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Pecados de chocolate…

Julio 29, 2009 · 4 comentarios

Segundo yuri de la serie de RPFS de las niñas ^^ Este va dedicado a Ana, esa pecosita con memoria de pez.

tarta3

La cocina huele a chocolate caliente y azúcar caramelizada, algo doméstico y fácil como una bata de andar por casa.

Se siente demasiado familiar con los dedos enterrados en el bol de crema de chocolate mientras Ana, calcula por tercera vez la cantidad exacta de azúcar que necesita para la tarta.

No puede evitarlo. Irene rescata uno de los trozos más grandes de chocolate de la pared del bol y lo muerde con cuidado. Más bien a escondidas, porque Ana “La Diosa del Brownie” está a menos de medio metro explicándole los secretos más ocultos de la tarta de chocolate con frambuesas. Un secreto de familia revelado después de varias generaciones e Irene intenta prestar atención. Porque es importante. Lo sabe. Jura que lo intenta.

Pero ese pecado reencarnado en forma de trozo de chocolate, le derrite el cerebro y le desorienta las ideas mientras le grita alto y claro que debe morir en su boca.

Cuando Ana deja de hablar tarda unos segundos en darse cuenta. Sabe que tiene la boca llena de chocolate mientras gira la cabeza despacio y no puede evitar sonreír al mirarla. Porque tiene esa mirada semienfadada mientras arruga la nariz que parece más pecosa que nunca.

Esta enfadada. O seria. Y está guapa.

Total, increíblemente, insoportablemente guapa.

- ¿Me estás escuchando?- La voz de Ana se arrastra y caracolea en su oído haciendo que su boca tarde en producir sonido.

- No

Vale. Eso ha sonado demasiado sincero.

Ana bufa algo entre dientes y bastan un par de pasos para que entre en su espacio personal, abriendo y cerrando puertas buscando el tarro de harina. Con las manos aún en la masa de chocolate, Irene no puede apartarse cuando ella encuentra el tarro en el armario que está sobre su cabeza.

Sabe que ni siquiera llega a ser un roce, pero siente la presencia de Ana extenderse como una ola de calor por toda la espalda. Se le seca la garganta y siente que todo el calor de la cocina se centra en ella. Cuando Ana se gira, las piernas se le aflojan como si fueran de gelatina mientras el ruido de la campana le indica que el horno esta listo.

- ¿Seguimos?

El rodillo se mueve sobre la mesa en manos expertas y la harina acaba cubriendo parte de las pecas de su cara en una extraña imitación de maquillaje de repostería.

Hace calor en la cocina y el ventilador no supera sus expectativas. Irene la observa hacer capas chocolateadas con maestría, mientras una magnifica tarta aparece como por arte de magia y Ana sonríe de una forma que le asusta y fascina a partes iguales. Y ese es el problema.

Que son amigas.

Pero a veces, no la mira como mira a las demás. No es el mismo afecto reposado, ni la amistosa sensación de confidencia.

Quizás es porque se conocen desde hace más tiempo o porque sus familias viven cerca. O porque hace ya varios años se bañaban en la piscina del barrio sin más preocupación que las tardes jugando al tabú o las meriendas en el patio.

Quizás.

Pero con ella el estómago se le hace un nudo, todo se acelera, cada milímetro de proximidad se intensifica. Como si las paredes fueran más estrechas. Sus pensamientos se enredan y el corazón le late como un caballo salvaje.

Y no sabe por qué.

No puede estar planteándose algo así en mitad de esa cocina que parece el infierno a 180º – justo la temperatura perfecta del horno según le ha explicado – donde una pecosa con memoria de pez y los dedos llenos de chocolate empuja la tarta mas dulce del mundo al interior del horno.

El silencio se vuelve espeso como la mermelada mientras la superficie del pastel burbujea con el calor, y se disuelve poco a poco como mantequilla en el centro de una sartén con pequeños comentarios y risas.

- ¿Recibiste las fotos?

Ana se refiere a unas fotos que Irene le había pedido varias veces para una de sus alocadas ideas para mandrágora. Fotos que no estuviesen colgadas en el tuenti. Fotos nuevas, le había pedido.

Le gustaría decirle que si. Que las ha recibido. Le gustaría decirle que las ha visto todas.

Varias veces.

Le gustaría decirle que abrió el archivo cuando estaba en Berlin mientras ve como Ana se come las frambuesas tan estratégicamente colocadas en sus dedos.

Le gustaría decirle que hubo una foto en concreto que la hizo olvidar como se respiraba durante tres segundos y cuarenta centésimas. Que ya contaba sus pecas como si fueran virutas de chocolate en aquella piscina y que su boca siempre le pareció un fruto rojo maduro a punto de estallar.

Le gustaría. Pero no lo hace.

Porque la superficie del pastel ya está lo suficientemente dorada y el centro lo suficientemente esponjoso. Y porque Ana esta colocando filas de frutos rojos y mermelada con decisión sobre el mayor pecado de chocolate. Porque es perfecto.

Y se lo dice.

La combinación perfecta: Chocolate negro como el demonio, puro como un ángel y caliente como el infierno.

- Y ahora, hay que probarla.

Se pregunta si el cielo se caerá a pedazos en el momento que la muerda y comprueba sorprendida que la combinación es como morir en vida.

- Tienes que probar esto. Es como…- intenta encontrar las palabras- Es como un pecado… Atrapado en una orgia de chocolate- Ana la mira con la sonrisa picara- Se adapta a tu boca con la profundidad aterciopelada del chocolate y el sabor agridulce de las frambuesas… Se deshace en la boca como un buen beso y el sabor explota de golpe como un…

- Si dices “orgasmo”, esto dejará de ser una merienda.

- Iba a decir “una explosión de lacasitos”, para no perder las metáforas de repostería….Pero como prefieras.

Ana oculta la sonrisa detrás de su batido y la tensión se disuelve en esa simple curvatura de labios.

- ¿Le has puesto ya un nombre?- dice mientras rebaña con el dedo el chocolate de la cuchara.

- Si- dice Ana con tono confidente- “Pecado de chocolate”

Esa tarde decide que necesita más clases de repostería.

(más…)

Categorías: FANFICS MISTIKA · Pecados de chocolate · RPFS
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Cumpleaños de 40º (o como mezclar yuri y alcohol a parte siguales)

Marzo 8, 2008 · 3 comentarios

No sabe donde está. Tiene la cabeza llena de plomo que pesa y se hunde en la almohada.

Cree que si abre los ojos va a quedarse ciega y que un alfiler cayendo en la otra punta de la casa le reventará los tímpanos. Su cerebro parece estar lleno de mermelada y se siente incapaz de recordar nada.

La luz que se cuela por las cortinas ilumina su cuerpo aplastado sobre el colchón. Un lío de sábanas entre las piernas, la almohada en el suelo y su pelo revuelto como una marea. Cuando se pone de pie la cabeza le late al ritmo de la resaca y siente nauseas.

Vale, empieza a recordar algo.

La ducha se prolonga algo más de veinte minutos y cuando baja a desayunar son casi las diez de la mañana. Se concentra tanto en mitigar las ganas de vomitar que apenas consigue enfadarse consigo misma.

El café es negro, muy cargado y le revuelve aún más el estómago pero también le despeja poco a poco la mente y…

Oh,Oh!!…Gaia bendita. Por eso nunca bebe.

Acaba de acordarse.

Se convence de que no pasa nada. Todos estaban borrachos con la excusa de celebrar el cumpleaños de Pé. Seguro que no recuerdan  nada…Ella ya no se acuerda ¿De que tiene que acordarse? No lo sabe ¿Qué será? Nada ¿Ves? Fantástico. Ya está. No pasa nada.

Eso no se lo cree ni ella. La palabra “Patética” sale reflejada en su mente.

Riachuelos de cafeína la van despertando. La cabeza ya no le duele tanto y si se pone unas buenas gafas de sol y evita los ruidos, es posible que salga viva de esta…

Y puede que no llege tarde a la facultad.

 

Apenas ha soportado dos clases y ya está huyendo como una cobarde, pero el martilleo incesante en su cabeza no parece querer tomarse un descanso y su cama la está llamando a gritos desde Sevilla Este.

Resaca-1 / Fisiologia Vegetal- 0

Es optimista cuando sale del edificio de ambientales. Se pone la chaqueta y el aire fresco le limpia los restos de resaca.

Claro, que sus planes no contaban con quedarse clavada como una estatua de sal en la puerta del edificio 24, la maleta a punto de descolgarse de su hombro y su vista clavada un par de metros por delante.

Sus planes, si es totalmente sincera, incluían evitarla a toda costa.

Y se desmoronan como un castillo de arena cuando Pé aparece en mitad del camino, miles de rizos morenos que se agitan con el aire y una voz aún adormilada.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Hola.

No es difícil. Se trata de poner un pie, luego otro, uno y otro, uno y otro, paso a paso como lleva haciéndolo toda la vida, hasta llegar a su altura y darle los buenos días como si no pasara nada.

Porque de hecho, no ha pasado nada. Nada de nada. Hay que tomárselo con naturalidad, hablarle como siempre…

Quizás preguntarle que hace aquí porque ella ya termino las clases. Y la carrera. Y es raro. Y que pasearse por la Olavide un lunes por la mañana por gusto no es algo muy normal. Pero vamos, que eso es lo único que pasa.

Bueno, eso y que Pé se está acercando y ella sigue allí parada, agarrando el pomo de la puerta del edificio 24 como un salvavidas.

Un pie, luego otro, un poco por delante del anterior. Es el principio que da sentido al caminar. No es nada complicado sinceramente. Pero su cuerpo sigue allí clavado y es Pé la que se acerca y por un momento desea fundirse con es maldita puerta y desaparecer para dejarla pasar de largo.

Irene va a abrir la boca. Va a decir “buenos días”. Pero la intención muere justo en el borde de su boca porque Pé se le adelanta.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¿Te llevo?

No sabe si ha contestado o no, pero de lo próximo que es consciente es que esta sentada en un nissan de segunda mano y que Pé arranca sin inmutarse.

Bueno, si dice algo siempre puede argumentar que estaba borracha. Que la asimilación del alcohol no funciona muy bien en ella y que el vodka debía ser colonia Nenuco por lo mal que le sentó.

Sí podría decirle eso. Pero el silencio es demasiado espeso.

Y en ese momento, Pé tamborilea los dedos sobre el volante y de repente Irene tiene una imagen muy vívida de algo que no debería estar pensando.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Pé…

Y suena como si fuera a decir algo más. Algo digno de “¿En serio?”, algo con más claridad mental. O menos…quien sabe.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Pé, creo que…¿No deberíamos hablar? Ya sabes. De lo que ha pasado. De….

Se le quiebra la voz por unos instantes…¿Así que al final admite que ha pasado algo no? Pé continua tamborileando los dedos sobre el volante, mirando al frente, e Irene piensa que es el silencio más largo de toda su vida. Y probablemente debería sentirse orgullosa porque ha conseguido que Pé no tenga nada que decir. Todo un logro. ¿No?

El universo tiene una cosa que la gente normal llama justicia, mientras que a ella le gusta denominarlo “jodido sentido del humor”, porque siempre es al revés. Porque debería ser ella la que estuviese callada y Pé intentando sacarle las palabras y, por una vez, la tierra podría girar en el sentido normal.

Aunque puede que por una vez, el universo no conspire en su contra, porque Pé por fin, habla.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>No pasa nada.

Y se ríe.

Como si fuera la cosa más jodidamente graciosa del mundo. La echa una mirada digna de Jack el Destripador. ¿De qué se ríe?

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Ya te he dicho que no pasa nada. Esas cosas…Ocurren, ya acepté hace mucho tiempo que era irresistible.

Ante el comentario Irene pasa por quince tonos diferentes de escarlata y se pregunta si será lo suficientemente delgada para escapar por la ventanilla del coche.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>No tienes por qué avergonzarte, sabía que tus hormonas debían aparecer tarde o temprano- y vuelve a reirse.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Si….¡O sea no! Quiero decir, no es que, lo…ehm – Irene se para y Pé la mira de reojo con la media sonrisa bailándole en la cara- No me arrepiento… De lo de ayer. Quiero decir, las dos somos mayorcitas, y no creo que haya. No tiene por qué ser raro. Quiero decir, entiendo que tú no… Porque. Pero no tiene por qué ser raro.

Y Pé la mira de nuevo, de una forma que podría describirse a medio camino entre la sorpresa y la incredulidad.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Quiero decir. Estadísticamente, es casi normal. Un estudio demostró que el cincuenta y nueve por ciento de las personas terminan manteniendo algún tipo de relación con un amigo .Amiga. No estoy insinuando que… Estadísticamente tiene sentido, quiero decir. No es tan… No tiene por qué ser…

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Irene

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¿Si?

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Cállate

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Vale

Pé respira hondo antes de seguir.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Sabes…No se lo que piensas de…Pero no quiero que sea raro. No quiero que estemos- se humedece los labios en mitad de la frase- así- lo que Irene traduce como incomodas- Lo olvidamos y punto.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¡No!

Y lo dice tan rápido que se sorprende a si misma.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¿No?

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Quiero decir. No hay que…ponerse melodramáticas- o realistas, o estupidas- No es que sea malo. Sólo… inesperado. No creo que tenga que marcar una diferencia ¿verdad?

Pé se aclara la garganta y la mira. A lo mejor porque llevan desde que se encontraron sin mirarse a los ojos, hace que sea más extraño aún.

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Además- añade- …No besas tan mal.

Y Pé se dobla de la risa sobre el volante.

Y por fin se da cuenta de que tenía más miedo de la reacción de Pé, que del hecho en sí. Pero ella le sonríe y añade:

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¿Sabes que sería genial?

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>¿Qué?

<!–[if !supportLists]–>- <!–[endif]–>Que hiciéramos un yuri de esto- y comienza a reírse de nuevo.

Lo que Irene interpreta como un “estamos bien” y comienza a reírse también.

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