Aquella noche se vistió con sus mejores galas, igual que cualquier viernes o sábado, los cuales la mayoría de las veces eran tan idénticos que nunca recordaba cuál había sido anterior al otro. Mientras se miraba al espejo para comprobar que su escote enseñaba lo justo y necesario para que no resultara obsceno pero sensualmente insinuante pensó, como todas esas noches de música, alcohol y encuentros fugaces, que esta vez iba a ser especial y se iba a comer el mundo en dos bocados.
Sin embargo, delante de un espejo vemos lo que queremos ver, por eso evitamos la mayoría de las veces mirarlo salvo cuando nos estamos poniendo guapos. Para Susana aquello era un ritual; la ducha y depilación y el cepillado de su pelo ocupaban casi toda la tarde, por lo que su cuerpo comenzaba a segregar feromonas mucho antes del cortejo de rigor en la discoteca. Cuando a su mente, sobre todo cada vez que observaba su rostro reflejado en el espejo, acudían pensamientos sobre que ese tipo de vida no es repleta, rápidamente se pintaba los labios para evitar que cualquier pensamiento “extravagante” le amargara la noche.
– Esto sólo es diversión sin ningún tipo de prejuicios…. Sí, ¿pero acaso esto es vida?
Que más le daban esas ideas si tenía el coche esperándola para ir a recoger a su amiga de turno y poner la música a todo volumen.
Cuando llegaron a un bar del centro de la ciudad, con aquella chica de la que no recordaba ni su nombre (tenía por regla llamarlas a todas como “cielo” y así no se arriesgaría a equivocarse nunca. Hubo una época en que las llamaba “nena”, hasta el día en que una hippie con demasiados ideales le dijo que jamás llamase a una mujer de forma tan despectiva), se sentaron en la mesa más cercana al cuarto del baño, por si en algún momento surgían pasiones infrenables. La verdad es que esa noche, Susana no estaba muy por la labor de repetir con aquella chica, pero volvió a quedar con ella por la insistencia que ésta demostraba con sus mensajes.
Sentadas en la mesa ofrecían una imagen muy peculiar ya que no eran capaces de encontrar una conversación fluida. Susana, alta y delgada, revelaba unos ojos muy oscuros tras el flequillo de su pelo largo y moreno, extremadamente rizado. Su piel no era pálida, pero contrastaba muchísimo con la “cielo” de esa noche, que era muy morena, pero de pelo rubio y con ojos demasiado maquillados, que además parecían irritados por el humo del bar al que ella contribuía sin parar de fumar.
El absoluto aburrimiento de Susana la animó a invitar a “cielo” a marcarse unos pasos de baile:
- Me parece una idea genial, Susan.
- No me llames Susan.- hasta ahora nadie la había vuelto a llamar de ese modo, excepto una prima suya a la que nunca se atrevió a confesar sus sentimientos, y que murió sin saberlo debido a un aparatoso accidente de coche.
El camino hacia la discoteca no fue muy divertido para ninguna de las dos. “Cielo” no paraba de decir cuál era su verdadero nombre, pero Susan parecía que no quería aprendérselo de ninguna de las maneras.
Al entrar por la puerta y tras saludar a los seguratas, ambas se quitaron sus abrigos para lucir sus escotes y Susan no paraba de observar a las chicas intentando recordar cuántas de ellas habían sido sus amantes en algún momento. Se sorprendió de ella misma cuando muchas veces no sabía exactamente si alguna que otra verdaderamente había compartido con ella cama o cuarto de baño. “A veces pienso que esto no es vida”, se dijo para sí.
Pero esa noche no iba a ser una noche cualquiera, no iba a resultar ser una noche que no recordaría o que no supiera en que día del almanaque colocar. Mientras “cielo” fue a pedir unas copas, Susan fijó su mirada en una chica que estaba sentada en la esquina de la barra del bar. Hablaba alegremente con el camarero y dejaba al descubierto su largo cuello gracias a su corte de pelo. No era necesariamente guapa, pero los enormes ojos verdes que Susan descubrió al acercarse a ella la sorprendieron muchísimo:
- Me resultas familiar.- El comentario fue formulado casi sin darse cuenta, como si un poderoso imán la hubiese hecho acercarse a ella, dar un paso tras otro y mover los labios mientras hacía vibrar sus cuerdas vocales.
- ¿Es esto una nueva forma de ligar?-dijo alegremente, como si fuera el comentario hubiese resultado sumamente curioso.
La “cielo” apareció de pronto y se llevó a Susan fuertemente agarrada dejando tras de sí el hiriente comentario de “bollo machorra, esta preciosidad viene conmigo”. Susan no le gustó nada la equiparación entre pelo corto y machorra (de todos modos, siempre había odiado la estupidez que tienen muchas al discriminar a las lesbianas masculinas), por lo que dio un fuerte tirón y se deshizo de la rubia rápidamente.
- Ya no voy contigo, cielo.
- Te repito que me llamo…
- Déjame en paz, ¿quieres?
Cuando su ligue se esfumó por la puerta de la discoteca tras derramar los cubatas, puesto que era evidente que o se los tomaba con Susan o nadie les iba a dar el más mínimo sorbo, la chica de pelo corto añadió:
- Deberías ser más cuidadosa con los ligues, a veces son impredecibles. A ella desde luego le gustabas, pero… eso no es vida, ¿no crees?
- ¿De veras que no te conozco?
- Es posible que me hayas visto en alguna ocasión.- dijo mientras recogía su bolso y se despedía del camarero para irse.
- Seguramente de verte por aquí, ¿no?
- Te recomiendo encarecidamente que cambies de aires, Susana.
Se quedó con la boca abierta, ¿cómo sabía su nombre? Desde luego no era tan popular en el ambiente, pero le había ofendido tanto que se otorgara la capacidad de darle consejos que la dejó irse sin más. Durante unos segundos pensó en seguirla a donde fuera, pero no quería dar a entender que pretendía ligar con ella por una simple curiosidad, al fin y al cabo allí había muchas chicas con las que olvidar anécdotas estúpidas.
[…]
Llegó al piso muerta del cansancio y con una pizca de embriaguez, que no había llegado a los niveles tan altos de otras noches debido al sudor que en esos momentos le provocaba un escalofrío al evaporarse de su piel. Cuando se resguardó bajo las sábanas de su cama, otro lugar en los que no podía engañarse a sí misma salvo cuando iba acompañada de alguna desconocida con la que podía ser como quisiera ser, el sueño la venció en cuestión de segundos…
No dejaba de besar ese hermoso cuello mientras apretaba fuertemente su cuerpo contra la espalda de la chica de la discoteca. Sin embargo, el rostro no era el de ella sino el de su prima, que forcejeaba para que la soltara… Susana se despertó maldiciéndose a sí misma, no entendía cómo había sido capaz de forzar a su fallecida prima aunque fuera en sueños. Se odió a sí misma durante toda la semana por sentir placer ante la forma en que se oponía a sus caricias.
[…]
Amaneció un lunes nublado que presagiaba una buena tormenta de mediodía. Llevó el coche al taller y tenía que pasar a recogerlo por la tarde, así que sin más, fue a coger el autobús para llegar al trabajo lo menos tarde posible. “No creo que echen mucho de menos a una simple teleoperadora”, pensó, “de todos modos pienso dejarlo, y buscar algo en condiciones. ¡Esto no es vida!”.
La tormenta se adelantó mucho más de lo que predijo el tiempo y comenzó a chispear cuando llevaba cinco minutos sentada junto a la ventana. De todos modos, Susana no se dio cuenta porque estaba embebida en sus pensamientos, “esto es lo que odio del autobús, te hace pensar más todavía. Debería haber cogido un libro”.
En el preciso momento en el que se acordaba que no tenía ningún libro en casa interesante, apareció una chica por la puerta totalmente cubierta de agua y con las gafas empañadas. En cuanto encontró un sitio sacó un libro y se dispuso a leer. Susana se dio cuenta de la intensidad de la lluvia en ese momento y sin darse cuenta fijó sus ojos en el cuello de la lectora, que se sentó dos asientos delante de ella. Vio que el libro que sujetaba entre sus manos trataba sobre quiromancia y luego se fijó en ese corte de pelo… tardó un tiempo, debido a las gafas que llevaba, en darse cuenta que se trataba de la chica con la que estuvo hablando en la discoteca. Estuvo tentada de decirle algo, incluso de contarle el sueño que tuvo, puesto que parecía ser algo mística debido al libro que leía, pero Susana nunca había creído en el destino ni nada que se le pareciera, así que no se lo pensó dos veces a la hora de etiquetarla como “bruja loca”…pero, la bruja sabía su nombre, ¿no?
En esos momentos, la chica fue a bajarse del autobús y Susana fue rápida en darse cuenta que se dejaba el libro. Esta vez no se lo pensó dos veces, “basta de pensar” se dijo, y cogió el libro y se bajó del autobús en un abrir y cerrar de ojos. Pero al bajar, la chica ya no estaba, y en medio de la lluvia comenzó a buscarla sin parar. “Dios, un paraguas no me vendría nada mal”. Comenzó a correr hasta llegar a una esquina y cuando la torció vio una muchedumbre de gente cubiertas con paraguas, por lo que se dio cuenta de que existía gente más precavida que ella, pero ya no sabía cómo buscarla puesto que no podía divisar el cuello con el que había soñado bajo los colores apagados que cubrían a todas esas personas que procuraban no mojarse.
Cuando se dio la vuelta ya rendida con su propósito, se encontró con una tienda de magia. “Valiente mamarrachada es esta tienda”, y entonces fue cuando su objetivo salió por la puerta.
- Entra Susana, que te vas a empapar.
El fuerte olor a incienso la descongestionó de pies a cabeza y agradeció mucho el café que le ofreció la que parecía ser la dueña de la tienda.
- ¿Cómo sabes mi nombre?- no quería entretenerse en las presentaciones típicas, porque le parecía que la chica de pelo corto se merecía mucho más, a pesar de que llevara una tienda de magia. Sin embargo, no fue muy educada al hacer una pregunta tan directa.
- Ya veo que no vienes sólo a darme el libro.
Pero por qué le resultaba tan familiar esa mujer… no fue capaz de articular palabra, sólo le devolvió el libro mientras se ruborizaba. No se había dado cuenta de lo atractiva que resultaba ser a pesar de no ser especialmente guapa.
- ¿Tú crees en el destino?
“Vamos a ver, ¿me he metido en un libro de Harry Potter sin saberlo o qué? Lo que yo pensaba, una bruja loca que se cree Dumbledore. Mejor será que huya como agua que lleva el río”. Pero ya no podía parar la atracción que comenzaba a sentir, era la primera vez que una mujer la dejaba sin palabras.
- Esto… más bien no… es decir, ni creo ni dejo de creer… a ver… quizás crea en las casualidades.- Al fin y al cabo, en las últimas dos semanas se había topado con demasiadas casualidades gracias a ella.- ¿tú sí?- añadió.
- ¡Claro que no! Pero es un mundo apasionante, ¿no te parece?
Estaba deseando que hiciera el favor de explicarle por qué sabía su nombre o por lo menos que tuviera el detalle de presentarse porque ardía en deseos de poder nombrarla de alguna manera.
- Bueno, me llamo Patricia, ¿con eso no te digo nada?
- ¡Caramba! ¿Ahora lees la mente?
- ¿Cómo?- la mueca que hizo dejó entrever unas hermosas facciones.
- Nada, nada…
“Susana, deja de meter la pata, y no intentes sacar tus armas para ligar porque con la bruja loca no van a funcionar ni de coña”
- Verás, te conozco porque era la mejor amiga de tu prima desde que éramos unos retacos. Evidentemente, no me extraña que no te acuerdes porque entonces tú eras muy pequeña, pero ya era evidente tu obsesión hacia ella.
Entonces se le vino a la mente una imagen en la que su prima se peleaba con una morena de pelo largísimo por quitarle el ken para tener un novio para su barbie, y rápidamente Susana le daba el suyo para no ver a su prima llorar.
- Es curioso que nos peleáramos por un hombre, aunque fuera un muñeco.- dijo con la voz temblorosa porque cualquier recuerdo de su prima la hacía estremecerse de un dolor muy profundo, como si guardara un secreto que nunca llegó a confesar.
- No te preocupes, ella no murió sin saberlo, ya me encargué yo de hacérselo saber. Y en mi opinión confundiste el amor con una infantil obsesión por un ídolo que duró hasta tu adolescencia.
- ¿Cómo te atreves a decir lo que sentía o dejaba de sentir por ella?
- Porque te conozco mejor de lo que te imaginas.
- Ya, ahora eres el Oráculo.
- Simplemente, me pasé muchos años observándote.
Susana se puso de pie y ojeó algunos de los libros que había en las viejas estanterías. Todos trataban sobre hadas, vampiros, licántropos… y se dio cuenta de que estaba en la sección de “seres legendarios”.
- Si quieres te presto alguno…
- No tengo interés, gracias.
- Qué pena, así no tendré excusa para volver a verte.
A Susana ya no le podían temblar más las piernas, ya no era la primera vez que una mujer la dejaba callada, sino la primera vez que era tan directa para expresar el deseo de una cita.
- ¿De veras no crees en el destino o las casualidades?- consiguió decir Susana en voz alta y con la cara de color tomate tras vencer el mar de pensamientos en el que se encontraba.
Recibió una negación con la cabeza, así que para intentar conseguir dejarla callada aunque fuera una vez, y ya de paso continuar el coqueteo, le dijo:
- ¿Y cómo explicas entonces que viniera a buscarte para devolverte el libro?
- Me lo dejé queriendo porque sabía que vendrías.
“¡Gol!” sonó en la mente de Susana. Desde luego, la bruja loca estaba consiguiendo aumentar su interés hacia ella por momentos.
- Desde luego, no creo que seas como pareces ser.
- Nadie es como parece ser hasta que se encuentra solo porque no encuentra a nadie a quien engañar.
Susana ardió en deseos de llegar a la capacidad de no engañarla a ella. Patricia no era una más de tantas, ni se merecía que la encasillaran. Sintió que se merecía ser con ella tal y como es. Se sintió arrogante por un momento al pensar que sería como regalarle algo que Patricia en ningún instante se negó en ofrecerle.
- ¡Me llevo este!- dijo señalando a un libro que trataba sobre hadas.
- Buena elección.- dijo la dueña de la tienda, pero Susana quiso pensar que se refería a elegir un libro para tener algo que devolverle.
Cuando Susana salió del local, feliz por saber que su prima murió conociendo sus sentimientos hacia ella y con la esperanza de volver a aquella “mamarrachada” de tienda, como la definió al principio, se despidió diciendo:
- Por cierto, me gustaría que me llamaras Susan.
- Y a mi podrías llamarme “bruja loca”, como hacen todos los de este barrio.- y desplegó una enorme y bonita sonrisa.
