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La tormenta Cap.12: Dos cucharitas de problemas y una taza de chocolate.

Enero 4, 2009 · 25 comentarios

NOTA: Porque os lo prometí, porque sigo viva y porque os lo mereceis. Espero que podais disfrutar de estas poquitas paginas hasta que pueda subir lo que continua.Muchas gracias a tod@s por el apoyo^^

Del camino de vuelta a casa, a penas recuerdo nada…De hecho, en estos instantes sólo soy capaz de recordar una imagen: los profundos ojos de Raquel.

En medio sólo hay un barullo de imágenes y sonidos. La ciudad pasando a toda velocidad, los labios de Raquel susurrando sus miedos más profundos, su mirada diciendo que me quiere…

Apenas soy consciente de su beso de despedida algo casto y sutil en mi mejilla su promesa de que al día siguiente nos veríamos de nuevo, cuando ya estoy en el salón de casa y la mirada de mi madre rompe por completo este cuento de hadas.

  • ¡Beatriz!

Tiene las manos en las caderas y el hecho de que diga mi nombre completo y el tono que ha utilizado no presagia nada bueno…¿Qué ha pasado?

  • ¿Me puedes explicar que has hecho?

  • ¿Qué?

  • Me han llamado del instituto.

Balbuceo un par de palabras antes de caerme de golpe de mi nube. De pronto me vienen a la mente todo lo que ha paso estos tres últimos días…Y me doy cuenta de que estaba teniendo demasiada suerte esquivando a mi madre.

Un escalofrío me recorre la espalda al imaginar todos los posibles motivos de esa llamada: los padres de Vanesa están enfadados porque su hija tiene la cara hecha un puzzle…¡O peor aún! Están aún más cabreados porque una bollera le ha dejado la cara hecha un puzzle.

Mi primera reacción es reírme, pero de pronto caigo en la cuenta…¿Cuanto sabe mi madre de todo esto?

  • ¿Y bien jovencita?- su pie se mueve dando golpecitos nerviosos contra el suelo.

  • Yo…No se- balbuceo y un nuevo escalofrío me recorre la espalda. Pero esta vez, se debe a que estoy completamente empapada. Mi madre también parece darse cuenta porque cambia su expresión dura por otra más preocupada.

  • Bea… ¿Ha pasado algo?

Antes de que responda corre al cuarto de baño por unas toallas y me obliga a secarme el pelo y a cambiarme de ropa.

Intento pensar en una excusa, pero mi mente está en completa ebullición en esos instantes y para cuando vuelvo al salón, hay una taza de chocolate caliente esperándome en la mesa y mi madre girando uno de sus anillos entre los dedos.

Me mira seria.

  • Prefiero que me lo cuentes tú antes de que me entere por cualquiera de tus profesores.

Miro el chocolate humeante…Vamos Bea, es ahora o nunca.

  • Tuve…Tuve un problema con una compañera de clase.

  • ¿Qué ocurrió?

  • Ella…Ella me insultó y yo…le pegué- mi madre permaneció con el semblante serio- Se que quizás no debí reaccionar así…pero…pero

  • ¿Por qué no me lo has contado antes?- parecía dolida

  • Lo siento mamá pero es que últimamente he estado algo…descolocada.

Quizás no era la palabra más adecuada, pero tenía que medir mis palabras. Porque si no, mi madre tiraría de la cuerda para llegar al fondo del asunto y sacaría a relucir muchas cosas para las que no estaba preparada y de las que aún no estaba muy segura.

  • Sabes que puedes contarme cualquier cosa ¿No?

  • Si por supuesto- Y a pesar de que le sonreí me sentía como una rastrera mentirosa. Pero mi madre no se dio por vencida.

  • ¿Y dices que te insultó?¿Por qué?

Y sin saberlo, había dado en el clavo.

Improvisa Bea…Improvisa.

  • Es Vanesa. Me la tiene jurada desde que entramos en el instituto.

  • ¿Vanesa?¡Pero si en el cole os llevabais genial!¿Qué ha pasado?

  • No lo se- Y realmente no lo sabía- Pero siempre está buscándome las cosquillas, sacándome de quicio. Y supongo…supongo que el otro día no pude aguantar más.

  • ¿Qué te dijo para hacerte enfadar tanto?

Por un momento me sentí como un delincuente en una sala de interrogatorio, con el foco de luz en plena cara y a punto de confesar.

  • No lo se…- dije con esfuerzo- Supongo que ya estaba harta y cualquier comentario amargo de los suyos me hizo explotar.

¡Mentirosa!¡Mentirosa! Gritaba mi mente. Y a pesar de la mirada poco convencida de mi madre, mi cobardía pudo más.

  • Bea, cariño ¿Estás segura de que no pasa nada más?

Se que en esos momentos, mi madre hubiese preferido que le contase que pertenecía a una banda callejera y que vendía droga en la puerta del instituto a que me quedara callada. Pero como una gallina solo fui capaz de negar con la cabeza en completo silencio

  • De acuerdo- dijo dándose por vencida, aunque desde luego no estaba convencida- Tengo que irme a trabajar…¿Tendrás problemas con Cristina? Raquel no vuelve hasta mañana.

La sola mención de su nombre me aceleró el pulso.

  • Vete tranquila.

Sin decir una palabra más, recogió sus cosas me dio un beso en el pelo y salió por la puerta con su paraguas rojo. Nada más oír el cierre de la puerta hundí la cabeza entre mis manos.

¿Es que esto no acabaría nunca?

Lo que yo no sabía es que no era la única que estaba mintiendo.

Lo que no sabía es que mi madre no iba a trabajar y que aquella llamada la había preocupado más de lo que dejaba entrever.

Lo que no esperaba es que diez minutos más tarde mi madre estaría llamando aún nerviosa, a la puerta del despacho de mi tutor, con el que había concertado una cita.

Lo que no imaginaba es que aquella conversación sería trascendental en la vida de ambas.

  • Adelante- la voz de Manu sonó amortiguada a través de la puerta.

Una cabeza pelirroja asomó tras el hueco de la puerta.

  • Hola ¿Es usted Manuel Rodriguez? ¿El tutor de 1º?

  • Si soy yo- Manu intentaba poner en orden unas cajas esparcidas por el despacho, completamente lleno de papeles- Pero llámeme Manu…Manuel Rodriguez hace que me sienta como mi padre- rió mientras dejaba una pesada caja en el suelo a lo que ella se acercó a ayudarle- ¡No, no se preocupe!- comentó levantando la vista y encontrándose de lleno con unos ojos verdes – Disculpe el desorden…¿Es usted la madre de Beatriz verdad?

Ella asintió ligeramente con la cabeza.

  • Si. Me llamo Rosa.

  • Desde luego…el parecido es…increíble- murmuró a medida que se colocaba las gafas que habían resbalado por el puente de su nariz. Beatriz y su madre eran muy parecidas…a excepción de los ojos. No recordaba de que color los tenia Bea, pero no los recordaba tan claros como los de su madre- Encantado- dijo tendiéndole la mano.

Lo primero que Rosa pensó es que hacía mucho que no le estrechaba la mano a nadie y aunque apenas duró unos instantes, le reconfortó la firmeza de aquel gesto y de aquellas manos en concreto.

  • Siéntese por favor.

Mientras Manu bordeaba su mesa para sentarse, esquivando cajas y ficheros en el proceso, Rosa aún estaba sumergida en sus pensamientos. Le había pillado tan de sorpresa todo este asunto y al mismo tiempo era algo que llevaba temiendo desde hace un tiempo y no sabía que esperar.

  • Bien- Manu tomo una gran bocanada de aire y la miró fijamente. -Ya le comenté el motivo de esta reunión.

  • La verdad es que estoy… sorprendida- Fue lo único que atinó a decir.

  • Si le digo la verdad, yo también.

La confidencialidad del tono la hizo mirarle sorprendido.

  • Verá, su hija no es de las que se mete en líos. Beatriz siempre ha sido muy buena estudiante. Se lleva bien con los compañeros, se la ve interesada en lo que estudia. Algunos alumnos sólo vienen a pasear los libros…¿No se si me entiende? Ella es muy imaginativa- sonrió al recordar lo del calendario- En resumidas. No es una chica problemática.

Casi sin darse cuenta, Rosa soltó todo el aire que había estado reteniendo desde que Manu había empezado a hablar. No es que pensara que su hija era una delincuente ni nada parecido, pero muy en el fondo temía que Bea le hubiese ocultado demasiadas cosas.

  • Cuando me llamó…me dijo que hubo una pelea…- su tono de voz se fue apagando.

  • No quise asustarla, de veras. No fue exactamente una pelea de lucha libre…¿Beatriz le ha contado algo?

  • Si- una vez más hizo girar el anillo entre sus dedos como hacía cada vez que estaba preocupada- Me dijo que se había peleado con una compañera. Vanesa- aclaró- Se conocen desde el colegio.

  • ¿Le dijo por qué?

  • Si…Bueno, no. No exactamente. Me dijo que la insultó…Pero mi hija no va por ahí poniendo ojos morados por unas palabras, no….No se que pensar. Ni siquiera sabía que ahora se llevaban mal- sus ojos se volvieron algo acuosos- Parece que las cosas han cambiado mucho y yo no me he enterado…¿Qué más no se de mi propia hija?- una lágrima rebelde escapó por su mejilla- Disculpe.

Con manos nerviosas, intentó buscar un pañuelo en el bolso, pero su pulso no la ayudaba demasiado. No podía creer que realmente se estuviese derrumbando delante de un extraño. De pronto una voz suave se coló en sus neblinos pensamientos.

  • No se disculpe- con la mirada nerviosa, Manu le tendía una caja de pañuelos- Debería verme en el cine cuando mi hermana me obligó a ver una de esas horribles películas ñoñas…Al final acabé llorando como una fuente…Es bueno llorar un poco para desahogarse. No se corte- dijo tendiéndole una vez más la caja de pañuelos.

Rosa sonrió.

  • Aunque eso está mejor- Manu sonrió haciendo sus ojo empequeñecer tras el cristal de sus gafas- Yo no tengo hijos, pero entiendo que debe ser complicado verlos crecer. Se hacen mayores, se creen más independientes…Es duro…Créame, yo tengo 40 fierecillas a mi cargo y sólo los veo dos horas al día¡¡ y ya es muy duro!!

Rosa no pudo evitarlo y estalló en una sonora carcajada liberando parte de la tensión acumulada. Manu sonrió satisfecho. Desde luego que madre e hija se parecían, pero no pudo evitar pensar que había algo juvenil escondido en aquella risa.

Rosa le miró con los ojos aún brillantes, mezcla de la carcajada y las lágrimas.

  • Gracias.

Una mirada que duró más de lo profesionalmente permitido, le recordó a Manu que debía volver a su silla.

  • Verá. No he recibido aún ninguna queja de los padres de la otra alumna, pero me gustaría hablar también con ellos.

  • Entiendo.

  • Se que su hija no empezó la pelea o al menos eso he oído. No creo que sea justo que Beatriz se lleve todas las culpas en este asunto.

  • ¿Van a castigarla…o algo?- preguntó muy seria.

  • No lo veo necesario. Ya están en el instituto y aunque no siempre se comporten como tal, los alumnos y los padres nos exigen que los tratemos como adultos. Confío bastante en ella como para resolver este asunto de una forma “adulta”. No creo que tengamos que hacer un mundo de esta historia ¿no le parece?

  • Supongo que si. Creo que Bea lo entenderá así también.

  • Bien.

Manu desvió la mirada al montón de papeles sobre su mesa y se planteó si debía seguir con esta conversación.

  • Hay…hay algo que me gustaría preguntarle- dijo ella mirando fijamente el anillo.

  • ¿Qué?

  • ¿Usted sabe por qué le pegó?

El montón de papeles debía esperar. Esta era la señal que estaba esperando.

  • No hago más que pensar que tuvo que ser algo muy grave para que Bea reaccionara así- continuó ella- Y Bea no parece querer decírmelo.

Manu se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Se acercaba una conversación delicada y no sabía como plantearle el asunto.

  • Verá…Rosa ¿Puedo llamarla así?- ella asintió- Los institutos son como los patios de vecinos. Todos los rumores corren, pero al igual que en un patio de vecinos, nunca debes creerte todo lo que se dice. Porque hay gente con maldad o simplemente las historias se distorsionan…Lo que quiero decir es que deberían hablar con ella.

  • ¿Deberían?- preguntó sorprendida.

  • Si…usted y su marido- Manu la miraba sin entender.

  • No…- ella negó ligeramente con la cabeza y con una sonrisa triste- el padre de Bea murió hace una año aproximadamente.

  • Lo siento mucho- dijo casi avergonzado.

  • No es culpa suya. No lo sabía….- Un pequeño silencio se instaló entre ambos- ¿Qué me quería decir?

  • Lo que intentaba decirle es que…debería hablar con su hija. Porque ella es la que sabe realmente lo que paso. No se deje engañar por otras historias.

  • ¿Y si no quiere contármelo?

  • No pierde nada por intentarlo…Quizás necesite un tiempo para poner las cosas en orden. Como ya le dije, Beatriz es una chica muy madura. Déle tiempo, verá como al final no es tan grave y ella misma se lo explica.

Rosa suspiró resignada. No le quedaba otra y la verdad, se moría de ganas de que su hija confiara en ella para contárselo. Por muy tonto que fuera.

  • Bueno, si no hay ningún problema más, debo volver al trabajo- dijo ella- Muchas gracias por todo.

  • No gracias a usted por venir- dijo sonriéndole- No todos los padres se preocupan por las vidas de sus hijos fuera de casa.

La acompañó hasta la puerta.

  • Ya sabe que si quiere comentar alguna cosa más, sólo tiene que llamarme.

  • Gracias, en serio. Por los pañuelos- dijo en broma- Y por la charla…Es difícil hacerlo sola.

No estaba hablando de la charla, ni de Bea, ni de nada en concreto. O quizás era todo a la vez.

  • No se preocupe. Lo está haciendo muy bien.

Cuando Manu cerró la puerta una sensación muy agradable quedó en la mente de ambos.

********************************************************************************

Miércoles por la mañana.

Día siguiente a lo que, probablemente, fuese el acontecimiento mas importante del año, de mi adolescencia y de mi vida.

Nada de lo que pudiese ocurrir conseguiría bajarme de la maravillosa nube en la que estaba flotando…Bueno, excepto lo que paso el día siguiente cuando el mundo decidió que era momento de empezar a girar en dirección contraria.

Para empezar, las fotos ya habían llegado a las manos de Manu. Al parecer, Raquel había hecho una selección de las mejores de cada grupo. Toda la clase estaba revolucionada buscándose en las fotos y sorprendiéndose de lo bien que habían salido.

  • ¡Wow!- escuche a mis espaldas- Yo quiero esto en la pared de mi cuarto.

Al girarme me encontré con Luis sosteniendo la foto en la que salíamos Helena y yo en camisa, mientras movía las cejas sugerentemente.

Prácticamente, se la arranqué de las manos, más sorprendida que avergonzada…Porque, francamente, habíamos salido muy bien. O Raquel era muy buena haciendo fotos o la chica que yo llevaba viendo 17 años en el espejo era mi gemela malvada… ( Eso sin añadir que Helena estaba perfecta, como siempre)

Todo el mundo parecía muy satisfecho con sus fotos ¡Incluso Vanesa! (La cual no se digno ni siquiera a mirarme en toda la mañana). Después de 20 minutos de griteríos y discusión, las cosas quedaron así:

Enero: Un grupito de chicas de la clase habían posado con unos gorros de lana, guantes de lana y unas largas bufandas de lana….¡¡Y nada más!! Claro que la foto era de cintura para arriba y las bufandas estaban colocadas estratégicamente. En mi mente pedí un aplauso para las abuelas que habían hecho posible esa foto tejiendo esas largas bufandas con intenciones mucho más “practicas”.

Febrero: Cuatro chicas y tres chicos posando con máscaras del carnaval veneciano, regalo de no-se-quien en su visita a-no.se-donde. Da igual, estaban geniales.

Marzo: Al final nos pusieron a Helena y a mi en ese mes. Según ellos, estabamos muy “primaverales”

Abril: Tres chicas en bañador colgando unos trajes de flamenca en una cuerda de tender.¡¡que folkloricos somos cuando queremos!

Mayo: Dos chicos (no hacia falta ser hetero para ver lo increíblemente buenos que estaban) echándose una botella de agua por encima (muy a lo Brian de queer as Folk) El efecto de las gotas de agua y la ropa mojada I-N-C-R-E-I-B-L-E.

Junio: Aquí venía el grupo de Luis, donde los chicos iban de colegiales ( con la camisa abierta o sólo con la corbata) y las chicas en plan colegiala sexy.

Julio: En esta foto, Raquel había echo algo muy curioso. Los dos chicos y las dos chicas de la foto llevaban vaqueros rajados y pañuelos al cuello. Raquel había dejado toda la foto en blanco y solo había resaltado en rojo algunos detalles de la foto, como los pañuelos o los labios de las chicas.

Agosto: El más explicito de todos….Dos chicas lamiendo un polo de fresa. Quien quiera pensar inocentemente…adelante.

Septiembre: Este estaba muy gracioso. Haciendo una alegoría a los exámenes de septiembre una chica y un chico, ambos en bañador, hacían como que estudiaban entre montañas de libros.

Octubre: Como no…Halloween. Una chica de bruja sexy, un demonio y una vampira que despertaría a un muerto de lo buena que estaba.

Noviembre: Aquí acabó la famosa foto de Vanesa (¡Nos mata si no la ponemos!). Vanesa-Caperucita rodeada de lobos. A pesar de todo tenía que reconocer que había quedado muy bien.

Diciembre: Un grupo de chicos de chaqueta y chicas con traje de noche dignos de una pasarela con copas de champán despidiendo el año.

Quizás no eran las fotos más originales del mundo, pero eran nuestras fotos y nos sentíamos increíblemente orgullosos de ellas. De hecho, no se habló de otra cosa en el instituto en toda la mañana. Fuimos la comidilla de todo el bachillerato.

Tan absorbida estaba, que apenas noté que había llegado a casa y que el tan ansiado momento casi había llegado. Vería de nuevo a Raquel…

….Y en ese momento, me inunda el pánico. Porque el sonido del timbre resuena en mi cabeza como una alarma y siento que la cabeza me va a estallar de un momento a otro.

La puerta se abre y por un momento creo que el latido de mi corazón retumba en las paredes de la casa tan fuerte como lo hace contra mis venas.

Ahí está Raquel, casco en mano, mirada vidriosa e infinitamente tormentosa.

Y por un instante dudo.

No se si correr y arrojarme en sus brazos es una buena idea. Si pareceré muy desesperada. O si sería más prudente esperar a que mi madre salga de casa para hacer la primera locura que se me pase por la cabeza. Raquel me mira con la misma intensidad que una tormenta a punto de desatarse.

  • ¿Puedo hablar contigo un instante?- mi madre rompe la magia del momento acercándose a Raquel y agarrándola ligeramente de la chaqueta.

Su mirada se desvía de mí con nerviosismo y asiente. Las oigo murmurar a través de la puerta de la cocina, algo que me parece de muy mala educación. Pero el enfado desaparece de un plumazo cuando a la despedida de mi madre en la puerta le sigue el inconfundible sonido al cerrarse.

Pero justo cuando voy a hacer o decir algo digno de mención, Raquel se me adelanta:

  • Voy a ver a tu hermana. Ahora bajo.

Y lo que ocurre en las próximas cinco horas carece completamente de sentido para mi.

A las tres en punto me siento a comer. Treinta minutos sintiéndola respirar al otro lado de la mesa. Parece que vaya a decir algo pero en el último minuto se arrepiente.

A las cuatro y veinte la ignoro en la cocina, mientras Raquel anuncia que ya no queda leche. Y esa es la frase más larga que escucho esa tarde.

A las cinco, suena el teléfono, y nos cruzamos en el pasillo, Raquel con las manos en los bolsillos y yo con la cabeza baja.

A las siete menos diez creo oírla hablar con mi hermana o quizás es con ella misma. Una canción, dos palabrotas y un suspiro que se cuela por la puerta de mi cuarto.

A las ocho y media siento que el sofá se hunde bajo su peso, huelo su aroma y veo que coge el mando de la tele y cambia de canal sin inmutarse.

A las nueve menos cuarto, la puerta suena de nuevo. Mi madre nos saluda, nuestras miradas se encuentran y el tiempo se enrosca, estalla y no puedo más- Buenas noches, me voy a dormir.

A partir de ese momento, todo carece de sentido. Y casi sin darme cuenta, decido esperar a que ella de el primer paso.

Fingir que no ha pasado nada es un acto casi natural. Y mucho más fácil de lo que pensaba. He aprendido a controlar el rubor, respira hondo si me tiemblan las manos. Bajar los ojos cuando tropezamos…

A veces nos encontramos camino al baño, con sonrisas vergonzosas y otras veces, como ahora, coincidimos en la cocina y comenzamos una conversación. Cosas triviales a veces. Conversaciones largas sobre grupos de música, a mi gusto horrorosos, que Raquel suele escuchar o a veces, conversaciones cortas de a penas 10 minutos en las que le cuento brevemente mi día en el instituto…Y sin darnos cuenta, llevamos tres días jugando al mismo juego. Algo que se acerca peligrosamente al escondite pero con las normas algo cambiadas.

En este juego está permitido que hagamos de todo. Podríamos hablar de filosofía, del último ganador del festival de Cannes, podría contarle a Raquel mis pesadillas más profundas y hablar mal del hombre del tiempo. Correr por la casa haciendo una pelea de cojines o tomar chocolate caliente mientras vemos una película en la tele….Pero hay tres reglas en este juego que las dos tenemos prohibidas: hablar del padre de Raquel, hablar de lo que pasó el otro día y quedarnos calladas.

Y es que sin ni siquiera hablar de ello, ambas parecemos haber llegado a un acuerdo en el que nos obligamos a hablar, hablar y hablar, manteniendo nuestra mente ocupada y evitando los vacíos silenciosos entre nosotras…Porque en el momento que eso ocurra, muchas preguntas saldrán a relucir.

Porque me pregunto porqué no hemos hablado más de lo que pasó aquella tarde, porqué no hay besos robados cuando Raquel coge el casco de la moto y sale por la puerta de mi casa con un ligero “hasta mañana” y porqué no tenemos en esta misma cocina, un choque furtivo de bocas que se vapulean contra el fregadero llenos de platos…

Y no se si me da más miedo las preguntas o la posible respuesta.

Pero de pronto Raquel se ríe de mi último comentario y deja la taza de chocolate encima de la mesa de la cocina y al instante se gira hacia mí con los ojos aún llorosos por la risa y de pronto me percato del cambio.

Nuestro juego se ha transformado de golpe y porrazo.

Se puede contar hasta cien, hasta un millón o hasta el infinito, y la que se quede quieta será eliminada de inmediato.

Y Raquel ha infringido una de las reglas de nuestro juego. Por un breve espacio de tiempo se ha permitido no hacer nada y mirarme.

Y esa es nuestra penalización.

Mirarnos.

Y ahora solo queda una solución: correr.

Y aunque puedo hacerlo en dos direcciones, borro de mi mente de un plumazo la casilla de salida y corro de lleno hacia la línea de meta. Y Raquel debe haber visto esa determinación en mi mirada porque por unos instantes, parece sorprendida y finalmente asustada cuando le digo:

  • Tenemos que hablar.

Raquel mira de soslayo su taza, como si intentase buscar una excusa. Pero el cerebro se le ha fundido como el chocolate caliente y solo es capaz de murmurar un sutil:

  • De acuerdo.

El momento ha llegado y no se muy bien que voy a decir. Como el sonido de una campana a lo lejos, recuerdo el ensayo de algo frente al espejo. Un discurso elaborado que llevo practicando toda la semana, donde pido explicaciones y me comporto como la adula que se supone que soy. Pero todo desaparece en el momento que Raquel me mira con sus ojos eléctricos y exploto como una granada.

  • Raquel no se que está pasando…¡que nos está pasando!….¡¡Me estoy volviendo loca!! Empiezo a pensar que todo lo que ocurrió el otro día, tu padre, tus palabras, ¡hasta la lluvia! Eran mentira…que todo fue un sueño.

Había explotado.

Había dicho en voz alta las tres prohibiciones. Me había saltado las reglas y mi penalización iba a ser terrible.

La mirada de Raquel se volvió dura y oscura y su mirada parecía un navajazo bajo el flequillo.

Pero era nuestro maldito juego y nos inventamos las normas sobre la marcha y las normas pueden irse al infierno, cuando con la mirada le digo que me hable, que me explique. Que haga una única cosa.

Que explote conmigo.

Y lo hace.

Raquel calcula la distancia que nos separa y un par de pasos le bastan para borrar de un plumazo nuestros espacios personales y convertirlo en uno solo. Descarga su peso sobre mi y me besa sobre el frigorífico. Y lo que hace tres días fue lento y suave, hoy es rápido y furioso, una tetera hirviendo y explotando, un juego que no se porqué he empezado pero que me siento en la obligación de dirigir. Me siento como un pequeño torbellino ansioso, besos como disparos y demasiada prisa, como si quisiera recuperar un tiempo perdido. La beso porque tengo frió en mitad de ese mes de octubre y porque acabo de descubrir que eso que me abrasa la piel no es otra cosa que la mano de Raquel que de alguna manera se ha colado bajo tres capas de ropa, camiseta, camisa y chaqueta de lana. La otra mano me abarca el cuello y la mandíbula y a veces desaparece entre mis rizos largos y revueltos para volver después a la nuca en un ritmo frenético. Me abre los labios con la lengua, succiona y lame, hunde los dedos una vez más en mis mechones y se aprieta contra mí hasta que la siento gruñir y olvido mi nombre, que estoy en mitad de mi maldita cocina y que mi madre llegará de un momento a otro. Ahora sólo hay labios y lengua. Y más calor del que he sentido nunca.

Podría detenerla. Cortar el beso y escurrirme entre sus brazos con un solo movimiento, como llevamos haciendo estos tres días, desde que empezó todo. O podría dejarla. Seguir sin más y limitarme a sentir la textura rugosa de las lenguas que se devoran y se enroscan, se empujan y se hunden mientras los dedos serpentean y hierven sobre el cierre del sujetador.

Y es entonces cuando la realidad vuelve de golpe.

El sonido de una puerta al abrirse, probablemente la de la calle. Reconozco los pasos de mi madre por el salón. En la cocina huele a frustración y Raquel a chocolate y sudor, un animal salvaje que recupera el aliento con la frente apoyada sobre la mía. Tiene los ojos líquidos y me besa una vez más antes de salir con la camisa a medio abrochar, camino del salón.

Yo tardo un poco más en reaccionar. Cinco minutos o una eternidad, no estoy muy segura.

  • Raquel ¿Te quedas a cenar?- mi madre parece sorprendida al verla salir de la cocina, pero yo lo estoy más aún. Raquel debe ser la única persona capaz de salir de una cocina, con el pelo revuelto y dos botones de la blusa sueltos y seguir pareciendo perfectamente inocente.

Y de pronto ocurre y cuando quiero darme cuenta, el mundo ha seguido su curso sin ni siquiera pedirme permiso.

El tic- tac del reloj del salón, deja gotear el tiempo en segundos, que parecen durara más de la cuenta. Esta debe ser sin duda, la cena más larga de la historia de mi vida y sin embargo, todo parece claro y lleno de sentido, devastadoramente real.

Tengo frío y no tengo muy claro el por qué. Apenas llevo treinta minutos en la mesa oyendo a mi madre y a Raquel hablar de cosas que carecen de sentido para mi, como si las palabras fueran inconexas, como si mi mente estuviese a millones de años luz de ese preciso instante y mi mente me remitiera una y otra vez a la misma escena.

El chocolate. La cocina.

Hace exactamente veintisiete minutos que Raquel me besó, lento y sin aviso, tibio y profundo como el maldito chocolate que aún sigue en la taza. En la cocina.

Intento volver a la realidad, juro que lo intento, pero afuera sigue lloviendo despacio y aún no he abierto la boca en toda la cena. Raquel va a volverme loca. ¿Está jugando conmigo?

Soplo sobre la sopa humeante y siento los ojos desorbitados e incrédulos, como si de repente recibiese más información de la que mi cerebro es capaz de procesar. Y no se exactamente lo que ha cambiado, si todo sigue siendo igual que siempre.

El invierno. Raquel. El chocolate. El zumbido incesante en mi cabeza.

De pronto esa noche parece más real y más brillante cuando oigo a Raquel hacer un ruido con la silla al levantarse y despedirse porque realmente se le ha hecho tarde.

De pronto me despierto y me doy cuenta que hace unos diez minutos que mi madre trajo el postre y de que no me había dado ni cuenta. De lo que si me doy cuenta, por fin; es que todo es real.

El chocolate. La mesa a medio recoger. La lluvia.

Raquel.

Lo siento pero no te vas a escapar.

Y como un pequeño torbellino ansioso, las palabras escapan de mi boca antes de que pueda pensarlas:

  • ¡No te vayas!

Raquel me mira sorprendida, pero mi madre quizá aún más. Vale, no quería gritar, pero no he podido evitarlo. Busco una excusa rápida, pero mi cerebro parece de mermelada y las palabras se escapan como mantequilla fundida:

  • Eso que…dijiste que…teníamos que …lo que hablamos en la cocina antes…¿Te acuerdas?

La miro entre asustada y esperanzada, pero ni siquiera se como describir la expresión de Raquel. Me mira durante unos segundos, después a mi madre y después vuelve hacia mí. Es gracias a mi madre que le silencio se rompe:

  • ¡Claro! Haced lo que tengáis que hacer….Voy a…Recoger lo que queda en la mesa- Nos dedica media sonrisa y desaparece por la puerta de la cocina.

Sin pensarlo demasiado, agarro a Raquel de la mano y la arrastro escalera arriba. En mitad de la noche, ha llegado el momento de atravesar el pasillo a toda velocidad, abrir la puerta del cuarto, empujar a Raquel dentro sin ninguna explicación y enfrentarme a la realidad.

Llevo toda la maldita cena dándole vueltas, buscando argumentos y reuniendo fuerzas. Y voy a decírselo. ¡Vaya que si voy a decírselo! Con el pelo revuelto y el viento ululando tras la ventana intento darle forma a las palabras en mi mente.

¿Somos amigas?¿Estabas confusa?Intento entenderlo…¡me vas a volver loca!

Raquel me mira sentada desde mi cama y su mirada sigue siendo plomiza, como remolinos de nieve que parecen huracanarse en mis venas. Me mira de forma soñolienta, bajo mechones de pelo rebelde y la camisa aún por fuera del pantalón.

  • ¿Somos amigas?- pregunto no muy convencida

  • Te quiero

Su respuesta tira por tierra todos mis esquemas de un plumazo.

Una rama choca contra la ventana y mi corazón salta como un trapecista sin red. Siento que la cabeza me va a estallar de un momento a otro.

  • Quiero decir- aclara- Lo siento….Creo que no he puesto en orden las ideas y ha salido algo antes de tiempo- Sonríe de medio lado y se apoya en los codos sobre la cama.

Me derrumbo a su lado, en la cama, completamente agotada.

  • Me estas volviendo loca- digo muy bajito pero muy claro para que pueda entenderlo.

  • Lo siento, de verdad- me acaricia el hombro en un gesto que ya empezaba a echar de menos- Las cosas se torcieron de golpe. Quería contártelo, pero no sabía como.

  • ¿El qué?- digo enfadada

  • Tu madre.

Dos palabras como un jarro de agua fría.

  • ¿Mi madre?

  • ¿Recuerdas hace tres días, cuando me pidió que habláramos a solas?

Intento hacer memoria y me doy cuenta de que había enterrado ese momento en mi mente. Apenas soy capaz de afirmar levemente.

  • ¿Qué tiene que ver eso?

  • ¿Adivinas de qué quería hablarme?- mi mente permanece en blanco unos instantes.

  • No

  • Bea…¿Tu madre sabe algo de…bueno, digamos, de tus inclinaciones?

  • ¿Qué?

  • Que si tu madre sabe que eres lesbiana.

Dicho así, de boca de Raquel, con la ese resbalando entre sus dientes, me sonó incluso extraño. No estaba muy acostumbrada a las etiquetas sociales. Hundí la cara en mis manos.

  • Bea….

  • No. ¿Vale? – dije enfadada- No lo sabe ¿Y que tiene que ver todo eso?

  • Creo que sospecha algo- dijo como si nada, pero una enorme alarma roja saltó en mi cabeza y la miré asustada.

  • ¡¿Qué?!

  • Tranquila bollito- dijo sonriendo-He dicho que sospecha algo, pero no el qué.

Solté todo el aire de golpe. Raquel se irguió poniéndose a mi altura.

  • Mira, tu madre quería hablar sobre ti…Está muy preocupada. Se ha enterado de tu pelea con Vanesa y cree que le estas ocultando algo. Bea- me miro seria- está muy triste. Preocupada y triste. Creo que piensa que no confías en ella…..Solo quería saber si yo sabía algo.

  • ¿Y que le dijiste?

  • Evidentemente, que no. Pero que no te quitaría ojo de encima…Ahora mismo debe de pensar que estas “confesandote”- dijo riendo.

  • Pero no entiendo…¿Por qué has estado tan…rara?

  • Lo siento por eso.

  • Ya lo has dicho treinta veces- dije enfadada y Raquel hizo un mohín al ver mi cara.

  • Verás, después de hablar con tu madre me di cuenta de que no tenía ni idea de nada…Y mucho menos de nosotras.

Una llamita de esperanza nació en mi al escuchar esa frase.

  • Tu madre estaba confiando en mi para ayudarte y me sentí fatal por tener que mentirle yo también. Tu madre se ha portado muy bien conmigo ¿Sabes? Y contigo más que con nadie…¿No crees que se merece la verdad?

Raquel me miró esperanzada y me di cuenta de que tenía razón. Ella no era la única que estaba harta de mentiras.

  • Además, lo sabe todo el instituto, los profesores, el panadero, el tio del kiosco- fue enumerando Raquel en broma, a lo que se ganó un manotazo- No creo que a tu madre le haga gracia ser el último mono.

  • Tienes razón- dije sería- Voy a contárselo.

Raquel sonrió de oreja a oreja.

  • Pero dame tiempo- le dije- Aún no se por donde voy a empezar. Raquel puso los ojos en blanco y se desplomó en mi cama mientras decía “Ay, Dios mío…dame paciencia” mientras yo me reía.

Pero de pronto me puse sería.

  • ¿Eso significa…qué vas a estar evitándome hasta que se lo cuente? –Pregunté con miedo. Raquel se incorporó y me miró más seria que nunca.

  • Eso ni de coña. Nadie va a evitar que esté con mi novia.

Esa frase me hizo enrojecer de manera fulminante y el cambio en mi mirada fue casi violento. Como si me hubiera derretido y me hubieran vuelto a solidificar en un solo segundo.

  • ¿He dicho algo que no debiera?- Preguntó Raquel

  • No, es solo que…- joder- suena demasiado bien.

La sonrisa de Raquel se volvió picara mientras en mi cabeza la palabra sonaba como un mantra.

Novia, novia, novia, novia, novia

Y de golpe y porrazo me percato de la realidad.

  • Raquel, yo nunca…vamos que no…- Digo con esfuerzo- …Que no he tenido novia nunca. Ni he salido con nadie…Ni un rollo…ni siquiera….- No soy capaz de terminar la frase.

  • Contéstame una cosa…¿Habías besado a alguien antes que a mi?

Me niego a mirarla y me siento ridícula durante treinta segundos esperando a que ella se ría de mí.

Pero no lo hace.

  • Creo que no hace falta que conteste ¿Verdad?- le digo- Joder…me siento ridícula.

Vuelvo a ocultarme entre mis manos evitando la vergüenza. ¿Se puede ser más patética?

  • No deberías….Yo no he tenido una relación seria en mi vida.

Raquel sonó realmente triste al decir eso.

  • No es que sea muy mayor, ni nada de eso, pero para la cantidad de rollos y polvos de una noche que he tenido…Nunca ha habido más que eso.

De pronto sentí una pequeña punzada en el estomago ¿Rollos?¿Polvos de una noche? No es que esperase que Raquel fuera virgen, ni una monja, ni nada de eso…Es solo que me sentí en completa desventaja. ¿Qué podía aportarle yo a parte de un par de besos fugaces? Raquel debió ver mi expresión porque añadió:

  • Nunca hubo nadie importante por quien seguir adelante. No podía ni quería permitirme dejar entrar a nadie…Hasta ahora.

Me levantó la barbilla con sus largos dedos en un gesto demasiado casual.

  • No tienes nada de que avergonzarte- me sonrió- Si te sirve de consuelo nunca he tenido novia…Ni novio. Así que, realmente, estamos empatadas. Las dos somos igual de novatas en esto.

No pude evitar abrazarla con intensidad y enterrar mi cara en su pelo. Y sentirla realmente por primera vez después de estos días caóticos.

Y de pronto, en mitad de la felicidad momentánea…Una duda me asalta.

  • Eso…Eso quiere decir- susurro contra su pelo, intentando que amortigüe la vergüenza de mis palabras- ¿Qué nunca te has acostado con una chica?¿O si?

No me hace falta mirarla para saber que se está riendo y finalmente, estalla en carcajadas.

  • ¡Es simple curiosidad!- intento aclararle entre sus risotadas, mientras rueda por encima de mi cama- en serio…¡De verdad!

Al final me mira, con los ojos vidriosos por la risa y una sonrisa de oreja a oreja.

  • ¿Y esa curiosidad?…¿Has estado pensando cosas malas?- pregunta con una voz que suena a secretos en una cama desecha mientras arquea una ceja.

  • ¡No!- dijo enrojeciendo de golpe- Que no de verd…

Pero no me da tiempo a darle más explicaciones, porque ahora soy yo la que está rodando sobre la cama, entre risotadas, escapando de sus cosquillas.

Categorías: "La tormenta que trajo la calma" · FANFICS MISTIKA · cap.12