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UNA CALUROSA DESPEDIDA

Julio 10, 2007 · 13 comentarios

Al día siguiente del pequeño botellón que celebraron en un sitio familiar para todos decidieron quedar para tomar algo en una cafetería del barrio y así hacerle la última despedida a Enrique antes de su partida a Madrid.

Cuando llegó Adrián (aunque ya todos lo llaman “el Hispano”) bajo los efectos del cansancio de haberse pasado toda la tarde en el centro y de la cafeína que parecía haberse inyectado en vena para espabilarse, lo primero que hizo fue preguntar:

-         Illo, ¿qué? ¿y el Baxa (Enrique) dónde está?

-         Dise que esta tarde no sale, – respondió Librero (nótese que lo de que Enrique diga que no salga es bastante común)

-         ¿Ya está otra vez con la bajona?

-         No, es que está malo con fiebre, ha tenido que ir al médico esta tarde, – añadió Irene (novia de Librero)

-         Illo Pano, ahora amos a su casa, relájate.- amenazó Leroy

-         ¿Pero habei avisao a la gorda (Enrique) de que vamo pa yá?

-         Que ji, coño, ¡¡que te sienteh!! – Librero y Leroy a la vez

Y Adrián no tuvo más remedio que sentarse y dejar que sus piernas no parasen de dar botecitos. No estaban sus nervios para tomarse una coca-cola y añadir más cafeína a su cuerpo.

Cuando se levantaron de la mesa y de camino a casa de Enrique, Ángeles (hermana de Librero, cuñada de Irene y recientemente amante de Hispano) compró pipas para el camino y así Adrián pudo tener sus manos entretenidas pelándolas, a pesar de que se pasó los diez minutos que debían pasar andando comentando lo largo que se le estaba haciendo el camino y que por favor fuesen más deprisa.

Al llegar, les recibió un Enrique al que le costaba incluso abrir la puerta, sin querer dar besos a nadie para no pegar los gérmenes y con los ojos adormecidos.

Se les hizo de noche al grupo de amigos sentados en el patio (sobra decir que a Adrián el tiempo se le pasó muy lento en aquella silla y perdió la cuenta del número de veces que le había pedido a Enrique que le devolviera los 20 euros que le debía).

-         Pero macho, que pesao ereh con los 20 euros.

-         Illo Enrique no te mosquees tio, illo no te mosqueess, ¿Te has mosqueao Enrique? no te mosquees.

Sin embargo, cuando todos se despidieron deseándole lo mejor a Enrique en Pyro (empresa de videojuegos para la que iba a trabajar en Madrid), Hispano, de camino a su hogar dulce hogar, recordó que los 20 euros no le habían sido devueltos, así que no tuvo más remedio que deshacer lo andado en dirección opuesta.

-         ¿Qué haces aquí de nuevo con la altona?- preguntó sorprendido Enrique

-         Illo cabrón, mi dinero.

-         Ohtia, é verdá. Sube a mi habitación que te los doy.

Cuando Hispano se tumbó en la cama ya comenzó el proceso de contagio sin darle tiempo a reaccionar. Enrique se puso a buscar en uno de los cajones  cercanos a la cama apoyando sus rodillas en el borde y el brazo en el mueble, lo cual dejaba su camiseta abierta a la altura del ombligo por efecto de la gravedad, mientras Hispano, tumbado debajo intentaba  pensar en cosas no eróticas: “mi madre, mi padre, mi perro, el perro der Lewi, la cibercholeck (*), todos los de la cibercholeck en los ordenadores sin camiseta por efecto del calor…¡mierda!”

-         Oye Enrique, he estado hablando con Brero (Librero, novio de Irene, hermano de Ángeles) sobre ir a Madrid, ¿cuándo te vendría bien que fuésemos?- intentó romper el silencio de la situación.

-         Tú puedes venir cuando quieras

-         Illo maricona, no me vengas con lo de que en tu cama siempre tendré un hueco- “pero, ¿por qué demonios he tenido que decir eso?” pensó Adrián

Enrique cambió su postura y se sentó en la cama, apoyó su mano en el pecho de Adrián y comenzó a desabrocharle la camisa. La cafeína parecía no dejar de circular por la sangre del que se veía en proceso de desnudo, porque cada vez estaba más y más nervioso, pero sus músculos no parecían reaccionar (pero sí uno en concreto y de modo involuntario) y no era capaz de escapar de la situación.

-         pero, ¡tateh quieto! ¿qué hase? – dijo comenzando a sudar

-         Despedirme de ti- respondió Enrique.

Y comenzó a besarle el cuello, para seguir por la oreja y finalmente terminar por los labios, en los que al principio no encontró respuesta, pero tardaron sólo dos segundos en reaccionar y dejarse llevar. De perdidos al río. Adrián le agarró por la nuca y dejó que su imaginación volara todo lo lejos que quisiera mientras Enrique comenzó a besar siguiendo una trayectoria descendente, pasando por el torso con la camisa desabrochada y encontrándose con el obstáculo de la cremallera del pantalón, que no tuvo reparos en bajar y así explorar oralmente la parte más sensible de su amigo…

[…]

Cuando volvieron a estar ambos vestidos, Enrique le comentó a Adrián que nadie tendría por qué saber nada, y éste estuvo de acuerdo.

-         ¿Te imaginas lo que diría er Lewi?- dijo Hispano

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡LOL!!!!!!!!!!!!

(dijeron los dos a la vez)

[…]

Una vez definitivamente de vuelta a su hogar dulce hogar, Adrián se llevó las manos a los bolsillos a la vez que intentaba darle una explicación a lo que había pasado. Su sorpresa fue encontrar un billete azul de 20 euros en el bolsillo derecho del pantalón.

Al día siguiente, en la estación de Santa Justa, ninguno de los amigos de Enrique conseguía entender por qué solamente el Hispano había contagiado el resfriado. La única teoría que consiguió elaborar Irene (novia de Librero, cuñada de Ángeles) es que la cafeína lo habría dejado algo sensible.

    (*) Cibercholeck es una congregación elitista de frikis pseudoinformáticos que se reúnen todos los veranos en casa de dos hermanos, aprovechando que los padres no están, para juntar un puñado de ordenatas, comida precocinada, basura y  olor a macho” ciclao” bajo la atenta mirada de Zeus (perro de los dueños de la casa)

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