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Entradas clasificadas como ‘FANFICS DE Pé’

GHOST (II) Final

Julio 31, 2007 · 2 comentarios

Oigo pasos al otro lado de mis reflejos.            Creo escuchar cuatro, no… creo que son tres  pares de pies. Uno de ellos son pasos débiles, tienen miedo y la acompañan otros más seguros. Unos terceros están bajando unas escaleras.            Pero hay alguien más. Sí, hay otra persona que conozco a la que no consigo escuchar. 

[…]

 

            Sandra señaló una puerta situada entre dos de las columnas de aquella sala clásica e intentó explicarle a Paula que detrás de ella había un cuarto de espejos.

-         Estos espejos son portales. En cada uno de ellos habitan almas de personas que han quedado retenidas entre ambos lados de los reflejos de cada mundo. Un mundo es el nuestro, el otro su continuación.

-         ¿Quieres decir que cuando morimos traspasamos los espejos? – preguntó Paula.

-         No, quiero decir que los que no encuentran el camino, quedan retenidos en ellos porque no saben donde continúa su sino: si en este lado o en el otro.

-         No sé si quiero entrar ahí… – decía en voz baja a Sandra mientras ésta la cogía de la mano y tiraba de ella, a la vez que abría de un pequeño empujón la puerta de la sala de los espejos.

 

[…]

 

            Patricia seguía bajando cada peldaño con majestuosa seguridad en sí misma, y cada escalón nuevo que pisaba parecía iluminar su contorno con una luz tenue, como si de un reflejo se tratara. Susana la seguía embelesada y notaba cómo iban disminuyendo poco a poco los grados de temperatura en la escala Celsius.

-         ¿Recuerdas lo que te conté sobre la sala de los espejos? – le preguntó Patricia.

-         Sí.

-         Pues la vas a conocer.

 

[…]

             Dos puertas opuestas se han abierto y cerrado al unísono. Las he oído lejanas, están lejos de mí. Tres personas se acercan y una de ellas me está buscando. Grita mi nombre con una voz que me trae recuerdos de la infancia. Empiezo a correr de un portal a otro, buscando esa voz desesperadamente mientras le grito a pesar de no escuchar sonido alguno que emerja de mi boca. Ni siquiera noto las cuerdas vocales vibrar, estoy muda. Perdida.             De repente, distingo,  a través de lo que parece ser un velo de papel celofán, una sombra de mujer. La reconozco. Es Susan, mi Susan. Sigue teniendo el mismo pelo oscuro, largo y rizado, y a pesar del tiempo, del que no soy consciente,  que ha pasado, sigue teniendo los mismos ojos de tristeza de la última vez que nos vimos, sólo que esta vez tienen mil preguntas escondidas. 

[…]

 

            Susana no supo hacer otra cosa que pegarse al espejo y comenzar a dar puñetazos mientras gritaba el nombre de “Elena”, pero era imposible romper el cristal por más que lo intentara. Patricia le sugirió que dejara de intentarlo, que no podían oírse la una a la otra. Era mejor calmarse.

            Elena, que por primera vez encontraba a alguien conocido en su eterna búsqueda en un lugar que no conocía y del que no entendía su ser, se sentía impotente al no poder comunicarle a su prima que verdaderamente la quiso a pesar de los 14 años que contaban cuando pasaban incontables horas juntas. Necesitaba decirle que finalmente pudo volver a enamorarse de un chico que hizo todo lo posible para que volvieran a encontrarse las dos. Pero no pudo más que gesticular poniendo una mano en su corazón y la otra en el velo de celofán intentando sujetar la de su prima.

            Susana consiguió leer en los labios de Elena las palabras “te quise de verdad”, repetidas una y otra vez, mientras lágrimas intermitentes surcaban sus mejillas. Trató de cogerle la mano y decirle que le agradó cuando le dijeron que su amada prima había rehecho su vida con otra persona. Aunque verdaderamente fue una noticia agridulce: agria por no haber podido ser ella, y dulce porque sabía en el fondo de su ser que su prima había muerto siendo feliz.

 […] -         Te quise de verdad, te quise de verdad, te quise de verdad…No puedo dejar de repetírselo por cada lágrima suya que veo caer de sus ojos. Tanto tiempo deseando decírselo y ahora no tengo voz, ni ella puede escucharme. Pero creo que me ha entendido, porque en este lado en el que estoy yo por fin le veo a él, me está tendiendo la mano para que me guíe a encontrar el camino los dos juntos.Adiós Susan, nos volveremos a ver. Procura ser feliz. 

[…]

            Susana pudo distinguir en la profundidad del espejo al chico que vio conversar con Patricia el día que la encontró en la discoteca. Era el novio de Elena.

            Patricia reparó en la presencia de las otras dos chicas: Paula y Sandra; de modo que supo que no le quedaba mucho tiempo, ahora era ella la que tenía que pasar al otro lado de los espejos.

-         Escúchame Susan, tu prima por fin ha encontrado su camino. Estaba tan perdida como sus palabras y por eso no os podíais oír. A mi no me queda mucho aquí y tengo que volver al otro lado.

-         Patricia, no entiendo nada de esto.

-         Tranquila, ellas te lo explicarán. Cuídate.

Fue entonces cuando Patricia desplegó toda la luz que parecía estar envolviéndola y atravesó uno de los espejos mientras Susana no paraba de pedirle que no la abandonase ella también, que no podría aguantar volver a estar sola en un mundo que le parecía lleno de autómatas sin sentido, y lo que es peor aún, que ella se sentía una de ellos.

Sandra y Paula acudieron a recoger a Susana cuando ésta amenazaba con desplomarse en el suelo.

 

[…]

 

            Cuando volvió a abrir los ojos distinguió a una chica con la cabeza rapada y a una rubia que reconoció al poco tiempo como una de sus “cielo”. Tras una taza de café bien caliente, ambas le fueron aclarando todo lo que había pasado y contestando a sus preguntas.

            Sandra fue la primera en empezar a hablar. Le contó que su prima había quedado encerrada en los espejos porque todavía le quedaba por cumplir la misión de decirle que la quiso con toda la sinceridad del mundo, lo que se vio truncado por un accidente de coche en el que también murieron Patricia y Juan, el novio de Elena, justo cuando habían conseguido la dirección del domicilio de Susana. Sin embargo, y a diferencia de Elena, Patricia y Juan sí consiguieron salir de los espejos a este lado, nuestro mundo, para buscarte.

-         La verdad es que nuestro don de poder ver a los espíritus les ayudó mucho.- añadió Paula.

-         El chico que vi en la barra de la discoteca cuando conocí a Patricia era el novio de Elena, ¿verdad?

-         Sí, se llama Juan – dijo Sandra.

-         Esa noche en la que me dejaste tirada…- volvió a matizar Paula.

-         Sí, pero gracias a eso te conocí, cariño – dijo Sandra a su novia, que se ruborizaba discretamente

Continuaron explicándole que Patricia, que consiguió poder viajar de unos espejos a otros para entretenerse burlándose de los vecinos que durante tantos años la habían llamado bruja loca, una noche descubrió en paños menores y en actitud íntima y cariñosa a Sandra y Paula. La mayor sorpresa fue que ambas podían verla.

-         Al igual que tú podías verla a ella.

-         Creo que la cabeza vuelve a darme vueltas…

En ese momento, en el espejo que quedaba al frente de la cama de la habitación donde Susana durmió la borrachera de una noche pasada, apareció Patricia, y esta vez las que adoptaron cara de asombro fueron Paula y Sandra.

-         Pero, ¿no se suponía que ya habías pasado al otro lado?- dijo Paula

-         Parece ser que todavía me falta una misión por terminar.

Cuando Patricia salió del espejo Susana por fin comprendió por qué los vecinos la tomaban por la nueva “bruja loca” del barrio ya que seguramente la habrán creído ver hablando sola con alguien mientras ella a quien se dirigía era a Patricia.

-         Querida Susan, – comenzó a decir el espíritu de Patricia – no te preocupes por tu prima, porque ya conseguido pasar junto con Juan al otro lado. Lo único que necesitaba era decirte lo que tanto deseaba. Yo tenía que ayudarla, pero aparte de eso, necesitaba encontrar a las chicas que debían heredar la tienda. Más que por la tienda, es por el pasadizo que conduce a la sala de los espejos. Verás, sois las guardianas de la sala de los espejos, y aparte de custodiarla, vuestra misión es procurar que los espíritus perdidos dentro de ellos consigan encontrar su camino. Yo estaré un tiempo con vosotras, vigilándoos desde los espejos y asegurándome de que aprendéis y lleváis bien vuestro oficio.

 

[…]

 

            Susana estaba embebida en un libro sentada junto a la caja registradora mientras Paula y Sandra se dedicaban tiernos arrumacos escondidas por las estanterías de la tienda de magia.

-         ¿Podéis estaros quietas durante un ratito? De verdad que parecéis niñas de 15 años.

-         Necesitas a alguien que te dé amor, Susan. – dijo Sandra, que para ese día eligió un traje de chaqueta color azul oscuro con corbata para ir a dar sus clases en la Universidad.

-         ¿Me está dando consejos la “Mortadela” en versión bollera?

-         Anda cari, vamos a ordenar los libros. – dijo Paula intentando poner paz.

 

Susana siguió enfrascada en su libro mientras esperaba ansiosa la visita de algún cliente. Les había costado mucho trabajo a las tres poner orden en esa tienda desde que Patricia se fue a “vivir” a los espejos y todavía no conseguían hacer la caja suficiente como para mantener la tienda, y todas estaban deseando dejar de ser pluriempleadas.

            Cuando apartó los ojos del libro para comprobar que la feliz parejita estaba haciendo algo más que regalarse besos, descubrió a una joven que vestía un vestido largo color naranja, muy llamativo al igual que sus enormes ojos verdes, que revisaba la estantería de los libros que trataban sobre predicciones.

-         ¿Quieres dejar de mirarla como si fuera una aparición mariana y acercarte a ella? – le dijo Sandra mientras le daba un sonoro palmetazo en la nuca.

-         Voy a tener que colgar un timbre en la puerta para que cuando se abra y suene sepas que no es un espíritu quién entra – añadió Paula.

Cerró su libro, y con pasos algo torpes se dirigió a la chica que con tanta curiosidad buscaba algo en las viejas estanterías de la tienda.

-         ¿Puedo ayudarte en algo?

-         Mmmm….supongo que sí. Busco algo sobre lo de leer las manos.

-         Ajá…estás buscando libros de quiromancia entonces. Aquí tienes uno que significó mucho para mí.

-         ¿Sí? ¿Por qué? ¿Es cierto eso de que el futuro está escrito en la mano?

-         Eso son pamplinas, solo es algo curioso. Para mí es especial porque me condujo a alguien muy importante.

-         Vaya, entonces espero que me de algo de suerte a mi también. Me lo llevo.

-         Seguro que sí. Bien, acompáñame a la caja si eres tan amable. – “al igual que hermosa” pensó Susana.

En ese momento, Paula apareció y le dijo a la joven que por ser su primera compra en la tienda, sería un regalo, pero que tendría que asegurar que volvería por allí. Desde luego Susan había perdido sus dotes para ligar con una chica guapa e interesante desde que vivía encerrada en los libros, y era necesario darle un empujoncito.

-         Ah, pues muchas gracias, seguro que volveré. Bueno, yo me llamo Alicia.

-         Yo soy Paula, aquella es Sandra, y a esta puedes llamarla bruja loca, como hacen todos los del barrio.

-         Qué chistosa eres siempre.- dijo Susana, mientras acompañaba a la chica a la puerta de la tienda.

Al fondo de las estanterías y desde el espejo que colgaba de la pared, Patricia guiñaba un ojo a la parejita de enamoradas que disimulaba estar ordenando libros.

 

Categorías: Cap4: “Ghost (II)” · FANFICS DE Pé

UNA CALUROSA DESPEDIDA

Julio 10, 2007 · 13 comentarios

Al día siguiente del pequeño botellón que celebraron en un sitio familiar para todos decidieron quedar para tomar algo en una cafetería del barrio y así hacerle la última despedida a Enrique antes de su partida a Madrid.

Cuando llegó Adrián (aunque ya todos lo llaman “el Hispano”) bajo los efectos del cansancio de haberse pasado toda la tarde en el centro y de la cafeína que parecía haberse inyectado en vena para espabilarse, lo primero que hizo fue preguntar:

-         Illo, ¿qué? ¿y el Baxa (Enrique) dónde está?

-         Dise que esta tarde no sale, – respondió Librero (nótese que lo de que Enrique diga que no salga es bastante común)

-         ¿Ya está otra vez con la bajona?

-         No, es que está malo con fiebre, ha tenido que ir al médico esta tarde, – añadió Irene (novia de Librero)

-         Illo Pano, ahora amos a su casa, relájate.- amenazó Leroy

-         ¿Pero habei avisao a la gorda (Enrique) de que vamo pa yá?

-         Que ji, coño, ¡¡que te sienteh!! – Librero y Leroy a la vez

Y Adrián no tuvo más remedio que sentarse y dejar que sus piernas no parasen de dar botecitos. No estaban sus nervios para tomarse una coca-cola y añadir más cafeína a su cuerpo.

Cuando se levantaron de la mesa y de camino a casa de Enrique, Ángeles (hermana de Librero, cuñada de Irene y recientemente amante de Hispano) compró pipas para el camino y así Adrián pudo tener sus manos entretenidas pelándolas, a pesar de que se pasó los diez minutos que debían pasar andando comentando lo largo que se le estaba haciendo el camino y que por favor fuesen más deprisa.

Al llegar, les recibió un Enrique al que le costaba incluso abrir la puerta, sin querer dar besos a nadie para no pegar los gérmenes y con los ojos adormecidos.

Se les hizo de noche al grupo de amigos sentados en el patio (sobra decir que a Adrián el tiempo se le pasó muy lento en aquella silla y perdió la cuenta del número de veces que le había pedido a Enrique que le devolviera los 20 euros que le debía).

-         Pero macho, que pesao ereh con los 20 euros.

-         Illo Enrique no te mosquees tio, illo no te mosqueess, ¿Te has mosqueao Enrique? no te mosquees.

Sin embargo, cuando todos se despidieron deseándole lo mejor a Enrique en Pyro (empresa de videojuegos para la que iba a trabajar en Madrid), Hispano, de camino a su hogar dulce hogar, recordó que los 20 euros no le habían sido devueltos, así que no tuvo más remedio que deshacer lo andado en dirección opuesta.

-         ¿Qué haces aquí de nuevo con la altona?- preguntó sorprendido Enrique

-         Illo cabrón, mi dinero.

-         Ohtia, é verdá. Sube a mi habitación que te los doy.

Cuando Hispano se tumbó en la cama ya comenzó el proceso de contagio sin darle tiempo a reaccionar. Enrique se puso a buscar en uno de los cajones  cercanos a la cama apoyando sus rodillas en el borde y el brazo en el mueble, lo cual dejaba su camiseta abierta a la altura del ombligo por efecto de la gravedad, mientras Hispano, tumbado debajo intentaba  pensar en cosas no eróticas: “mi madre, mi padre, mi perro, el perro der Lewi, la cibercholeck (*), todos los de la cibercholeck en los ordenadores sin camiseta por efecto del calor…¡mierda!”

-         Oye Enrique, he estado hablando con Brero (Librero, novio de Irene, hermano de Ángeles) sobre ir a Madrid, ¿cuándo te vendría bien que fuésemos?- intentó romper el silencio de la situación.

-         Tú puedes venir cuando quieras

-         Illo maricona, no me vengas con lo de que en tu cama siempre tendré un hueco- “pero, ¿por qué demonios he tenido que decir eso?” pensó Adrián

Enrique cambió su postura y se sentó en la cama, apoyó su mano en el pecho de Adrián y comenzó a desabrocharle la camisa. La cafeína parecía no dejar de circular por la sangre del que se veía en proceso de desnudo, porque cada vez estaba más y más nervioso, pero sus músculos no parecían reaccionar (pero sí uno en concreto y de modo involuntario) y no era capaz de escapar de la situación.

-         pero, ¡tateh quieto! ¿qué hase? – dijo comenzando a sudar

-         Despedirme de ti- respondió Enrique.

Y comenzó a besarle el cuello, para seguir por la oreja y finalmente terminar por los labios, en los que al principio no encontró respuesta, pero tardaron sólo dos segundos en reaccionar y dejarse llevar. De perdidos al río. Adrián le agarró por la nuca y dejó que su imaginación volara todo lo lejos que quisiera mientras Enrique comenzó a besar siguiendo una trayectoria descendente, pasando por el torso con la camisa desabrochada y encontrándose con el obstáculo de la cremallera del pantalón, que no tuvo reparos en bajar y así explorar oralmente la parte más sensible de su amigo…

[…]

Cuando volvieron a estar ambos vestidos, Enrique le comentó a Adrián que nadie tendría por qué saber nada, y éste estuvo de acuerdo.

-         ¿Te imaginas lo que diría er Lewi?- dijo Hispano

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡LOL!!!!!!!!!!!!

(dijeron los dos a la vez)

[…]

Una vez definitivamente de vuelta a su hogar dulce hogar, Adrián se llevó las manos a los bolsillos a la vez que intentaba darle una explicación a lo que había pasado. Su sorpresa fue encontrar un billete azul de 20 euros en el bolsillo derecho del pantalón.

Al día siguiente, en la estación de Santa Justa, ninguno de los amigos de Enrique conseguía entender por qué solamente el Hispano había contagiado el resfriado. La única teoría que consiguió elaborar Irene (novia de Librero, cuñada de Ángeles) es que la cafeína lo habría dejado algo sensible.

    (*) Cibercholeck es una congregación elitista de frikis pseudoinformáticos que se reúnen todos los veranos en casa de dos hermanos, aprovechando que los padres no están, para juntar un puñado de ordenatas, comida precocinada, basura y  olor a macho” ciclao” bajo la atenta mirada de Zeus (perro de los dueños de la casa)

Categorías: FANFICS DE Pé · Una calurosa despedida · YAOI

GHOST (I)

Febrero 7, 2007 · 10 comentarios

 

            Recuerdo cómo pude ver desde el cielo la calle cortada, el coche despeñado por el arcén y los cuerpos de mi novio y mi mejor amiga tumbados boca abajo en la carretera. Vi cómo cerraban las cremalleras de las bolsas donde los metieron y los llevaban a la ambulancia. Sin embargo, no pude ver mi propio cuerpo. No sé dónde acabó ni dónde terminé de morir: dentro del coche, en la carretera o quizás en el hospital. Simplemente, sentí caerme al vacío y cerré los ojos.             Cuando los volví a abrir, estaba rodeada de mi misma por todas partes. Réplicas de mi imagen se repetían en cada ángulo de visión de este extraño lugar. A veces me veo recién nacida, otras veces con dos años o con la edad con la que creo que morí. Pero nunca veo a nadie más, ni a mis padres, ni amigos, ni a mi novio. No los encuentro por ninguna parte, pero todavía no me he cansado de buscarlos. 

[…]

 

-         ¿Qué tal has dormido Susan?

-         Mmmmmmm… – la luz del día le impedía abrir bien los ojos.

-         Será mejor que te laves la carita, hoy tenemos mucho trabajo.

-         ¿Sabes Patricia? eres la primera mujer con la que no ha pasado absolutamente nada tras haber dormido con ella toda la noche en la misma cama.

-         Con la borrachera que cogiste anoche no hubieses estado muy divina.- sonrió arqueando una ceja, intentando dejar bien claro que ni en sueños hubiese conseguido nada con ella.

Susana se levantó de la cama y notó como si la habitación hubiese dado el salto con ella. “Sólo a mi se me ocurre emborracharme un domingo” pensó mientras intentaba abrocharse los vaqueros. Cuando Patricia volvió a entrar, la pilló medio desnuda todavía y Susana aprovechó para mirarla libidinosamente.

-         ¿Quieres dejar de intentar seducirme?

-         Chica, deberías darte una alegría al cuerpo. Eso no le hace mal a nadie, ni siquiera a las brujas como tú.

-         Las brujas como yo somos espirituales, no tan terrenales y pecaminosas.

-         Dios mío, ¡ahora hablas como una monja!- dijo Susana tras sacarle la lengua.

-         Que no te sirva de precedente el haberte quedado a dormir aquí.

-         ¿De precedente de qué? ¿eh, pillina?

Y es que hasta la paciente Patricia perdía los nervios con Susana. Sin embargo, todavía tenía una misión que cumplir con ella, y aunque le estaba costando la misma vida adentrarla en el mundo de  lo “psicoespiritual” cada vez le cogía más cariño a esa diablilla con cara angelical y pasado sumamente triste.

Cuando bajaron a la tienda de magia, que estaba justo debajo del piso donde “vivía” Patricia y donde pasaba la mayor parte de las horas del día, tuvieron que ahuyentar a un par de críos que intentaban accionar la alarma de incendios quemando papel tras la verja metálica de la entrada.

Pasada la aventura, Susan empezó a maldecir contra el sexo masculino. Siempre aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo. Pero se quedó callada tras decir Patricia que los niños son “bombas con patas” a los que hay que dejarles libertad para que nunca dejen de soñar con cosas fantásticas.

-         Tía, tú flipas cada día más. Si te llegan a incendiar la entrada o el local entero, es posible que el seguro no pudiese cubrirlo.

-         Mi queridísima Susan, en ese caso, tú hubieses estado a mi lado y nos hubiésemos hecho más amigas que nunca.

-         ¿Quieres decir que hubiésemos sido amantes?

-         Quiero decir, mi querida mente simple, que todos los actos tienen sus consecuencias, y que siempre traen consecuencias agradables y algunas detestables. Lo único que sucede, es que la mayoría de los terrestres se deprimen tanto por las malas, que se olvidan de las buenas.

-         Gracias por otro de tus sabios consejos, maestra jedi.

-         De nada, joven padawana.

 

Y así solían ser los días entre Susana y Patricia. Jamás comenzaron ningún idilio amoroso ni pasional (y no porque Susana no lo intentara). Pasaban los días atendiendo a los pocos clientes que se atrevían a entrar en la tienda y, entretanto, Patricia intentaba enseñarle a su compañera lo poco que decía saber sobre el mundo y lo que está fuera de él. Susana muchas veces se perdía y se ponía a pensar en otras cosas, como por ejemplo en cómo haría Patricia para subsistir si la tienda apenas daba dinero, siquiera para pagarle el sueldo. Y es que desde que Susana firmara el contrato (que más que nada lo hizo por el morbo que le daba tener una jefa que estuviese tan buena), lo que menos se imaginaba es que Patricia lo que intentaba era prepararla para una serie de acontecimientos difíciles de comprender para alguien tan simplona y tan centrada en el sexo como Susan. Pero en el fondo, la jefaza (como le gustaba llamarla) sabía que su aprendiz y contratada cada día aprendía más sin darse cuenta y que, poco a poco, conseguía sacar a la luz la complejidad de su alma y sentimientos que tan poco le gustaba hacer ver.

 

 

[…]

 

            A veces, cuando estoy cansada de buscar, recuerdo todo mi pasado. Recuerdo el lugar en que nos dimos el primer beso en el colegio, y recuerdo cómo convertimos aquel rincón del gimnasio en nuestro escondite. Rodeadas por colchonetas, pelotas, telas de colores y demás chismes, nos dejábamos llevar por nuestros sentimientos. Olvidábamos que éramos parientes muy cercanas  y que teníamos 14 años, pero, sobre todo, olvidábamos que éramos dos chicas.            No recuerdo durante cuánto tiempo hicimos de aquel sitio nuestro paraíso a la vez que nos escondíamos del mundo y de miradas inquisidoras bajo el velo de que éramos primas y, por eso, nuestra complicidad.            Pero una tarde, todo se perdió…la misma tarde en que tropecé y me dañé las rodillas. La profesora me dijo que acudiera al botiquín y nos dio permiso para ir juntas, pero ambas fuimos muy descuidadas. Durante mucho tiempo tuvimos cien ojos, pero debimos haber tenido mil más.            Sí, el botiquín estaba en nuestro escondite.            Sí, tardamos más de la cuenta.            La profesora, supongo que preocupada por nuestra tardanza, fue a buscarnos y  nos descubrió. 

            Todo lo que vino después, se convirtió en una pesadilla. 

           

[…]

 

-         Me gustaría llevarte al sitio donde estoy trabajando ahora.- dijo Sandra, sabiendo perfectamente lo que le respondería su novia.

-         ¡Qué vergüenza!- dijeron las dos a la vez.

Aquella mañana Sandra se había vestido con unos pantalones cortos color beige y una camiseta blanca, además, llevaba un gorro de pescador, lo que en conjunto hacía parecer que había salido de la película de Parque Jurásico. Paula había conseguido adaptarse a sus constantes cambios de imagen e incluso llegaba a divertirle, por lo que alguna que otra vez le hacía compañía en ese juego y también se “disfrazaba” con ella.

-         No te preocupes por nada Paula, ahora no hay nadie allí porque la obra está cerrada, pero yo tengo llaves. Es un lugar precioso ya verás.

-         ¿Una obra? ¿eres obrera? Cada día descubro cosas más sorprendentes de ti.

 

[…]

 

 

Cuando lo supieron nuestros padres, los míos dijeron que eran cosas de niñas. Los de ella dijeron que nunca se lo hubiesen imaginado. Nuestras madres, incluso siendo hermanas, rompieron todo tipo de relación entre ellas.            Nos mudamos de ciudad y fui a parar a un colegio de monjas, y fue a partir de ahí cuando comencé a hacer todo lo que deseaban mis padres: Estudié lo que querían, me juntaba con chicos por las tardes  y tenía amigas que llevaban fotos de Brad Pitt en la carpeta, pero lo que no sabían es que yo respondía con doble ración, así que terminaba en la cama de casi todos esos chicos. Un cuerpo sólo es un cuerpo, no es lo mismo que entregar tu alma.            Pero un buen día, apareció él… 

 

             

[…]

           

-         Jefa…

-         Dime Susan.- respondió Patricia con la nariz metida en un libro de interpretación de los sueños.

-         ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

-         Poder puedes, que yo responda es otra cosa.

-         Bueno…ahí va…ejem… ¿yo a ti no te gusto? ¿ni siquiera un poquito?

Patricia, estaba ya algo cansada de los innumerables intentos de Susana, pero esta vez la notó verdaderamente triste, así que fue lo más sutil que pudo en su respuesta:

-         Eres una persona muy interesante, pero nunca lo he pensado de ese modo.

-         Qué elegante eres siempre.- sentenció Susana.

 

[…]

 

Él no era compañero de clase, ni amigo de ninguna amiga, ni nada por el estilo. Simplemente lo conocí en la parada de autobús. Yo iba a la facultad, y todavía no sé hacia dónde se dirigía él. Todo empezó porque le pregunté si hacia mucho que había pasado el último autobús, y él respondió que eso nunca se sabía.

            Aquella tarde no fui a clase. Nos quedamos en un bar tomando café y hablando hasta bien entrada la noche. Cuando nos despedimos no hizo falta preguntarnos ningún número de teléfono ni dirección porque sabíamos dónde nos encontraríamos la próxima vez: a la misma hora y en la misma parada. Ir a coger el autobús se convirtió, desde entonces, en una ilusión.

            Y poco a poco empezamos a salir…            A mis padres les encantaba aquel chico y a mi cada día me hacía sentir la persona más afortunada del mundo. No tuve ningún secreto para él, incluso llegué a contarle todos los sentimientos que sentimos mi prima y yo. Y para mayor sorpresa de todas, él respondió de un modo totalmente inesperado:            - Creo que lo mejor será es que busquemos a tu prima. Tenéis que veros y cerrar las heridas.            Nos llevó dos meses dar con su paradero. Pedí a mi mejor amiga que fuese a casa de mis tíos a preguntar por ella con la excusa de que era una antigua compañera de clase. Sus padres no fueron nada esclarecedores, sólo le dijeron que se había independizado y que no sabían exactamente donde vivía porque cambiaba cada dos por tres de domicilio, ya que vivía de alquiler en alquiler. Ni siquiera tenían un móvil de contacto. Lo único que pudimos sacar de ellos es que mi prima se dedicaba todos los fines de semana a salir de discoteca en “zonas de esas de la gente como ella”.            No me extrañó para nada que se hubiese convertido en una juerguista, siempre tuvo muchísimas ganas de divertirse. 

[…]

 

            Paula no se decidía a bajar las escaleras. La oscuridad del final le asustaba y no paraban de sudarle las manos de lo fuertemente apretadas que las tenía. No entendía muy bien qué hacían en una boca de metro recién abierta y rodeada de albañiles gritándoles lo bien que había elegido Sandra a su nueva “amiga”.

-         Para tu tranquilidad – dijo Sandra sujetándole finamente las manos, – te diré que trabajo aquí porque necesitaban una arqueóloga.

-         ¿pero no eras profesora en
la Universidad?

-         Sí, pero estos cazurros cuando encuentran alguna vasija me llaman para que la retire. La última vez me llamaron porque encontraron un búcaro que creían que era de los romanos.

-         ¡Ah! Y te encargaste de que no lo destrozaran y lo llevaste a un museo.- dijo Paula orgullosa de ella misma.

-         Bueno, la verdad es que no creo que en un museo le den mucha importancia a un búcaro de hace veinte años.

Las risas consiguieron relajar un poco a Paula, y se adentraron en el túnel. Una vez dejados lejos de los oídos los comentarios de los obreros, Sandra abrió una segunda puerta y dejó al descubierto las vísceras que esconde la ciudad bajo tierra:

Una enorme sala llena de columnas dispuestas de dos en dos llenaban un amplio espacio atenuado con una luz anarajanda que embellecía aún más el aspecto ruinoso y algo polvoriento del lugar.

-         Se supone que son restos de una sala de reunión de edad Clásica.

-         Es increíble…- dijo Paula algo sobrecogida por la inmensidad que transmitían las columnas.

-         Aunque yo pienso que esto se utilizaba para otra cosa.

-         ¡No me irás a contar historias de espíritus!

En aquel momento la mirada de Sandra era más brillante y cariñosa de lo habitual, incluso Paula creyó percibir miedo en sus ojos, y por primera vez fue ésta la que protegió y tranquilizó a la siempre madura profesora de Universidad.

 

[…]

 

            Cuando mi mejor amiga llegó a contactar con una de las acompañantes de actividades nocturnas de mi prima, consiguió sonsacarle la dirección exacta de mi prima a base de invitaciones alcohólicas y un sutil juego de filtreo.            A la mañana siguiente ya estábamos los tres metidos en el coche en su busca. 

[…]

 

-         Susana, saca la nariz de ese libro de interpretación de sueños.

-         Espera un momento, estoy intentando saber qué significa haber soñado que has besado a tu jefa.

-         Si el beso era corto, es que la respetas, si el beso era largo es que la deseas. Pero lo más seguro es que en tu sueño luego la jefa te hubiese dado un bofetón, como pienso hacer ahora si no vienes conmigo al sótano. Creo que ya estás preparada.

Susana, ni corta ni perezosa, bajó de su banco de un salto. No entendía nada de lo que Patricia le estaba diciendo con eso de estar preparada, pero ya estaba acostumbrada a ese tipo de cosas tan “psicodélicas” y había cogido por costumbre seguirla sin rechistar, porque tarde o temprano sabía que tendría que darle la razón en muchas cosas de las que hablaban.

-         Verás Patricia, he estado pensando…

-         Eso es algo, cuanto menos, sorprendente.- respondió girando suavemente la cabeza hacia su empleada a la vez que iba bajando las escaleras mientras intentaba no tropezar con la falda larga levantándola delicadamente con la mano derecha.

-         En serio. Creo que el destino lo describe nuestros propios impulsos.

-         ¿y cómo has llegado a esa conclusión?

-         Porque no puedo evitar estar siguiéndote siempre. No por destino, sino porque hay algo que me empuja a ti.

Esta vez Patricia la dejó seguir hablando, sabía que no se trataba de ningún piropo barato.

-         Hay algo en ti que me hace sentir cada vez más cerca de mi prima.

Hubo un momento de silencio que a Patricia la pilló desprevenida, y por primera vez en mucho tiempo tardó en tener una respuesta adecuada:

-         Me alegro de que por fin hayas sido capaz de nombrarla sin problemas- definitivamente está preparada, pensó Patricia para sí.

           

           

 

 

Categorías: Cap3: “Ghost (I)”

Deseando Amar

Octubre 6, 2006 · 5 comentarios

Despechada y completamente indignada, Paula salió por la puerta de la discoteca con la minifalda manchada de whisky y el rímel corriendo como un río diluido sobre sus mejillas.

            “¿Tan difícil es recordar mi nombre? Es bastante común”, pensó… Pero ella no se habría conformado con que su acompañante recordara su nombre. No se habría conformado hasta, por lo menos, tener la ilusión de que la amasen aunque fuese por una noche, aunque fuese mentira y solo deseara un cuerpo envuelto con el mejor papel de regalo.

            De camino a la parada de taxis, una chica con el pelo muy largo y recogido en una alta cola de caballo se paró para preguntarle si sabía dónde se encontraba una discoteca. Precisamente la misma de donde había salido ella.

-         Ay chica, viéndote así se me quitan las ganas de ir a currar esta noche en ese sitio. Anímate un poco mujer.

-         No es necesario que te preocupes por mí…

-         …Sandra.- terminó la frase la desconocida.

-         ¿Qué?

-         Me llamo Sandra. ¿Y tu?

-         Supongo que puedes llamarme “cielo”

-         Jajajajaja. Una mala noche ¿verdad?- y desplegó la mejor de sus sonrisas.

-         Te repito que no es necesario que te preocupes por mí.

-         En tal caso no lo haré, si es lo que me estás pidiendo.

Paula siguió andando en busca de un taxi, pero pensó que la parada quedaba demasiado lejos. “Si es lo que me estás pidiendo…”. En realidad estaba pidiendo a gritos que se preocuparan por ella, que la adorasen, que la hiciesen sentir importante, porque comenzaba a pensar que nunca nadie se enamoraría de ella, o al menos, tanto como ella se enamoró alguna vez.

Entró en el cuarto de baño de un pub para secarse un poco las lágrimas y quitarse un poco el olor a alcohol con el botecito de colonia que siempre llevaba en el bolso. Se miró al espejo. “Con esta cara nadie me va a querer nunca, nadie se va a preocupar por mí. Sólo desconocidas que lo dicen por cumplir”.

Y salió de nuevo, a portazo limpio, de otro lugar de marcha. Esta vez sus pies no iban buscando un taxi, iban buscando una salvación, una ilusión, una mentira de la que alimentarse, buscaban un pelo largo recogido en una cola de caballo. Se dirigía de nuevo a la discoteca que cinco minutos antes juró no volver a pisar jamás.

A las cuatro de la madrugada volvió a pagar la entrada de ese “antro de baile”. Sólo había una muchedumbre de jóvenes bailando al ritmo de la música estridente que inundaba la sala. Un enjambre de abejas hormonadas y perfumadas en exceso que se debatían entre movimientos sinuosos, luciéndose para ser elegidos como carne de cañón esa noche.

Y en medio de la jauría de lobos, una plataforma coronada por un cuerpo escultural emergía de entre el centenar de cabezas bailonas y sudorosas. Un cuerpo trabajado a base de gimnasio y dieta sana rematado en una hermosa cola de caballo que se balanceaba con un estilo sutil.

“ Es la gogó…” Paula nunca entendería porqué las bailarinas de discoteca tenían ese nombre, pero se acercó a ella sin poder evitarlo, abriéndose paso entre los cuerpos, llevada por la música y por una atracción más poderosa que un imán.

Sandra la vió y bajó despacio de la plataforma para ir a su encuentro, como un águila imperial a la caza de su presa. En silencio y de forma muy sutil, sin que nadie la advirtiera.

- Veo que no has podido resistirte a volver, cielo.

- Llámame Paula, por favor.

- Parece que vuelves siendo más cortés. Ven, sube aquí.

Antes de que pudiera decir que no, ya la había cogido del brazo y tirado de ella. Con firmeza, pero sin apretar. Con fuerza, pero con delicadeza. Le quitó el bolso y se lo entregó a un segurata para que lo sostuviese. Esa imagen encantó a la “presa”, harta como estaba de que los señores con traje de corbata y pinganillo en el oído la revisaran de arriba abajo cada vez que quería entrar en alguna discoteca.

- ¡Bailemos!

Y sumergidas en la música electrónica comenzaron una danza sinuosa, sincronizando las caderas la una con la otra, moviendo los brazos de forma psicodélica y dejando que el pelo les hiciera cosquillas. Se miraban fijamente. Observaban cada centímetro de piel… Los pómulos, el cuello, la cintura, los labios, los pechos… Mientras Sandra bajaba las manos por la espalda de su compañera de baile, Paula podía sentir escalofríos que le erizaban la piel, y apoyando su brazo en el hombro pensó “Esto es como hacer el amor”.

- Es el turno de mi compañera, tenemos que bajar.

Despertó de su ensoñación como si hubieran estado sumergidas en un hermoso sueño, abriendo los ojos de par en par con un brillo que decía “No puede ser”. Pero no tuvo más remedio que bajar detrás de Sandra, cogida de su mano mientras la llevaba hasta la barra del bar.

-         Me tengo que ir, pero ya sabes donde encontrarme.

-         ¿Tendré que pagar la entrada cada fin de semana para poder bailar media hora contigo?

-         Sólo si es lo que quieres, ven a buscarme.

Paula se fue a casa ofendidísima. Se desvistió frente al espejo, y al coger el camisón vió un borrón en la parte baja de la espalda. Se trataba de un número escrito de modo que pudiera leerse perfectamente al ser reflejado…

- “seis”, “cinco”… ¡Es un número de teléfono!

Y así era. Sandra había aprovechado el embelesamiento de Paula durante el baile para pedirle que fuera a buscarla sin decirle directamente la forma en que prefería que lo hiciera. De un modo felino, le fue bajando las manos por la espalda y haciendo amago de lo que eran cosquillas distrajo a su víctima, dejando que disfrutara de la sensación de tener los pelos de punta. Le había dejado algo que podría llevarlas al reencuentro. “Sólo si es lo que quieres, ven a buscarme”.

 

[...]

 

- Dichoso espejo… ¿Qué imagen vas a devolverme hoy?- pensaba Paula a la mañana siguiente, tras una noche de sueño ligero debido a los efectos del alcohol.

Se miró frente a frente, y en el marco del espejo vió el papel en el que había escrito el número de teléfono de la chica que había conocido la noche anterior. Cuando volvió a mirar su reflejo, se encontró decididamente más hermosa y atractiva.

Y así, comenzó a peinarse su rubia cabellera, se lavó la cara con cuidado y se echó cremas para disimular las ojeras. Cambió su pijama de algodón por un fino camisón largo de color burdeos, de seda, y se dispuso a coger el teléfono inalámbrico de la habitación… Y es que Paula no se estaba dando cuenta de que sólo se había arreglado para hablar por teléfono a pesar de que su interlocutora no podría verla. Tenía muy claro que la belleza no sólo se transmite por imágenes.

Sonó el descolgar del móvil, y se sorprendió al oir un ruido terrible de fondo, como de una taladradora:

-         ¿Sí?

-         ¿Sandra?

-         ¿Paula?

-         Sí, soy Paula. ¿Estás cerca de las obras del metro? Te oigo fatal.

-         Sí, estoy ahí, espera un segundo…

-         […]

-         ¿Me oyes mejor?- esta vez resonaba eco al otro lado del auricular.

-         Sí, te oigo estupendamente. ¿Te has metido en unas catacumbas o algo?- dijo Paula sorprendida.

-         Jajajaja, más o menos. Bueno, cuéntame. ¿Qué llevas puesto?

Evidentemente, esa pregunta no era de las que la rubia tenía preparadas para responder, y se sonrojó tanto que apenas pudo articular palabra.

-         Pues… esto… me acabo de levantar… así que…

-         Vaya, me había ilusionado que te pusieras guapa para hablar conmigo.

-         ¡Llevo el camisón!- las mejillas le ardían como a unos cincuenta grados, y no podía explicarse qué es lo que la llevó a decírselo.

-         Eso está mejor. Muchas gracias por llamarme, me gustaría verte esta tarde en el lugar en que nos conocimos.

-         Bueno, está bien.

 

[…]

 

Las ocho en punto y Paula sentada en un banco de aquella plaza junto a la discoteca. Mucha gente iba y venía puesto que la estación de autobuses estaba justo al lado, y por más que se esforzaba en descubrir a la protagonista de su cita, no lograba vislumbrar la hermosa cola de caballo que recordaba.

Una mano le dio unos leves toquecitos en el hombro y Paula giró la cara emocionada… pero su decepción no pudo ser más grande. En lugar de a Sandra, vio a una chica rapada que vestía de color negro. Llevaba mifidalda, medias de rejilla y botas militares… en resumen, ¡un horror (a los ojos de Paula)!

-         ¿No me reconoces?

Paula creía que iba a romper a llorar…

-         ¡Ay, Dios mío!

-         Jajajaja, decepciono, ¿eh?

-         No mujer, no digas eso…- mentira piadosa, que lo llaman.

-         Jajajaja… seguro que eres de las típicas lesbianas femeninas que discriminan a las masculinas.

-         ¿No sabes hacer otra cosa que reirte de mí? Creéme que yo podría reirme de tí, motivos no me faltan.

-         Por fin sacas tu genio. Me encanta.

Paula no pudo morderse la lengua y le preguntó cómo era posible que cambiara tanto de la noche a la mañana (con peluca incluída). La respuesta que recibió la sorprendió.

-         Porque la apariencia lo único que dice de nosotros es precisamente lo que deseamos ser, no lo que somos de verdad. Así que me da igual vestirme de negro, de rojo, o ponerme una peluca u orejeras de color rosa.

-         Yo pensaba precisamente lo contrario, pensaba que el estilo es un reflejo de nuestra personalidad.

-         Claro, ¿como mirarse en un espejo? Ni siquiera la imagen de los espejos es fiable, porque ahí también nos vemos como deseamos vernos. Sin embargo, tú eres muy transparente. Se te nota a leguas las ganas que tienes de amar a alguien.

De nuevo, Paula volvió a sentirse desnuda frente a ella. Apretó los puños sobre sus rodillas y agachó la cabeza, sin saber qué decir. No supo hacer otra cosa que atacar.

-         Pero nunca me enamoraré de alguien como tú.

Sandra, decidida, la agarró por la barbilla y le levantó suavemente la cabeza, obligándola a mirarla a los ojos. Le dijo serenamente:

-     Eso está por ver…

Categorías: Cap2: “Deseando Amar”

CASUALIDAD Y DESTINO (by Pé)

Mayo 10, 2006 · 4 comentarios

Aquella noche se vistió con sus mejores galas, igual que cualquier viernes o sábado, los cuales la mayoría de las veces eran tan idénticos que nunca recordaba cuál había sido anterior al otro. Mientras se miraba al espejo para comprobar que su escote enseñaba lo justo y necesario para que no resultara obsceno pero sensualmente insinuante pensó, como todas esas noches de música, alcohol y encuentros fugaces, que esta vez iba a ser especial y se iba a comer el mundo en dos bocados.

         Sin embargo, delante de un espejo vemos lo que queremos ver, por eso evitamos la mayoría de las veces mirarlo salvo cuando nos estamos poniendo guapos. Para Susana aquello era un ritual; la ducha y depilación y el cepillado de su pelo ocupaban casi toda la tarde, por lo que su cuerpo comenzaba a segregar feromonas mucho antes del cortejo de rigor en la discoteca. Cuando a su mente, sobre todo cada vez que observaba su rostro reflejado en el espejo, acudían pensamientos sobre que ese tipo de vida no es repleta, rápidamente se pintaba los labios para evitar que cualquier pensamiento “extravagante” le amargara la noche.

         – Esto sólo es diversión sin ningún tipo de prejuicios…. Sí, ¿pero acaso esto es vida?

         Que más le daban esas ideas si tenía el coche esperándola para ir a recoger a su amiga de turno y poner la música a todo volumen.

         Cuando llegaron a un bar del centro de la ciudad, con aquella chica de la que no recordaba ni su nombre (tenía por regla llamarlas a todas como “cielo” y así no se arriesgaría a equivocarse nunca. Hubo una época en que las llamaba “nena”, hasta el día en que una hippie con demasiados ideales le dijo que jamás llamase a una mujer de forma tan despectiva), se sentaron en la mesa más cercana al cuarto del baño, por si en algún momento surgían pasiones infrenables. La verdad es que esa noche, Susana no estaba muy por la labor de repetir con aquella chica, pero volvió a quedar con ella por la insistencia que ésta demostraba con sus mensajes.

         Sentadas en la mesa ofrecían una imagen muy peculiar ya que no eran capaces de encontrar una conversación fluida. Susana, alta y delgada, revelaba unos ojos muy oscuros tras el flequillo de su pelo largo y moreno, extremadamente rizado. Su piel no era pálida, pero contrastaba muchísimo con la “cielo” de esa noche, que era muy morena, pero de pelo rubio y con ojos demasiado maquillados, que además parecían irritados por el humo del bar al que ella contribuía sin parar de fumar.

         El absoluto aburrimiento de Susana la animó a invitar a “cielo” a marcarse unos pasos de baile:

-         Me parece una idea genial, Susan.

-         No me llames Susan.- hasta ahora nadie la había vuelto a llamar de ese modo, excepto una prima suya a la que nunca se atrevió a confesar sus sentimientos, y que murió sin saberlo debido a un aparatoso accidente de coche.

El camino hacia la discoteca no fue muy divertido para ninguna de las dos. “Cielo” no paraba de decir cuál era su verdadero nombre, pero Susan parecía que no quería aprendérselo de ninguna de las maneras.

Al entrar por la puerta y tras saludar a los seguratas, ambas se quitaron sus abrigos para lucir sus escotes y Susan no paraba de observar a las chicas intentando recordar cuántas de ellas habían sido sus amantes en algún momento. Se sorprendió de ella misma cuando muchas veces no sabía exactamente si alguna que otra verdaderamente había compartido con ella cama o cuarto de baño. “A veces pienso que esto no es vida”, se dijo para sí.

Pero esa noche no iba a ser una noche cualquiera, no iba a resultar ser una noche que no recordaría o que no supiera en que día del almanaque colocar. Mientras “cielo” fue a pedir unas copas, Susan fijó su mirada en una chica que estaba sentada en la esquina de la barra del bar. Hablaba alegremente con el camarero y dejaba al descubierto su largo cuello gracias a su corte de pelo. No era necesariamente guapa, pero los enormes ojos verdes que Susan descubrió al acercarse a ella la sorprendieron muchísimo:

-         Me resultas familiar.- El comentario fue formulado casi sin darse cuenta, como si un poderoso imán la hubiese hecho acercarse a ella, dar un paso tras otro y mover los labios mientras hacía vibrar sus cuerdas vocales.

-         ¿Es esto una nueva forma de ligar?-dijo alegremente, como si fuera el comentario hubiese resultado sumamente curioso.

La “cielo” apareció de pronto y se llevó a Susan fuertemente agarrada dejando tras de sí el hiriente comentario de “bollo machorra, esta preciosidad viene conmigo”. Susan no le gustó nada la equiparación entre pelo corto y machorra (de todos modos, siempre había odiado la estupidez que tienen muchas al discriminar a las lesbianas masculinas), por lo que dio un fuerte tirón y se deshizo de la rubia rápidamente.

-         Ya no voy contigo, cielo.

-         Te repito que me llamo…

-         Déjame en paz, ¿quieres?

Cuando su ligue se esfumó por la puerta de la discoteca tras derramar los cubatas, puesto que era evidente que o se los tomaba con Susan o nadie les iba a dar el más mínimo sorbo, la chica de pelo corto añadió:

-         Deberías ser más cuidadosa con los ligues, a veces son impredecibles. A ella desde luego le gustabas, pero… eso no es vida, ¿no crees?

-         ¿De veras que no te conozco?

-         Es posible que me hayas visto en alguna ocasión.- dijo mientras recogía su bolso y se despedía del camarero para irse.

-         Seguramente de verte por aquí, ¿no?

-         Te recomiendo encarecidamente que cambies de aires, Susana.

Se quedó con la boca abierta, ¿cómo sabía su nombre? Desde luego no era tan popular en el ambiente, pero le había ofendido tanto que se otorgara la capacidad de darle consejos que la dejó irse sin más. Durante unos segundos pensó en seguirla a donde fuera, pero no quería dar a entender que pretendía ligar con ella por una simple curiosidad, al fin y al cabo allí había muchas chicas con las que olvidar anécdotas estúpidas.

[…]

Llegó al piso muerta del cansancio y con una pizca de embriaguez, que no había llegado a los niveles tan altos de otras noches debido al sudor que en esos momentos le provocaba un escalofrío al evaporarse de su piel. Cuando se resguardó bajo las sábanas de su cama, otro lugar en los que no podía engañarse a sí misma salvo cuando iba acompañada de alguna desconocida con la que podía ser como quisiera ser, el sueño la venció en cuestión de segundos…

No dejaba de besar ese hermoso cuello mientras apretaba fuertemente su cuerpo contra la espalda de la chica de la discoteca. Sin embargo, el rostro no era el de ella sino el de su prima, que forcejeaba para que la soltara… Susana se despertó maldiciéndose a sí misma, no entendía cómo había sido capaz de forzar a su fallecida prima aunque fuera en sueños. Se odió a sí misma durante toda la semana por sentir placer ante la forma en que se oponía a sus caricias.

[…]

Amaneció un lunes nublado que presagiaba una buena tormenta de mediodía. Llevó el coche al taller y tenía que pasar a recogerlo por la tarde, así que sin más, fue a coger el autobús para llegar al trabajo lo menos tarde posible. “No creo que echen mucho de menos a una simple teleoperadora”, pensó, “de todos modos pienso dejarlo, y buscar algo en condiciones. ¡Esto no es vida!”.

La tormenta se adelantó mucho más de lo que predijo el tiempo y comenzó a chispear cuando llevaba cinco minutos sentada junto a la ventana. De todos modos, Susana no se dio cuenta porque estaba embebida en sus pensamientos, “esto es lo que odio del autobús, te hace pensar más todavía. Debería haber cogido un libro”.

En el preciso momento en el que se acordaba que no tenía ningún libro en casa interesante, apareció una chica por la puerta totalmente cubierta de agua y con las gafas empañadas. En cuanto encontró un sitio sacó un libro y se dispuso a leer. Susana se dio cuenta de la intensidad de la lluvia en ese momento y sin darse cuenta fijó sus ojos en el cuello de la lectora, que se sentó dos asientos delante de ella. Vio que el libro que sujetaba entre sus manos trataba sobre quiromancia y luego se fijó en ese corte de pelo… tardó un tiempo, debido a las gafas que llevaba, en darse cuenta que se trataba de la chica con la que estuvo hablando en la discoteca. Estuvo tentada de decirle algo, incluso de contarle el sueño que tuvo, puesto que parecía ser algo mística debido al libro que leía, pero Susana nunca había creído en el destino ni nada que se le pareciera, así que no se lo pensó dos veces a la hora de etiquetarla como “bruja loca”…pero, la bruja sabía su nombre, ¿no?

En esos momentos, la chica fue a bajarse del autobús y Susana fue rápida en darse cuenta que se dejaba el libro. Esta vez no se lo pensó dos veces, “basta de pensar” se dijo, y cogió el libro y se bajó del autobús en un abrir y cerrar de ojos. Pero al bajar, la chica ya no estaba, y en medio de la lluvia comenzó a buscarla sin parar. “Dios, un paraguas no me vendría nada mal”. Comenzó a correr hasta llegar a una esquina y cuando la torció vio una muchedumbre de gente cubiertas con paraguas, por lo que se dio cuenta de que existía gente más precavida que ella, pero ya no sabía cómo buscarla puesto que no podía divisar el cuello con el que había soñado bajo los colores apagados que cubrían a todas esas personas que procuraban no mojarse.

Cuando se dio la vuelta ya rendida con su propósito, se encontró con una tienda de magia. “Valiente mamarrachada es esta tienda”, y entonces fue cuando su objetivo salió por la puerta.

-         Entra Susana, que te vas a empapar.

El fuerte olor a incienso la descongestionó de pies a cabeza y agradeció mucho el café que le ofreció la que parecía ser la dueña de la tienda.

-         ¿Cómo sabes mi nombre?- no quería entretenerse en las presentaciones típicas, porque le parecía que la chica de pelo corto se merecía mucho más, a pesar de que llevara una tienda de magia. Sin embargo, no fue muy educada al hacer una pregunta tan directa.

-         Ya veo que no vienes sólo a darme el libro.

Pero por qué le resultaba tan familiar esa mujer… no fue capaz de articular palabra, sólo le devolvió el libro mientras se ruborizaba. No se había dado cuenta de lo atractiva que resultaba ser a pesar de no ser especialmente guapa.

-         ¿Tú crees en el destino?

“Vamos a ver, ¿me he metido en un libro de Harry Potter sin saberlo o qué? Lo que yo pensaba, una bruja loca que se cree Dumbledore. Mejor será que huya como agua que lleva el río”. Pero ya no podía parar la atracción que comenzaba a sentir, era la primera vez que una mujer la dejaba sin palabras.

-         Esto… más bien no… es decir, ni creo ni dejo de creer… a ver… quizás crea en las casualidades.- Al fin y al cabo, en las últimas dos semanas se había topado con demasiadas casualidades gracias a ella.- ¿tú sí?- añadió.

-         ¡Claro que no! Pero es un mundo apasionante, ¿no te parece?

Estaba deseando que hiciera el favor de explicarle por qué sabía su nombre o por lo menos que tuviera el detalle de presentarse porque ardía en deseos de poder nombrarla de alguna manera.

-         Bueno, me llamo Patricia, ¿con eso no te digo nada?

-         ¡Caramba! ¿Ahora lees la mente?

-         ¿Cómo?- la mueca que hizo dejó entrever unas hermosas facciones.

-         Nada, nada…

“Susana, deja de meter la pata, y no intentes sacar tus armas para ligar porque con la bruja loca no van a funcionar ni de coña”

- Verás, te conozco porque era la mejor amiga de tu prima desde que éramos unos retacos. Evidentemente, no me extraña que no te acuerdes porque entonces tú eras muy pequeña, pero ya era evidente tu obsesión hacia ella.

Entonces se le vino a la mente una imagen en la que su prima se peleaba con una morena de pelo largísimo por quitarle el ken para tener un novio para su barbie, y rápidamente Susana le daba el suyo para no ver a su prima llorar.

-         Es curioso que nos peleáramos por un hombre, aunque fuera un muñeco.- dijo con la voz temblorosa porque cualquier recuerdo de su prima la hacía estremecerse de un dolor muy profundo, como si guardara un secreto que nunca llegó a confesar.

-         No te preocupes, ella no murió sin saberlo, ya me encargué yo de hacérselo saber. Y en mi opinión confundiste el amor con una infantil obsesión por un ídolo que duró hasta tu adolescencia.

-         ¿Cómo te atreves a decir lo que sentía o dejaba de sentir por ella?

-         Porque te conozco mejor de lo que te imaginas.

-         Ya, ahora eres el Oráculo.

-         Simplemente, me pasé muchos años observándote.

Susana se puso de pie y ojeó algunos de los libros que había en las viejas estanterías. Todos trataban sobre hadas, vampiros, licántropos… y se dio cuenta de que estaba en la sección de “seres legendarios”.

-         Si quieres te presto alguno…

-         No tengo interés, gracias.

-         Qué pena, así no tendré excusa para volver a verte.

A Susana ya no le podían temblar más las piernas, ya no era la primera vez que una mujer la dejaba callada, sino la primera vez que era tan directa para expresar el deseo de una cita.

- ¿De veras no crees en el destino o las casualidades?- consiguió decir Susana en voz alta y con la cara de color tomate tras vencer el mar de pensamientos en el que se encontraba.

Recibió una negación con la cabeza, así que para intentar conseguir dejarla callada aunque fuera una vez, y ya de paso continuar el coqueteo, le dijo:

-         ¿Y cómo explicas entonces que viniera a buscarte para devolverte el libro?

-         Me lo dejé queriendo porque sabía que vendrías.

“¡Gol!” sonó en la mente de Susana. Desde luego, la bruja loca estaba consiguiendo aumentar su interés hacia ella por momentos.

-         Desde luego, no creo que seas como pareces ser.

-         Nadie es como parece ser hasta que se encuentra solo porque no encuentra a nadie a quien engañar.

Susana ardió en deseos de llegar a la capacidad de no engañarla a ella. Patricia no era una más de tantas, ni se merecía que la encasillaran. Sintió que se merecía ser con ella tal y como es. Se sintió arrogante por un momento al pensar que sería como regalarle algo que Patricia en ningún instante se negó en ofrecerle.

-         ¡Me llevo este!- dijo señalando a un libro que trataba sobre hadas.

-         Buena elección.- dijo la dueña de la tienda, pero Susana quiso pensar que se refería a elegir un libro para tener algo que devolverle.

Cuando Susana salió del local, feliz por saber que su prima murió conociendo sus sentimientos hacia ella y con la esperanza de volver a aquella “mamarrachada” de tienda, como la definió al principio, se despidió diciendo:

-         Por cierto, me gustaría que me llamaras Susan.

-         Y a mi podrías llamarme “bruja loca”, como hacen todos los de este barrio.- y desplegó una enorme y bonita sonrisa.

 

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