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Entradas clasificadas como ‘Cap3: “Ghost (I)”’

GHOST (I)

Febrero 7, 2007 · 10 comentarios

 

            Recuerdo cómo pude ver desde el cielo la calle cortada, el coche despeñado por el arcén y los cuerpos de mi novio y mi mejor amiga tumbados boca abajo en la carretera. Vi cómo cerraban las cremalleras de las bolsas donde los metieron y los llevaban a la ambulancia. Sin embargo, no pude ver mi propio cuerpo. No sé dónde acabó ni dónde terminé de morir: dentro del coche, en la carretera o quizás en el hospital. Simplemente, sentí caerme al vacío y cerré los ojos.             Cuando los volví a abrir, estaba rodeada de mi misma por todas partes. Réplicas de mi imagen se repetían en cada ángulo de visión de este extraño lugar. A veces me veo recién nacida, otras veces con dos años o con la edad con la que creo que morí. Pero nunca veo a nadie más, ni a mis padres, ni amigos, ni a mi novio. No los encuentro por ninguna parte, pero todavía no me he cansado de buscarlos. 

[…]

 

-         ¿Qué tal has dormido Susan?

-         Mmmmmmm… – la luz del día le impedía abrir bien los ojos.

-         Será mejor que te laves la carita, hoy tenemos mucho trabajo.

-         ¿Sabes Patricia? eres la primera mujer con la que no ha pasado absolutamente nada tras haber dormido con ella toda la noche en la misma cama.

-         Con la borrachera que cogiste anoche no hubieses estado muy divina.- sonrió arqueando una ceja, intentando dejar bien claro que ni en sueños hubiese conseguido nada con ella.

Susana se levantó de la cama y notó como si la habitación hubiese dado el salto con ella. “Sólo a mi se me ocurre emborracharme un domingo” pensó mientras intentaba abrocharse los vaqueros. Cuando Patricia volvió a entrar, la pilló medio desnuda todavía y Susana aprovechó para mirarla libidinosamente.

-         ¿Quieres dejar de intentar seducirme?

-         Chica, deberías darte una alegría al cuerpo. Eso no le hace mal a nadie, ni siquiera a las brujas como tú.

-         Las brujas como yo somos espirituales, no tan terrenales y pecaminosas.

-         Dios mío, ¡ahora hablas como una monja!- dijo Susana tras sacarle la lengua.

-         Que no te sirva de precedente el haberte quedado a dormir aquí.

-         ¿De precedente de qué? ¿eh, pillina?

Y es que hasta la paciente Patricia perdía los nervios con Susana. Sin embargo, todavía tenía una misión que cumplir con ella, y aunque le estaba costando la misma vida adentrarla en el mundo de  lo “psicoespiritual” cada vez le cogía más cariño a esa diablilla con cara angelical y pasado sumamente triste.

Cuando bajaron a la tienda de magia, que estaba justo debajo del piso donde “vivía” Patricia y donde pasaba la mayor parte de las horas del día, tuvieron que ahuyentar a un par de críos que intentaban accionar la alarma de incendios quemando papel tras la verja metálica de la entrada.

Pasada la aventura, Susan empezó a maldecir contra el sexo masculino. Siempre aprovechaba cualquier ocasión para hacerlo. Pero se quedó callada tras decir Patricia que los niños son “bombas con patas” a los que hay que dejarles libertad para que nunca dejen de soñar con cosas fantásticas.

-         Tía, tú flipas cada día más. Si te llegan a incendiar la entrada o el local entero, es posible que el seguro no pudiese cubrirlo.

-         Mi queridísima Susan, en ese caso, tú hubieses estado a mi lado y nos hubiésemos hecho más amigas que nunca.

-         ¿Quieres decir que hubiésemos sido amantes?

-         Quiero decir, mi querida mente simple, que todos los actos tienen sus consecuencias, y que siempre traen consecuencias agradables y algunas detestables. Lo único que sucede, es que la mayoría de los terrestres se deprimen tanto por las malas, que se olvidan de las buenas.

-         Gracias por otro de tus sabios consejos, maestra jedi.

-         De nada, joven padawana.

 

Y así solían ser los días entre Susana y Patricia. Jamás comenzaron ningún idilio amoroso ni pasional (y no porque Susana no lo intentara). Pasaban los días atendiendo a los pocos clientes que se atrevían a entrar en la tienda y, entretanto, Patricia intentaba enseñarle a su compañera lo poco que decía saber sobre el mundo y lo que está fuera de él. Susana muchas veces se perdía y se ponía a pensar en otras cosas, como por ejemplo en cómo haría Patricia para subsistir si la tienda apenas daba dinero, siquiera para pagarle el sueldo. Y es que desde que Susana firmara el contrato (que más que nada lo hizo por el morbo que le daba tener una jefa que estuviese tan buena), lo que menos se imaginaba es que Patricia lo que intentaba era prepararla para una serie de acontecimientos difíciles de comprender para alguien tan simplona y tan centrada en el sexo como Susan. Pero en el fondo, la jefaza (como le gustaba llamarla) sabía que su aprendiz y contratada cada día aprendía más sin darse cuenta y que, poco a poco, conseguía sacar a la luz la complejidad de su alma y sentimientos que tan poco le gustaba hacer ver.

 

 

[…]

 

            A veces, cuando estoy cansada de buscar, recuerdo todo mi pasado. Recuerdo el lugar en que nos dimos el primer beso en el colegio, y recuerdo cómo convertimos aquel rincón del gimnasio en nuestro escondite. Rodeadas por colchonetas, pelotas, telas de colores y demás chismes, nos dejábamos llevar por nuestros sentimientos. Olvidábamos que éramos parientes muy cercanas  y que teníamos 14 años, pero, sobre todo, olvidábamos que éramos dos chicas.            No recuerdo durante cuánto tiempo hicimos de aquel sitio nuestro paraíso a la vez que nos escondíamos del mundo y de miradas inquisidoras bajo el velo de que éramos primas y, por eso, nuestra complicidad.            Pero una tarde, todo se perdió…la misma tarde en que tropecé y me dañé las rodillas. La profesora me dijo que acudiera al botiquín y nos dio permiso para ir juntas, pero ambas fuimos muy descuidadas. Durante mucho tiempo tuvimos cien ojos, pero debimos haber tenido mil más.            Sí, el botiquín estaba en nuestro escondite.            Sí, tardamos más de la cuenta.            La profesora, supongo que preocupada por nuestra tardanza, fue a buscarnos y  nos descubrió. 

            Todo lo que vino después, se convirtió en una pesadilla. 

           

[…]

 

-         Me gustaría llevarte al sitio donde estoy trabajando ahora.- dijo Sandra, sabiendo perfectamente lo que le respondería su novia.

-         ¡Qué vergüenza!- dijeron las dos a la vez.

Aquella mañana Sandra se había vestido con unos pantalones cortos color beige y una camiseta blanca, además, llevaba un gorro de pescador, lo que en conjunto hacía parecer que había salido de la película de Parque Jurásico. Paula había conseguido adaptarse a sus constantes cambios de imagen e incluso llegaba a divertirle, por lo que alguna que otra vez le hacía compañía en ese juego y también se “disfrazaba” con ella.

-         No te preocupes por nada Paula, ahora no hay nadie allí porque la obra está cerrada, pero yo tengo llaves. Es un lugar precioso ya verás.

-         ¿Una obra? ¿eres obrera? Cada día descubro cosas más sorprendentes de ti.

 

[…]

 

 

Cuando lo supieron nuestros padres, los míos dijeron que eran cosas de niñas. Los de ella dijeron que nunca se lo hubiesen imaginado. Nuestras madres, incluso siendo hermanas, rompieron todo tipo de relación entre ellas.            Nos mudamos de ciudad y fui a parar a un colegio de monjas, y fue a partir de ahí cuando comencé a hacer todo lo que deseaban mis padres: Estudié lo que querían, me juntaba con chicos por las tardes  y tenía amigas que llevaban fotos de Brad Pitt en la carpeta, pero lo que no sabían es que yo respondía con doble ración, así que terminaba en la cama de casi todos esos chicos. Un cuerpo sólo es un cuerpo, no es lo mismo que entregar tu alma.            Pero un buen día, apareció él… 

 

             

[…]

           

-         Jefa…

-         Dime Susan.- respondió Patricia con la nariz metida en un libro de interpretación de los sueños.

-         ¿Puedo hacerte una pregunta personal?

-         Poder puedes, que yo responda es otra cosa.

-         Bueno…ahí va…ejem… ¿yo a ti no te gusto? ¿ni siquiera un poquito?

Patricia, estaba ya algo cansada de los innumerables intentos de Susana, pero esta vez la notó verdaderamente triste, así que fue lo más sutil que pudo en su respuesta:

-         Eres una persona muy interesante, pero nunca lo he pensado de ese modo.

-         Qué elegante eres siempre.- sentenció Susana.

 

[…]

 

Él no era compañero de clase, ni amigo de ninguna amiga, ni nada por el estilo. Simplemente lo conocí en la parada de autobús. Yo iba a la facultad, y todavía no sé hacia dónde se dirigía él. Todo empezó porque le pregunté si hacia mucho que había pasado el último autobús, y él respondió que eso nunca se sabía.

            Aquella tarde no fui a clase. Nos quedamos en un bar tomando café y hablando hasta bien entrada la noche. Cuando nos despedimos no hizo falta preguntarnos ningún número de teléfono ni dirección porque sabíamos dónde nos encontraríamos la próxima vez: a la misma hora y en la misma parada. Ir a coger el autobús se convirtió, desde entonces, en una ilusión.

            Y poco a poco empezamos a salir…            A mis padres les encantaba aquel chico y a mi cada día me hacía sentir la persona más afortunada del mundo. No tuve ningún secreto para él, incluso llegué a contarle todos los sentimientos que sentimos mi prima y yo. Y para mayor sorpresa de todas, él respondió de un modo totalmente inesperado:            - Creo que lo mejor será es que busquemos a tu prima. Tenéis que veros y cerrar las heridas.            Nos llevó dos meses dar con su paradero. Pedí a mi mejor amiga que fuese a casa de mis tíos a preguntar por ella con la excusa de que era una antigua compañera de clase. Sus padres no fueron nada esclarecedores, sólo le dijeron que se había independizado y que no sabían exactamente donde vivía porque cambiaba cada dos por tres de domicilio, ya que vivía de alquiler en alquiler. Ni siquiera tenían un móvil de contacto. Lo único que pudimos sacar de ellos es que mi prima se dedicaba todos los fines de semana a salir de discoteca en “zonas de esas de la gente como ella”.            No me extrañó para nada que se hubiese convertido en una juerguista, siempre tuvo muchísimas ganas de divertirse. 

[…]

 

            Paula no se decidía a bajar las escaleras. La oscuridad del final le asustaba y no paraban de sudarle las manos de lo fuertemente apretadas que las tenía. No entendía muy bien qué hacían en una boca de metro recién abierta y rodeada de albañiles gritándoles lo bien que había elegido Sandra a su nueva “amiga”.

-         Para tu tranquilidad – dijo Sandra sujetándole finamente las manos, – te diré que trabajo aquí porque necesitaban una arqueóloga.

-         ¿pero no eras profesora en
la Universidad?

-         Sí, pero estos cazurros cuando encuentran alguna vasija me llaman para que la retire. La última vez me llamaron porque encontraron un búcaro que creían que era de los romanos.

-         ¡Ah! Y te encargaste de que no lo destrozaran y lo llevaste a un museo.- dijo Paula orgullosa de ella misma.

-         Bueno, la verdad es que no creo que en un museo le den mucha importancia a un búcaro de hace veinte años.

Las risas consiguieron relajar un poco a Paula, y se adentraron en el túnel. Una vez dejados lejos de los oídos los comentarios de los obreros, Sandra abrió una segunda puerta y dejó al descubierto las vísceras que esconde la ciudad bajo tierra:

Una enorme sala llena de columnas dispuestas de dos en dos llenaban un amplio espacio atenuado con una luz anarajanda que embellecía aún más el aspecto ruinoso y algo polvoriento del lugar.

-         Se supone que son restos de una sala de reunión de edad Clásica.

-         Es increíble…- dijo Paula algo sobrecogida por la inmensidad que transmitían las columnas.

-         Aunque yo pienso que esto se utilizaba para otra cosa.

-         ¡No me irás a contar historias de espíritus!

En aquel momento la mirada de Sandra era más brillante y cariñosa de lo habitual, incluso Paula creyó percibir miedo en sus ojos, y por primera vez fue ésta la que protegió y tranquilizó a la siempre madura profesora de Universidad.

 

[…]

 

            Cuando mi mejor amiga llegó a contactar con una de las acompañantes de actividades nocturnas de mi prima, consiguió sonsacarle la dirección exacta de mi prima a base de invitaciones alcohólicas y un sutil juego de filtreo.            A la mañana siguiente ya estábamos los tres metidos en el coche en su busca. 

[…]

 

-         Susana, saca la nariz de ese libro de interpretación de sueños.

-         Espera un momento, estoy intentando saber qué significa haber soñado que has besado a tu jefa.

-         Si el beso era corto, es que la respetas, si el beso era largo es que la deseas. Pero lo más seguro es que en tu sueño luego la jefa te hubiese dado un bofetón, como pienso hacer ahora si no vienes conmigo al sótano. Creo que ya estás preparada.

Susana, ni corta ni perezosa, bajó de su banco de un salto. No entendía nada de lo que Patricia le estaba diciendo con eso de estar preparada, pero ya estaba acostumbrada a ese tipo de cosas tan “psicodélicas” y había cogido por costumbre seguirla sin rechistar, porque tarde o temprano sabía que tendría que darle la razón en muchas cosas de las que hablaban.

-         Verás Patricia, he estado pensando…

-         Eso es algo, cuanto menos, sorprendente.- respondió girando suavemente la cabeza hacia su empleada a la vez que iba bajando las escaleras mientras intentaba no tropezar con la falda larga levantándola delicadamente con la mano derecha.

-         En serio. Creo que el destino lo describe nuestros propios impulsos.

-         ¿y cómo has llegado a esa conclusión?

-         Porque no puedo evitar estar siguiéndote siempre. No por destino, sino porque hay algo que me empuja a ti.

Esta vez Patricia la dejó seguir hablando, sabía que no se trataba de ningún piropo barato.

-         Hay algo en ti que me hace sentir cada vez más cerca de mi prima.

Hubo un momento de silencio que a Patricia la pilló desprevenida, y por primera vez en mucho tiempo tardó en tener una respuesta adecuada:

-         Me alegro de que por fin hayas sido capaz de nombrarla sin problemas- definitivamente está preparada, pensó Patricia para sí.

           

           

 

 

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