que están colocados…

-          El enigma reside en saber que interruptor enciende la bombilla- terminó Sarah siguiendo la sucesión lógica de ideas- Pero eso ya lo sabíais vosotros ¿no?- preguntó con un tono desagradable a Bernard.

-          Oui, y estábamos a punto de resolver el misterio así que si nos permitís…- dijo haciendo un gesto con la mano.

-          No es tan fácil- dijo de pronto la chica, que parecía mas dispuesta a colaborar con la transferencia de información- La puerta se abre una sola vez, lo justo para una comprobación y después se cierra automáticamente.

Isabel pudo comprobar claramente en el tono de voz de la chica que tenía miedo de que Bernard la dejase allí tirada.

-          Una vez que se sepa cual es el interruptor, se sabrá cual es la caja que contiene el mensaje correcto- dijo Isabel en voz alta.

-          Esta bien, yo propongo lo siguiente- dijo Sarah- Hagamos esto juntos, de manera que uno entre a hacer la comprobación y los demás nos encargamos de mantener la puerta abierta. Así nadie corre peligro.

-          ¿Y después?- preguntó Bernard- ¿Qué hacemos con la caja?

-          Eso ya se verá.

-          No pienso hacer nada contigo Sarah- dijo Bernard.

-          Muy bien como tu quieras, pero podemos quedarnos cruzados de brazos y dejar que otros ganen o apurarnos y resolver este enigma.

-          ¿Y cómo piensas resolverlo?

-          Ya lo he hecho.

La compañera de Bernard la miró sorprendida. Ella no estaba acostumbrada como Isabel a las chulerías de Sarah.

-          Es un farol- dijo Bernard

-          No mon ami- dijo con un tono bastante irónico Sarah- Y para que veas que no es así, voy a explicaros a ambos como vamos a resolverlo- dijo destacando el plural y mirando de soslayo a Isabel.

-          Esta bien- habló la chica- Yo estoy dispuesta a escucharla.

Bernard simplemente murmuró algo en francés que hizo sonreir a Sarah y se dio por vencido.

-          Bien, esto es una variante del juego de los tres interruptores y las tres bombillas- explicó Sarah- Para este caso, deducimos que se trata de una sola bombilla, puesto que hay que elegir sólo uno de los interruptores, que es el que la enciende. Para poder adivinar cual de todos es mirando la bombilla que se esconde tras la puerta una sola vez, tenemos que hacer lo siguiente: Primero, se encienden el primer interruptor y el segundo. Al cabo de un rato, se apaga el primero y se enciende el tercero. Después de eso ya podemos entrar en la habitación.

-          ¿Y cómo sabremos cuál es el interruptor?

-          Si la bombilla está apagada y caliente, es el primer interruptor. Si está encendida y caliente el segundo. Si está encendida y fría el tercero y por último apagada y fría, el cuarto interruptor.

Todos los presentes en la habitación analizaron la información durante unos instantes y todos coincidieron  en que era lo correcto.

-          ¿Qué me decís?- les preguntó Sarah a Bernard y a la chica- ¿Hay trato?

-          Esta bien- cedió Bernard- ¿Pero quién entrará en la habitación a comprobar la bombilla?

Los cuatro se miraron entre sí con recelo, hasta que Isabel habló.

-          Lo haré yo- Sarah la miró preocupada

-          No me parece una buena idea. Debería entrar yo.

-          No- dijo acercándose a Sarah y agarrándola de la mano. Con una mirada muy significativa añadió- deja que sea yo.

Sarah no entendía muy bien los motivos de Isabel, pero sabía que si se lo estaba pidiendo, era por algo.

-          De acuerdo- dijo Bernard encantado- Empecemos a pulsar interruptores.

Hicieron la serie tal y como Sarah lo había indicado, dejando encendidos los dos primeros interruptores unos cinco minutos, en los que un silencio absoluto reinó en la sala.

Después, se prepararon de manera que en cuanto la puerta se abriese, Isabel entraría rápidamente y tocaría la bombilla antes de que se cerrase la puerta, mientras los tres restantes sostenían la puerta.

Resultó tratarse de una puerta corredera, de metal muy pesado y que tenía un pomo del mismo material en uno de los extremos.

-          ¿Preparados?- preguntó Sarah.

Todos asintieron con la cabeza. Isabel se preparó para salir corriendo en cuanto la puerta se abriese. Realmente no sabían de cuanto tiempo disponían y no estaba dispuesta a perder un solo minuto.

Los otros tres se prepararon al lado de la puerta para agarrarla en cuanto se abriese.

Fue la propia Isabel la que giró el pomo, que hizo que la puerta comenzara a deslizarse sola, produciendo un chirrido muy fuerte.

En cuanto hubo espacio suficiente para que pasara su cuerpo, Isabel se coló en la habitación y se encontró con la primera sorpresa.

El techo estaba muy alto.

Y en consecuencia, la bombilla que colgaba de él también.

Angustiada, buscó algo dentro de aquella habitación que pudiese servirle de ayuda. Vio un montón de cajas de madera, parecidas a las de los cajones de fruta, pero más grandes y altas. Sólo necesitaba un par de ellas y llegaría a la bombilla.

Corrió hacia la esquina de la habitación donde estaban apiladas las cajas y buscó con premura las más altas.

En ese mismo instante, se escuchó una queja de Bernard.

-          ¡Joder!

La puerta había empezado a cerrarse y entre los tres, hicieron todo el peso posible para mantenerla abierta. La puerta chirriaba con fuerza, luchando contra el obstáculo.

-          ¡Date prisa!- le gritó Sarah- La puerta se está cerrando y no se cuanto podremos aguantarla.

A Isabel le temblaban las manos mientras buscaba una caja que no estuviese demasiado rota, porque si no, se rompería la crisma al intentar subirse en ellas.

-          ¿Cómo está la bombilla?- le gritó Bernard desde la puerta.

-          Apagada- le gritó en respuesta, al mismo tiempo que colocaba las dos mejores cajas que había encontrado en el montón. Las apiló y comenzó a trepar por ellas como pudo.

A Sarah le dolía el hombro de luchar contra el motor de la puerta y las piernas le temblaban cada vez más.

-          ¡Date prisa!- le gritó a Isabel una vez más.

-          Ya casi llego- Isabel se incorporó a medias sobre la segunda caja, para no perder el equilibrio. La bombilla aún colgaba algunos centímetros por encima de su cabeza- Sólo un poco más…

Isabel estiró el brazo todo lo que pudo, agarrándose con fervor a la pila poco estable de cajas. Las yemas de sus dedos, prácticamente rozaban la bombilla, pero no llegaba del todo.

-          ¡Isabel!- le gritó Sarah completamente angustiada, sus fuerzas estaban llegando al límite.

Esa fue la señal, para que Isabel se decidiera del todo y se incorporase un poco más, alcanzando finalmente la bombilla con la yema de los dedos.

Lo que no pudo controlar, fue el gesto involuntario de su brazo al apartar la mano al quemarse con la bombilla, provocando que perdiera el equilibrio y cayese al suelo con las cajas tras de si.

-          ¡Es el primer interruptor!- gritó Bernard al verla quemarse con la bombilla apagada.

Acto seguido, soltó la puerta y corrió hacia la caja del primer interruptor y una vez que la tuvo entre sus manos, salió corriendo por el mismo oscuro pasillo

-          ¡Hijo de puta!- gritó la chica que iba de pareja con él, que soltó la puerta con la intención de correr tras él.

-          ¡Espera!- le gritó Sarah- No nos dejes, yo no podré aguantarla sola.

Al decir eso, las piernas de Sarah se vinieron abajo, haciéndola caer al suelo con lo que la puerta avanzó mucho. La chica miró hacia el pasillo unos instantes, pero al final, corrió hacia la puerta e hizo palanca con su hombro apoyando los pies en la pared. Sarah se levantó al instante y con un gruñido de cansancio empujó con todas sus fuerzas la maldita puerta.

Al mismo tiempo, Isabel se levantaba dolorida del suelo y alertada por un nuevo grito de Sarah, corrió todo lo que sus piernas le permitieron, saliendo por los pelos por el escaso hueco que quedaba ya entre la puerta y la pared, que se selló con un sonoro ruido metálico.

Isabel, desde el suelo y con la respiración agitada vio como Sarah caía de rodillas a su lado, completamente agotada. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, las dos se abrazaron al mismo tiempo, reconfortándose con el calor del cuerpo de la otra.

-          Estas bien, estas bien…- susurraba Sarah con la boca enterrada en el pelo y el cuello de Isabel.

Se separaron bruscamente al escuchar un ruido de pisadas.

Era la chica que había salido corriendo por el pasillo, en la misma dirección que Bernard.

-          ¡Mierda!¡Se escapan!- gritó Sarah medio incorporándose.

Pero volvió a caerse de culo cuando Isabel tiró de su chaqueta hacia abajo.

-          ¿Qué haces? ¡Se llevan la caja!- gritó enfadada Sarah. Y su enfado aumentó al ver la sonrisa de oreja a oreja que tenía Isabel en su cara- ¿De qué te ríes?

-          De que soy mejor actriz de lo que pensaba

Sarah la miró sin comprender aún el motivo de su repentina felicidad.

-          La bombilla esta apagada…Pero fría. Les hice creer que quemaba para que Bernard cogiese la caja que no era.

Una sensación muy agradable se coló en el pecho de Sarah. Por un lado era la tranquilidad de saber que aún no habían perdido y por otro lado, el orgullo que sentía al tener una compañera tan lista. Le dedicó a Isabel una mirada tan profunda, que podría haber fundido el acero.

-          Eres increíble.

El camino de regreso estaba lleno de magulladuras, heridas y piernas que aún temblaban, pero Sarah se sentía más segura llevando la caja en su poder y a Isabel de una sola pieza.

Llegaron en coche hasta el hotel de Sarah, sin que ninguna de las dos dijera nada. Parecía que ambas estaban de acuerdo en que necesitaban un momento de tranquilidad antes de volver a sus respectivas vidas.

Como una sensación de dejá vu, Isabel volvió a tirarse en la enorme cama de Sarah, que en esta ocasión no dijo nada pero al igual que la vez anterior, desapareció en dirección al baño.

Isabel se dejó arropar entre la agradable calidez de las sábanas y el olor que tan familiar se le había hecho ya. Aspiró fuertemente el aroma y en menos de cinco minutos se había quedado dormida.

Soñó muchas cosas: soñó que Sarah tocaba el violín en un auditorio desierto, donde ella era la única espectadora  y las notas del violín vibraban en el techo del auditorio haciendo caer hojas como en otoño. También soñó que estaban de nuevo en el parque Maria Luisa, en el monumento a Bécquer y que Sarah le decía que había ido allí a curar las heridas del ángel caído. Y luego soñó que la besaba mientras una dulce melodía sonaba de fondo.

Y se despertó.

Se frotó los ojos perezosamente y miró el reloj de la mesita de noche.

Las 22,30.

¡Era tardísimo! Debía haberse quedado dormida unos diez minutos porque Sarah aún continuaba en el cuarto de baño.

De pronto, escuchó la misma melodía que había escuchado en su sueño. Descubrió que era Sarah cantando y que el sonido se colaba a través de la puerta entreabierta del baño, por donde se escapaba el vapor de la ducha.

Se puso en pie, algo mareada y se acercó sigilosa a la puerta del baño. Se asomó un poco a través de la abertura de la puerta y sonrió con lo que vio.

Sarah estaba con su albornoz y su pelo chorreando como la vez anterior, pero en esta ocasión estaba frente al enorme espejo del baño.

Con ayuda del vapor pegado en el espejo y un dedo, había trazado un pentagrama sobre la superficie e intentaba escribir la melodía que estaba tarareando.

Isabel la vio equivocarse un par de veces y rectificar pasando su mano con energía sobre la superficie del espejo, hasta borrar el vapor de agua pegado en él.

Isabel sacó la cabeza de allí antes de que la viera y haciendo como si acabase de llegar a la puerta, golpeó en la madera con los nudillos.

-          ¿Sí?- sonó la voz de Sarah desde dentro del baño.

-          Yo ya me voy- dijo Isabel- se me ha hecho tardísimo

-          ¿Ya?- Sarah asomó la cabeza y su pelo chorreante dejó unas cuantas gotas en la moqueta de la habitación- Espera, aún no puedes irte.

Anduvo por la habitación hasta que dio con la chaqueta que había tirado en el sofá. De ella sacó la caja de madera.

-          Tenemos que abrirla juntas.

Impacientes, como si estuviesen a punto de abrir los regalos de navidad, ambas se sentaron en la enorme cama, riendo nerviosamente y haciendo que esta temblara ligeramente al sentir el peso de las dos chicas.

Colocaron la caja entre las dos y tras unos segundos de expectación, Sarah abrió la tapa. El contenido era parcialmente predecible: una pequeña bolsita con sus premios en forma triangular y a su lado un papel perfectamente doblado.

Sarah se tomó la libertad de coger el colgante de Isabel y ella misma colocó la pieza triangular en su lugar. Admiró la pieza durante unos instantes, mientras acariciaba la superficie del colgante.

-          Ya sólo nos queda un hueco a cada una.

-          Esto se acaba- la animó Sarah.

-          Y lo acabaremos juntas- dijo Isabel cogiendo el colgante que pendía del cuello de Sarah y colocando la pieza triangular en su respectivo lugar.

Volvió a instalarse un silencio entre ellas, pero en esta ocasión no fue tan incomodo como en las otras. Estaban increíblemente cansadas, pero sin embargo una extraña sensación de comodidad se había instalado al estar compartiendo ese pequeño espacio de aire que las separaba.

-          ¿No piensas abrirlo?- le preguntó Isabel indicando el papel dentro de la caja.

Sarah pareció despertar de su extraño letargo y dirigió su mirada al papel doblado. Con lentitud y casi con desgana, desdobló en el pequeño papel y en él leyó una frase que jamás pensó, que después de tantos años en el mundo de la música, llegaría a descolocarla tanto:

-          “La habrás oído tocar…Piensa, medita, recuerda, ¿qué instrumento musical no tiene más que una cuerda?”

Sarah giró el papel buscando algo más por la otra cara, pero estaba tan blanca como su mente en esos instantes.

-          ¿Un instrumento de una sola cuerda? ¿Qué clase de…?¡auch!

Sarah se llevó la mano al labio dolorido. Se había excedido al intentar abrir la boca más de la cuenta y le había dolido demasiado. Una pequeña hinchazón podía apreciarse en su labio inferior.

-          Espera- le dijo Isabel- te traeré algo de hielo.

Se levantó y rebuscó en el minibar. En la parte de arriba, había un pequeño congelador con una cubitera. Sacó un par de cubitos dentro de una servilleta de tela y se lo puso a Sarah sobre el labio hinchado.

-          Más vale que se me baje pronto, porque mañana toco otra vez y no hay nada con menos clase, que una violinista que no puede tocar porque el bulto de su cara le tapa las cuerdas.

Isabel rió aguantando el paño sobre el labio de Sarah, presionando sutilmente sobre la hinchazón. Sarah intentó reír de su propio chiste, pero el labio le dolía realmente.

-          Y tú ¿Cómo estás?- le preguntó Sarah, apartando el cabello que se interponía en la cara de Isabel  y colocándolo tras su pequeña oreja, como quiso hacer la otra vez. Su pulgar acarició suavemente la mejilla de la chica, prolongando el contacto más de lo que ese simple movimiento requería.

-          Bien- comentó Isabel en un susurro- prácticamente no me duele.

-          No mientas- la riñó- si estás como yo, deben dolerte hasta las pestañas.

-          Bueno, un poco cansada si que estoy- la mano de Sarah aún seguía en la mejilla de Isabel.

Sarah la miró con tanta intensidad, que Isabel pensó que estaba a punto hacer algo de un momento a otro.

-          Quédate.

Fue lo único que Sarah dijo, pero la tensión del momento se cortó de repente.

-          ¿Qué me quede?- preguntó Isabel sin entender.

-          Si, aquí. Esta noche. Estas muy cansada y la cama no la puedes tener más cerca y yo estoy agotada para conducir ahora.

-          Pero…A mi madre puede darle un ataque si no aparezco- balbuceó Isabel.

-          Pues llámala- dijo Sarah acercándole el teléfono de la mesita de noche.

-          ¿Y qué le digo?…¡Hola mamá! Nada, te llamaba porque después de la paliza que me han dado esta tarde y de jugarme la vida, estoy demasiado cansada para volver a casa y me quedo a dormir en el lujoso hotel de mi supuesta compañera de intercambio. Buenas noches.- Sarah la miraba con su famosa ceja levantada.

-          Que poca gracia tienes cuando quieres…. ¡Pues claro que no! ¿Dónde se supone que has estado esta tarde?

-          Contigo y con más gente preparando un trabajo en casa de alguien.

-          Pues ya está. Llámala y dile que se os ha hecho muy tarde preparando el trabajo y que la chica os ha ofrecido quedaros a dormir en su casa.

Isabel no estaba muy convencida, pero no tenía ninguna gana de cruzar toda la ciudad para volver a su casa, pudiendo quedarse allí con Sarah.

Descolgó el auricular y marcó el número de su casa. Esperó nerviosa los tonos a que alguien descolgase.

La voz de su madre sonó al otro lado de la línea e Isabel tuvo que tragar fuerte antes de empezar a hablar.

-          Mamá, soy yo- dijo lo más jovialmente que pudo. Isabel tuvo que retirarse el auricular del oído cuando su madre la reprendió por llamar tan tarde y no haberse presentado allí todavía- Perdona, pero estábamos muy liadas con el trabajo y no me he dado cuenta de la hora…Si, lo se, lo se…- Isabel afirmaba con la cabeza como si tuviese a su madre delante- Verás mamá, es que como se ha hecho muy tarde, Paula que es la chica en casa de la cual estamos haciendo el trabajo, nos ha preguntado que si queremos quedarnos a dormir…¡Mamá!…Ahora es imposible coger un autobús de vuelta…Solo será esta noche.

Su madre estaba apunto de ceder, cuando Sarah le quitó el teléfono de las manos.

-          Bonsoir? –Preguntó Sarah al aparato- ¿Es la madre de Isabel?¡¿Cómo esta?!- al oír la respuesta, Sarah le guiñó un ojo a Isabel- Su hija es un verdadero encanto. Ha estado toda la tarde ayudándome con este trabajo…Ya sabe, aún tengo problemas con el idioma- dijo forzando al máximo su acento- Ha trabajado muy duro hoy y de verdad que nos gustaría que se quedase. Mañana tenemos que ir a presentar el trabajo todas juntas y no nos gustaría que su hija se perdiese por el camino…¿En serio?…¡Muchas gracias señora! Y buenas noches.

Sarah le pasó a Isabel el teléfono con una sonrisa y tapando el auricular con una mano le dijo:

-          Despídete y no la cagues.

-          ¿Mamá?- preguntó Isabel con recelo- ¡¿Puedo?!…¡Gracias!…Un beso mamá, adiós.

Colgó el auricular con un suave clic.

-          ¿Cómo lo has hecho?

-          Se me dan bien todas las madre excepto la mía….Bueno, ¡A dormir!

Sarah se estiró sobe la cama, restregándose sobre las sábanas. Isabel miró en todas direcciones buscando un sofá de su tamaño, pero lo más grande que encontró fue un sillón de aspecto bastante incómodo.

-          ¿Dónde duermo yo?- preguntó paseando aún su mirada por la habitación.

-          Aquí- dijo Sarah dando un par de golpecitos en la cama, junto a ella.

Isabel la miró unos instantes cómo si estuviese loca.

-          ¡Oh, vamos! Que no voy a acosarte.

Al final, Isabel y su sonrojo se quitaron los botines y se metieron entre las sábanas. El calor del cuerpo de Sarah se sentía muy próximo al suyo. Poco a poco el cansancio iba ganando a Isabel que empezaba a sumergirse en esa sensación de somnolencia previa a una fantástica noche reparadora.

Algo la hizo despertar asustada. Descubrió que Sarah había le había pasado el brazo por la cintura y ahora podía sentir el calor de su respiración en su nuca.

Sarah no sabía muy bien por qué lo había hecho, pero sintió la imperiosa necesidad de pegarse al cuerpo pequeño y calentito de Isabel y su brazo actuó antes de que pudiese detenerlo. Para cuando quiso darse cuenta, había prácticamente dejado de respirar y su brazo se tensaba sobre la cintura de Isabel.

Sarah decidió darle la oportunidad a Isabel de poner espacio entre ellas preguntándole:

-          ¿Esto se considera acoso?

Isabel sonrió sumergida en su almohadón. Cómo respuesta, agarró la mano de Isabel, pasando el brazo sobre su cadera, pegando completamente el cuerpo de la morena al suyo.

-          No, si consideramos que tienes frío. Eso te pasa por acostarte con el pelo mojado.

Sarah sonrió y pegó su nariz al cuello de Isabel, haciendo que su respiración cálida se colase por el cuello de la camiseta de la otra chica.

Pasaron algunos minutos en los que Isabel no fue capaz de dormirse a pesar de que estaba completamente agotada. Para entretenerse, comenzó a mirar la mano que Sarah había pasado sobre ella. Sus largos dedos eran prácticamente hipnóticos, con las uñas impolutas y la piel sedosa. Cuando movía los dedos nerviosa o tamborileaba con ellos sobre el volante del coche cuando esperaban en los semáforos, Isabel siempre los compraba con las largas patas de una araña albina que corría con agilidad, cómo los dedos de Sarah al deslizarse por las cuerdas del violín.

De pronto algo llamó su atención.

Al tener el brazo estirado sobre Isabel, el albornoz de Sarah se le había quedado algo corto en las mangas, dejando al descubierto sus muñecas, donde Isabel descubrió un curioso tatuaje.

-          Sarah- susurró sin volverse.

-          ¿Qué?

-          ¿Duermes?

-          Si je parle, c´est que non…Que je ne dors pas.- dijo prácticamente dormida.

-          ¿Qué?

-          Que es evidente que no…¿Qué pasa?

-          ¿Por qué tienes tatuada una campana en tu muñeca?

Sarah ahogo una risita contra el cuello de Isabel

-          No se, hubiese imaginado cualquier cosa: una clave de sol, la inicial de tu nombre, pero…¿Una campana?- comentó Isabel sorprendida.

-          La noche que me hice este tatuaje estaba completamente pedo. No recuerdo ni lo que le dije a la mujer para que dedujese que quería tatuarme una campana.

-          Menuda borracha estás hecha.

Ambas rieron y ya no hablaron más, porque al instan, cayeron completamente dormidas.

Horas más tarde, el teléfono de la habitación sonaba.

Sarah abrió los ojos pesadamente. No recordaba dónde estaba y le dolía la cabeza. Miró a su lado y vio a Isabel durmiendo profundamente. Sonrió al recordar lo ocurrido en el día anterior.

El teléfono seguía sonando y no parecía que fuese a callar. Sarah miró la hora. Aún era de noche ¿Quién la llamaría a esas horas de la madrugada? Descolgó el teléfono antes de que despertase a Isabel y contestó con desgana:

-          ¿Diga?

-          ¿Señorita Matsuya?

-          Si…¿Quién es?

-          Lamento despertarla a estas horas. Le llamo de la recepción del hotel. En otras circunstancias no la despertaría, pero han dejado un mensaje para usted en recepción

-          ¿Y?

-          Han dicho que es un asunto de vida o muerte.- Sarah se tensó unos instantes.

-          ¿Quién ha dejado el mensaje?

-          Un chico alto y rubio…Creo que era francés.- Una única persona pasó por la cabeza de Sarah.

-          Bajo enseguida.

Minutos más tarde, Sarah estaba de vuelta en la habitación sentada en el sillón mientras bebía lentamente una copa de ron que se había servido. Necesitaba algo fuerte, que le despejase la mente… Tenía que tomar una decisión lo antes posible, aunque en el fondo sabía que no tenía otra opción.

Dio un último sorbo a su copa mientras miraba el perfil de Isabel, dormida en la cama y ajena a todo lo que estaba pasando. Miró por última vez el papel con el mensaje que le habían dejado en recepción … La decisión ya estaba tomada.

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6 Respuestas a El enigma del gran juego humano: capitulo 4

  1. Desconocía esta portal, se agradece por la información.

  2. Hola q tal, debo decir q me encanta está historia, me tiene super envuelta
    por fa no vayas a demorar mucho la continuación
    gracias por tomarte el tiempo para compartirla bye

  3. Dios!! que comes para escribir tan bien?? me lo he leido todo de golpe! espero que la continuacion no demore en aparecer :) tu historia de verdad es absorbente…CONTI :D

  4. He de decir que he leído prácticamente todos los fics de ésta página y que… ¡guau! Son geniales todos, felicitaciones :D

    Y porfavorporfavorporfavorporfavor no tardes demasiado en hacer la continuación de este mismo T__T es super interesante. Gracias por compartir algo tan genial.

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