Oigo pasos al otro lado de mis reflejos. Creo escuchar cuatro, no… creo que son tres pares de pies. Uno de ellos son pasos débiles, tienen miedo y la acompañan otros más seguros. Unos terceros están bajando unas escaleras. Pero hay alguien más. Sí, hay otra persona que conozco a la que no consigo escuchar.
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Sandra señaló una puerta situada entre dos de las columnas de aquella sala clásica e intentó explicarle a Paula que detrás de ella había un cuarto de espejos.
- Estos espejos son portales. En cada uno de ellos habitan almas de personas que han quedado retenidas entre ambos lados de los reflejos de cada mundo. Un mundo es el nuestro, el otro su continuación.
- ¿Quieres decir que cuando morimos traspasamos los espejos? – preguntó Paula.
- No, quiero decir que los que no encuentran el camino, quedan retenidos en ellos porque no saben donde continúa su sino: si en este lado o en el otro.
- No sé si quiero entrar ahí… – decía en voz baja a Sandra mientras ésta la cogía de la mano y tiraba de ella, a la vez que abría de un pequeño empujón la puerta de la sala de los espejos.
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Patricia seguía bajando cada peldaño con majestuosa seguridad en sí misma, y cada escalón nuevo que pisaba parecía iluminar su contorno con una luz tenue, como si de un reflejo se tratara. Susana la seguía embelesada y notaba cómo iban disminuyendo poco a poco los grados de temperatura en la escala Celsius.
- ¿Recuerdas lo que te conté sobre la sala de los espejos? – le preguntó Patricia.
- Sí.
- Pues la vas a conocer.
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Dos puertas opuestas se han abierto y cerrado al unísono. Las he oído lejanas, están lejos de mí. Tres personas se acercan y una de ellas me está buscando. Grita mi nombre con una voz que me trae recuerdos de la infancia. Empiezo a correr de un portal a otro, buscando esa voz desesperadamente mientras le grito a pesar de no escuchar sonido alguno que emerja de mi boca. Ni siquiera noto las cuerdas vocales vibrar, estoy muda. Perdida. De repente, distingo, a través de lo que parece ser un velo de papel celofán, una sombra de mujer. La reconozco. Es Susan, mi Susan. Sigue teniendo el mismo pelo oscuro, largo y rizado, y a pesar del tiempo, del que no soy consciente, que ha pasado, sigue teniendo los mismos ojos de tristeza de la última vez que nos vimos, sólo que esta vez tienen mil preguntas escondidas.
[…]
Susana no supo hacer otra cosa que pegarse al espejo y comenzar a dar puñetazos mientras gritaba el nombre de “Elena”, pero era imposible romper el cristal por más que lo intentara. Patricia le sugirió que dejara de intentarlo, que no podían oírse la una a la otra. Era mejor calmarse.
Elena, que por primera vez encontraba a alguien conocido en su eterna búsqueda en un lugar que no conocía y del que no entendía su ser, se sentía impotente al no poder comunicarle a su prima que verdaderamente la quiso a pesar de los 14 años que contaban cuando pasaban incontables horas juntas. Necesitaba decirle que finalmente pudo volver a enamorarse de un chico que hizo todo lo posible para que volvieran a encontrarse las dos. Pero no pudo más que gesticular poniendo una mano en su corazón y la otra en el velo de celofán intentando sujetar la de su prima.
Susana consiguió leer en los labios de Elena las palabras “te quise de verdad”, repetidas una y otra vez, mientras lágrimas intermitentes surcaban sus mejillas. Trató de cogerle la mano y decirle que le agradó cuando le dijeron que su amada prima había rehecho su vida con otra persona. Aunque verdaderamente fue una noticia agridulce: agria por no haber podido ser ella, y dulce porque sabía en el fondo de su ser que su prima había muerto siendo feliz.
[…] - Te quise de verdad, te quise de verdad, te quise de verdad…No puedo dejar de repetírselo por cada lágrima suya que veo caer de sus ojos. Tanto tiempo deseando decírselo y ahora no tengo voz, ni ella puede escucharme. Pero creo que me ha entendido, porque en este lado en el que estoy yo por fin le veo a él, me está tendiendo la mano para que me guíe a encontrar el camino los dos juntos.Adiós Susan, nos volveremos a ver. Procura ser feliz.
[…]
Susana pudo distinguir en la profundidad del espejo al chico que vio conversar con Patricia el día que la encontró en la discoteca. Era el novio de Elena.
Patricia reparó en la presencia de las otras dos chicas: Paula y Sandra; de modo que supo que no le quedaba mucho tiempo, ahora era ella la que tenía que pasar al otro lado de los espejos.
- Escúchame Susan, tu prima por fin ha encontrado su camino. Estaba tan perdida como sus palabras y por eso no os podíais oír. A mi no me queda mucho aquí y tengo que volver al otro lado.
- Patricia, no entiendo nada de esto.
- Tranquila, ellas te lo explicarán. Cuídate.
Fue entonces cuando Patricia desplegó toda la luz que parecía estar envolviéndola y atravesó uno de los espejos mientras Susana no paraba de pedirle que no la abandonase ella también, que no podría aguantar volver a estar sola en un mundo que le parecía lleno de autómatas sin sentido, y lo que es peor aún, que ella se sentía una de ellos.
Sandra y Paula acudieron a recoger a Susana cuando ésta amenazaba con desplomarse en el suelo.
[…]
Cuando volvió a abrir los ojos distinguió a una chica con la cabeza rapada y a una rubia que reconoció al poco tiempo como una de sus “cielo”. Tras una taza de café bien caliente, ambas le fueron aclarando todo lo que había pasado y contestando a sus preguntas.
Sandra fue la primera en empezar a hablar. Le contó que su prima había quedado encerrada en los espejos porque todavía le quedaba por cumplir la misión de decirle que la quiso con toda la sinceridad del mundo, lo que se vio truncado por un accidente de coche en el que también murieron Patricia y Juan, el novio de Elena, justo cuando habían conseguido la dirección del domicilio de Susana. Sin embargo, y a diferencia de Elena, Patricia y Juan sí consiguieron salir de los espejos a este lado, nuestro mundo, para buscarte.
- La verdad es que nuestro don de poder ver a los espíritus les ayudó mucho.- añadió Paula.
- El chico que vi en la barra de la discoteca cuando conocí a Patricia era el novio de Elena, ¿verdad?
- Sí, se llama Juan – dijo Sandra.
- Esa noche en la que me dejaste tirada…- volvió a matizar Paula.
- Sí, pero gracias a eso te conocí, cariño – dijo Sandra a su novia, que se ruborizaba discretamente
Continuaron explicándole que Patricia, que consiguió poder viajar de unos espejos a otros para entretenerse burlándose de los vecinos que durante tantos años la habían llamado bruja loca, una noche descubrió en paños menores y en actitud íntima y cariñosa a Sandra y Paula. La mayor sorpresa fue que ambas podían verla.
- Al igual que tú podías verla a ella.
- Creo que la cabeza vuelve a darme vueltas…
En ese momento, en el espejo que quedaba al frente de la cama de la habitación donde Susana durmió la borrachera de una noche pasada, apareció Patricia, y esta vez las que adoptaron cara de asombro fueron Paula y Sandra.
- Pero, ¿no se suponía que ya habías pasado al otro lado?- dijo Paula
- Parece ser que todavía me falta una misión por terminar.
Cuando Patricia salió del espejo Susana por fin comprendió por qué los vecinos la tomaban por la nueva “bruja loca” del barrio ya que seguramente la habrán creído ver hablando sola con alguien mientras ella a quien se dirigía era a Patricia.
- Querida Susan, – comenzó a decir el espíritu de Patricia – no te preocupes por tu prima, porque ya conseguido pasar junto con Juan al otro lado. Lo único que necesitaba era decirte lo que tanto deseaba. Yo tenía que ayudarla, pero aparte de eso, necesitaba encontrar a las chicas que debían heredar la tienda. Más que por la tienda, es por el pasadizo que conduce a la sala de los espejos. Verás, sois las guardianas de la sala de los espejos, y aparte de custodiarla, vuestra misión es procurar que los espíritus perdidos dentro de ellos consigan encontrar su camino. Yo estaré un tiempo con vosotras, vigilándoos desde los espejos y asegurándome de que aprendéis y lleváis bien vuestro oficio.
[…]
Susana estaba embebida en un libro sentada junto a la caja registradora mientras Paula y Sandra se dedicaban tiernos arrumacos escondidas por las estanterías de la tienda de magia.
- ¿Podéis estaros quietas durante un ratito? De verdad que parecéis niñas de 15 años.
- Necesitas a alguien que te dé amor, Susan. – dijo Sandra, que para ese día eligió un traje de chaqueta color azul oscuro con corbata para ir a dar sus clases en la Universidad.
- ¿Me está dando consejos la “Mortadela” en versión bollera?
- Anda cari, vamos a ordenar los libros. – dijo Paula intentando poner paz.
Susana siguió enfrascada en su libro mientras esperaba ansiosa la visita de algún cliente. Les había costado mucho trabajo a las tres poner orden en esa tienda desde que Patricia se fue a “vivir” a los espejos y todavía no conseguían hacer la caja suficiente como para mantener la tienda, y todas estaban deseando dejar de ser pluriempleadas.
Cuando apartó los ojos del libro para comprobar que la feliz parejita estaba haciendo algo más que regalarse besos, descubrió a una joven que vestía un vestido largo color naranja, muy llamativo al igual que sus enormes ojos verdes, que revisaba la estantería de los libros que trataban sobre predicciones.
- ¿Quieres dejar de mirarla como si fuera una aparición mariana y acercarte a ella? – le dijo Sandra mientras le daba un sonoro palmetazo en la nuca.
- Voy a tener que colgar un timbre en la puerta para que cuando se abra y suene sepas que no es un espíritu quién entra – añadió Paula.
Cerró su libro, y con pasos algo torpes se dirigió a la chica que con tanta curiosidad buscaba algo en las viejas estanterías de la tienda.
- ¿Puedo ayudarte en algo?
- Mmmm….supongo que sí. Busco algo sobre lo de leer las manos.
- Ajá…estás buscando libros de quiromancia entonces. Aquí tienes uno que significó mucho para mí.
- ¿Sí? ¿Por qué? ¿Es cierto eso de que el futuro está escrito en la mano?
- Eso son pamplinas, solo es algo curioso. Para mí es especial porque me condujo a alguien muy importante.
- Vaya, entonces espero que me de algo de suerte a mi también. Me lo llevo.
- Seguro que sí. Bien, acompáñame a la caja si eres tan amable. – “al igual que hermosa” pensó Susana.
En ese momento, Paula apareció y le dijo a la joven que por ser su primera compra en la tienda, sería un regalo, pero que tendría que asegurar que volvería por allí. Desde luego Susan había perdido sus dotes para ligar con una chica guapa e interesante desde que vivía encerrada en los libros, y era necesario darle un empujoncito.
- Ah, pues muchas gracias, seguro que volveré. Bueno, yo me llamo Alicia.
- Yo soy Paula, aquella es Sandra, y a esta puedes llamarla bruja loca, como hacen todos los del barrio.
- Qué chistosa eres siempre.- dijo Susana, mientras acompañaba a la chica a la puerta de la tienda.
Al fondo de las estanterías y desde el espejo que colgaba de la pared, Patricia guiñaba un ojo a la parejita de enamoradas que disimulaba estar ordenando libros.
