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Deseando Amar

Octubre 6, 2006 · 5 comentarios

Despechada y completamente indignada, Paula salió por la puerta de la discoteca con la minifalda manchada de whisky y el rímel corriendo como un río diluido sobre sus mejillas.

            “¿Tan difícil es recordar mi nombre? Es bastante común”, pensó… Pero ella no se habría conformado con que su acompañante recordara su nombre. No se habría conformado hasta, por lo menos, tener la ilusión de que la amasen aunque fuese por una noche, aunque fuese mentira y solo deseara un cuerpo envuelto con el mejor papel de regalo.

            De camino a la parada de taxis, una chica con el pelo muy largo y recogido en una alta cola de caballo se paró para preguntarle si sabía dónde se encontraba una discoteca. Precisamente la misma de donde había salido ella.

-         Ay chica, viéndote así se me quitan las ganas de ir a currar esta noche en ese sitio. Anímate un poco mujer.

-         No es necesario que te preocupes por mí…

-         …Sandra.- terminó la frase la desconocida.

-         ¿Qué?

-         Me llamo Sandra. ¿Y tu?

-         Supongo que puedes llamarme “cielo”

-         Jajajajaja. Una mala noche ¿verdad?- y desplegó la mejor de sus sonrisas.

-         Te repito que no es necesario que te preocupes por mí.

-         En tal caso no lo haré, si es lo que me estás pidiendo.

Paula siguió andando en busca de un taxi, pero pensó que la parada quedaba demasiado lejos. “Si es lo que me estás pidiendo…”. En realidad estaba pidiendo a gritos que se preocuparan por ella, que la adorasen, que la hiciesen sentir importante, porque comenzaba a pensar que nunca nadie se enamoraría de ella, o al menos, tanto como ella se enamoró alguna vez.

Entró en el cuarto de baño de un pub para secarse un poco las lágrimas y quitarse un poco el olor a alcohol con el botecito de colonia que siempre llevaba en el bolso. Se miró al espejo. “Con esta cara nadie me va a querer nunca, nadie se va a preocupar por mí. Sólo desconocidas que lo dicen por cumplir”.

Y salió de nuevo, a portazo limpio, de otro lugar de marcha. Esta vez sus pies no iban buscando un taxi, iban buscando una salvación, una ilusión, una mentira de la que alimentarse, buscaban un pelo largo recogido en una cola de caballo. Se dirigía de nuevo a la discoteca que cinco minutos antes juró no volver a pisar jamás.

A las cuatro de la madrugada volvió a pagar la entrada de ese “antro de baile”. Sólo había una muchedumbre de jóvenes bailando al ritmo de la música estridente que inundaba la sala. Un enjambre de abejas hormonadas y perfumadas en exceso que se debatían entre movimientos sinuosos, luciéndose para ser elegidos como carne de cañón esa noche.

Y en medio de la jauría de lobos, una plataforma coronada por un cuerpo escultural emergía de entre el centenar de cabezas bailonas y sudorosas. Un cuerpo trabajado a base de gimnasio y dieta sana rematado en una hermosa cola de caballo que se balanceaba con un estilo sutil.

“ Es la gogó…” Paula nunca entendería porqué las bailarinas de discoteca tenían ese nombre, pero se acercó a ella sin poder evitarlo, abriéndose paso entre los cuerpos, llevada por la música y por una atracción más poderosa que un imán.

Sandra la vió y bajó despacio de la plataforma para ir a su encuentro, como un águila imperial a la caza de su presa. En silencio y de forma muy sutil, sin que nadie la advirtiera.

- Veo que no has podido resistirte a volver, cielo.

- Llámame Paula, por favor.

- Parece que vuelves siendo más cortés. Ven, sube aquí.

Antes de que pudiera decir que no, ya la había cogido del brazo y tirado de ella. Con firmeza, pero sin apretar. Con fuerza, pero con delicadeza. Le quitó el bolso y se lo entregó a un segurata para que lo sostuviese. Esa imagen encantó a la “presa”, harta como estaba de que los señores con traje de corbata y pinganillo en el oído la revisaran de arriba abajo cada vez que quería entrar en alguna discoteca.

- ¡Bailemos!

Y sumergidas en la música electrónica comenzaron una danza sinuosa, sincronizando las caderas la una con la otra, moviendo los brazos de forma psicodélica y dejando que el pelo les hiciera cosquillas. Se miraban fijamente. Observaban cada centímetro de piel… Los pómulos, el cuello, la cintura, los labios, los pechos… Mientras Sandra bajaba las manos por la espalda de su compañera de baile, Paula podía sentir escalofríos que le erizaban la piel, y apoyando su brazo en el hombro pensó “Esto es como hacer el amor”.

- Es el turno de mi compañera, tenemos que bajar.

Despertó de su ensoñación como si hubieran estado sumergidas en un hermoso sueño, abriendo los ojos de par en par con un brillo que decía “No puede ser”. Pero no tuvo más remedio que bajar detrás de Sandra, cogida de su mano mientras la llevaba hasta la barra del bar.

-         Me tengo que ir, pero ya sabes donde encontrarme.

-         ¿Tendré que pagar la entrada cada fin de semana para poder bailar media hora contigo?

-         Sólo si es lo que quieres, ven a buscarme.

Paula se fue a casa ofendidísima. Se desvistió frente al espejo, y al coger el camisón vió un borrón en la parte baja de la espalda. Se trataba de un número escrito de modo que pudiera leerse perfectamente al ser reflejado…

- “seis”, “cinco”… ¡Es un número de teléfono!

Y así era. Sandra había aprovechado el embelesamiento de Paula durante el baile para pedirle que fuera a buscarla sin decirle directamente la forma en que prefería que lo hiciera. De un modo felino, le fue bajando las manos por la espalda y haciendo amago de lo que eran cosquillas distrajo a su víctima, dejando que disfrutara de la sensación de tener los pelos de punta. Le había dejado algo que podría llevarlas al reencuentro. “Sólo si es lo que quieres, ven a buscarme”.

 

[...]

 

- Dichoso espejo… ¿Qué imagen vas a devolverme hoy?- pensaba Paula a la mañana siguiente, tras una noche de sueño ligero debido a los efectos del alcohol.

Se miró frente a frente, y en el marco del espejo vió el papel en el que había escrito el número de teléfono de la chica que había conocido la noche anterior. Cuando volvió a mirar su reflejo, se encontró decididamente más hermosa y atractiva.

Y así, comenzó a peinarse su rubia cabellera, se lavó la cara con cuidado y se echó cremas para disimular las ojeras. Cambió su pijama de algodón por un fino camisón largo de color burdeos, de seda, y se dispuso a coger el teléfono inalámbrico de la habitación… Y es que Paula no se estaba dando cuenta de que sólo se había arreglado para hablar por teléfono a pesar de que su interlocutora no podría verla. Tenía muy claro que la belleza no sólo se transmite por imágenes.

Sonó el descolgar del móvil, y se sorprendió al oir un ruido terrible de fondo, como de una taladradora:

-         ¿Sí?

-         ¿Sandra?

-         ¿Paula?

-         Sí, soy Paula. ¿Estás cerca de las obras del metro? Te oigo fatal.

-         Sí, estoy ahí, espera un segundo…

-         […]

-         ¿Me oyes mejor?- esta vez resonaba eco al otro lado del auricular.

-         Sí, te oigo estupendamente. ¿Te has metido en unas catacumbas o algo?- dijo Paula sorprendida.

-         Jajajaja, más o menos. Bueno, cuéntame. ¿Qué llevas puesto?

Evidentemente, esa pregunta no era de las que la rubia tenía preparadas para responder, y se sonrojó tanto que apenas pudo articular palabra.

-         Pues… esto… me acabo de levantar… así que…

-         Vaya, me había ilusionado que te pusieras guapa para hablar conmigo.

-         ¡Llevo el camisón!- las mejillas le ardían como a unos cincuenta grados, y no podía explicarse qué es lo que la llevó a decírselo.

-         Eso está mejor. Muchas gracias por llamarme, me gustaría verte esta tarde en el lugar en que nos conocimos.

-         Bueno, está bien.

 

[…]

 

Las ocho en punto y Paula sentada en un banco de aquella plaza junto a la discoteca. Mucha gente iba y venía puesto que la estación de autobuses estaba justo al lado, y por más que se esforzaba en descubrir a la protagonista de su cita, no lograba vislumbrar la hermosa cola de caballo que recordaba.

Una mano le dio unos leves toquecitos en el hombro y Paula giró la cara emocionada… pero su decepción no pudo ser más grande. En lugar de a Sandra, vio a una chica rapada que vestía de color negro. Llevaba mifidalda, medias de rejilla y botas militares… en resumen, ¡un horror (a los ojos de Paula)!

-         ¿No me reconoces?

Paula creía que iba a romper a llorar…

-         ¡Ay, Dios mío!

-         Jajajaja, decepciono, ¿eh?

-         No mujer, no digas eso…- mentira piadosa, que lo llaman.

-         Jajajaja… seguro que eres de las típicas lesbianas femeninas que discriminan a las masculinas.

-         ¿No sabes hacer otra cosa que reirte de mí? Creéme que yo podría reirme de tí, motivos no me faltan.

-         Por fin sacas tu genio. Me encanta.

Paula no pudo morderse la lengua y le preguntó cómo era posible que cambiara tanto de la noche a la mañana (con peluca incluída). La respuesta que recibió la sorprendió.

-         Porque la apariencia lo único que dice de nosotros es precisamente lo que deseamos ser, no lo que somos de verdad. Así que me da igual vestirme de negro, de rojo, o ponerme una peluca u orejeras de color rosa.

-         Yo pensaba precisamente lo contrario, pensaba que el estilo es un reflejo de nuestra personalidad.

-         Claro, ¿como mirarse en un espejo? Ni siquiera la imagen de los espejos es fiable, porque ahí también nos vemos como deseamos vernos. Sin embargo, tú eres muy transparente. Se te nota a leguas las ganas que tienes de amar a alguien.

De nuevo, Paula volvió a sentirse desnuda frente a ella. Apretó los puños sobre sus rodillas y agachó la cabeza, sin saber qué decir. No supo hacer otra cosa que atacar.

-         Pero nunca me enamoraré de alguien como tú.

Sandra, decidida, la agarró por la barbilla y le levantó suavemente la cabeza, obligándola a mirarla a los ojos. Le dijo serenamente:

-     Eso está por ver…

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