Segundo yuri de la serie de RPFS de las niñas ^^ Este va dedicado a Ana, esa pecosita con memoria de pez.

La cocina huele a chocolate caliente y azúcar caramelizada, algo doméstico y fácil como una bata de andar por casa.
Se siente demasiado familiar con los dedos enterrados en el bol de crema de chocolate mientras Ana, calcula por tercera vez la cantidad exacta de azúcar que necesita para la tarta.
No puede evitarlo. Irene rescata uno de los trozos más grandes de chocolate de la pared del bol y lo muerde con cuidado. Más bien a escondidas, porque Ana “La Diosa del Brownie” está a menos de medio metro explicándole los secretos más ocultos de la tarta de chocolate con frambuesas. Un secreto de familia revelado después de varias generaciones e Irene intenta prestar atención. Porque es importante. Lo sabe. Jura que lo intenta.
Pero ese pecado reencarnado en forma de trozo de chocolate, le derrite el cerebro y le desorienta las ideas mientras le grita alto y claro que debe morir en su boca.
Cuando Ana deja de hablar tarda unos segundos en darse cuenta. Sabe que tiene la boca llena de chocolate mientras gira la cabeza despacio y no puede evitar sonreír al mirarla. Porque tiene esa mirada semienfadada mientras arruga la nariz que parece más pecosa que nunca.
Esta enfadada. O seria. Y está guapa.
Total, increíblemente, insoportablemente guapa.
- ¿Me estás escuchando?- La voz de Ana se arrastra y caracolea en su oído haciendo que su boca tarde en producir sonido.
- No
Vale. Eso ha sonado demasiado sincero.
Ana bufa algo entre dientes y bastan un par de pasos para que entre en su espacio personal, abriendo y cerrando puertas buscando el tarro de harina. Con las manos aún en la masa de chocolate, Irene no puede apartarse cuando ella encuentra el tarro en el armario que está sobre su cabeza.
Sabe que ni siquiera llega a ser un roce, pero siente la presencia de Ana extenderse como una ola de calor por toda la espalda. Se le seca la garganta y siente que todo el calor de la cocina se centra en ella. Cuando Ana se gira, las piernas se le aflojan como si fueran de gelatina mientras el ruido de la campana le indica que el horno esta listo.
- ¿Seguimos?
El rodillo se mueve sobre la mesa en manos expertas y la harina acaba cubriendo parte de las pecas de su cara en una extraña imitación de maquillaje de repostería.
Hace calor en la cocina y el ventilador no supera sus expectativas. Irene la observa hacer capas chocolateadas con maestría, mientras una magnifica tarta aparece como por arte de magia y Ana sonríe de una forma que le asusta y fascina a partes iguales. Y ese es el problema.
Que son amigas.
Pero a veces, no la mira como mira a las demás. No es el mismo afecto reposado, ni la amistosa sensación de confidencia.
Quizás es porque se conocen desde hace más tiempo o porque sus familias viven cerca. O porque hace ya varios años se bañaban en la piscina del barrio sin más preocupación que las tardes jugando al tabú o las meriendas en el patio.
Quizás.
Pero con ella el estómago se le hace un nudo, todo se acelera, cada milímetro de proximidad se intensifica. Como si las paredes fueran más estrechas. Sus pensamientos se enredan y el corazón le late como un caballo salvaje.
Y no sabe por qué.
No puede estar planteándose algo así en mitad de esa cocina que parece el infierno a 180º – justo la temperatura perfecta del horno según le ha explicado – donde una pecosa con memoria de pez y los dedos llenos de chocolate empuja la tarta mas dulce del mundo al interior del horno.
El silencio se vuelve espeso como la mermelada mientras la superficie del pastel burbujea con el calor, y se disuelve poco a poco como mantequilla en el centro de una sartén con pequeños comentarios y risas.
- ¿Recibiste las fotos?
Ana se refiere a unas fotos que Irene le había pedido varias veces para una de sus alocadas ideas para mandrágora. Fotos que no estuviesen colgadas en el tuenti. Fotos nuevas, le había pedido.
Le gustaría decirle que si. Que las ha recibido. Le gustaría decirle que las ha visto todas.
Varias veces.
Le gustaría decirle que abrió el archivo cuando estaba en Berlin mientras ve como Ana se come las frambuesas tan estratégicamente colocadas en sus dedos.
Le gustaría decirle que hubo una foto en concreto que la hizo olvidar como se respiraba durante tres segundos y cuarenta centésimas. Que ya contaba sus pecas como si fueran virutas de chocolate en aquella piscina y que su boca siempre le pareció un fruto rojo maduro a punto de estallar.
Le gustaría. Pero no lo hace.
Porque la superficie del pastel ya está lo suficientemente dorada y el centro lo suficientemente esponjoso. Y porque Ana esta colocando filas de frutos rojos y mermelada con decisión sobre el mayor pecado de chocolate. Porque es perfecto.
Y se lo dice.
La combinación perfecta: Chocolate negro como el demonio, puro como un ángel y caliente como el infierno.
- Y ahora, hay que probarla.
Se pregunta si el cielo se caerá a pedazos en el momento que la muerda y comprueba sorprendida que la combinación es como morir en vida.
- Tienes que probar esto. Es como…- intenta encontrar las palabras- Es como un pecado… Atrapado en una orgia de chocolate- Ana la mira con la sonrisa picara- Se adapta a tu boca con la profundidad aterciopelada del chocolate y el sabor agridulce de las frambuesas… Se deshace en la boca como un buen beso y el sabor explota de golpe como un…
- Si dices “orgasmo”, esto dejará de ser una merienda.
- Iba a decir “una explosión de lacasitos”, para no perder las metáforas de repostería….Pero como prefieras.
Ana oculta la sonrisa detrás de su batido y la tensión se disuelve en esa simple curvatura de labios.
- ¿Le has puesto ya un nombre?- dice mientras rebaña con el dedo el chocolate de la cuchara.
- Si- dice Ana con tono confidente- “Pecado de chocolate”
Esa tarde decide que necesita más clases de repostería.
